Caseros y el camino republicano

Suele evocarse con más atención el minúsculo combate de San Lorenzo –acción de valor simbólico usado por Billiken como constructor de la identidad nacional–. Valga la evocación de esa revista de nuestra infancia, dicho con todo respeto, porque creó nuestros primeros sentimientos patrios y también, al menos en mi caso, las primeras dudas sobre la veracidad del relato histórico oficial.

Quizás esta exaltación de la gesta de San Lorenzo en fecha coincidente (ambas peleadas un 3 de febrero) sea aprovechada para ocultar la trascendental derrota del porteñismo rosista, hito bisagra de nuestra historia. Hay un antes y un después de Caseros, batalla que sirvió para sentar las bases constitucionales de nuestra nación a las que el llamado “Restaurador de las leyes”, paradójicamente, se resistía (así lo confesó en su viaje a Inglaterra).

Urquiza tuvo la suficiente amplitud de miras y paciencia para aglutinar posiciones políticas antipodicas y dar  forma institucional al país, proceso que dio en llamarse “Organización Nacional”. Visto a la distancia suena congruente, pero para lograrlo debimos  soportar  episodios violentos que generaron miles de muertes inútiles en revueltas y revoluciones, muchas de ellas hoy olvidadas.

Un año después de Caseros donde, a pesar de la frase de Urquiza, hubo vencedores y vencidos, Valentín Alsina y Lorenzo Torres  –un defensor casi fanático del Restaurador– se abrazaban para reencausar el porteñismo que se empeñaba en no repartir los ingresos de su aduana con las “doce hermanitas pobres” como proponía Urquiza, Alberdi, Gorostiaga y Gutiérrez entre otros promotores de la organización constitucional del país .

Fueron necesarias dos batallas como Pavón y Cepeda (en realidad fueron más, pero son las que tienen valor simbólico) para unir Buenos Aires con las otras hermanitas, aunque no fue la sangre derramada la que unió al país sino el secreto accionar de la masonería. La huida de Urquiza del campo de batalla cuando la caballería entrerriana arrollaba a las tropas porteñas será una incógnita que solo puede ser explicada con un pacto de silencio.

La coparticipación es un tema no resuelto y que como toda contienda de intereses, probablemente no tenga una  solución que satisfaga a todos (no esperemos un “win win”, sino un “lose, lose”).

Caseros fue el comienzo de la institucionalización de la nación, de sentar las bases de un crecimiento económico y social de un enorme país despoblado que, en el mejor de los casos, contaba con 1.500.000 de personas (el primer censo hecho en1869 dio una población de 1.850.000 habitantes).

Caseros como batalla paradigmatica fue exaltada en algunos periodos de nuestra historia y olvidada en otros, como ocurrió claramente durante el reciente kirchnerato, que prefirió exaltar la gesta de Vuelta de Obligado, como símbolo de soberanía antes que el proceso de reorganización nacional.

Vale recordar que poco después de Caseros se declaraba la libre navegabilidad de los ríos (un factor que las provincias mesopotámicas necesitaban para su progreso) invalidando el gesto político. Entiéndase bien, no desprecio el coraje y la entrega de los hombres que pelearon en Obligado, pero desde el punto de vista trascendental Caseros fue infinitamente más importante.

No solo es trascendental desde lo económico y social sino desde la intelectualidad. La mayor parte de nuestros pensadores se habían visto obligados a exiliarse. En eso años en el exterior estos jóvenes no solo tuvieron tiempo para formarse, para pensar, para contactarse con otras culturas, y para sentar las bases de nuestra literatura.

Echeverría, los hermanos Varela, Gutiérrez, Cané y José Mármol fueron miembros de la particular cultura de la Generación del 37, nacida en el café literario de Marcos Sastre, atento a los principios del romanticismo, tan lejanos a la ideología del rosismo. Esta generación creció y se desarrolló en el exilio, en Santiago de Chile, en Río de Janeiro y, sobretodo, tras las murallas de Montevideo, la Troya del Plata.

Desde entonces vivimos esa dualidad que Sarmiento sintetizó en “civilización y barbarie”, la perspectiva de pensadores atentos a las modas del pensamiento europeo y los que exaltan las normas autóctonas como base de  la cultura argentina .

Sinembargo, Argentina no sería Argentina sin Caseros, y con  olvidarla o ningunearla, solo asistimos a postergar el debate de nuestra esencia, la comprensión de nuestros problemas y la via para resolverlos que se encuentra entre las líneas de la hija dilecta de esta contienda, las bases para la organización nacional que legara Juan Bautista Alberdi.

Caseros fue el comienzo de un federalismo que se debate contra un porteñismo unitario en lo económico, de un republicanismo que deja atrás al facón mazorquero para instituir un diálogo que muchas veces se tiñó de sangre y fue el inicio lejano de una democracia que tardaría 70 años en llegar, y que se vistió de fraude en más de una oportunidad….pero en algún momento los caminos se enmiendan, las rutas se cruzan y los senderos dejan de bifurcarse, al menos por un tiempo.

Siempre habrá vencedores y vencidos por más que se proclame lo contrario. Quizás lo único importante sea que las partes puedan escucharse sin gritos, ni violencia, ni fanatismo, ni terquedad, ni ansias de venganza y retaliación para recuperar la República.

Quizás sea demasiado pedir.

Pero aún a muchos los alienta esa fe que nos empecina.

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