El médico de los caudillos: el Dr. James Lepper

Al doctor Luis Güemes lo llamaban “el médico de los presidentes” porque varios mandatarios consultaron a este profesional por cuestiones de salud. A su condición de clínico de personajes como Avellaneda, Mitre, Roca, Juárez Celman y a Luis y Roque Sáenz Peña, debemos sumar su condición de estadista –fue senador por Salta– e historiador y docente (fue decano de la facultad de medicina). Realizó una rigurosa investigación sobre la vida y obra de su abuelo, el célebre general don Martín de Güemes.

Además –según mi entender– fue el único médico que hizo dos veces la carrera, ya que cuando viajó a Francia, después de graduarse en Buenos Aires, decidió cursar la carrera nuevamente en ese país.

Pero vamos a hablar de caudillos, y lo haremos de los dos representantes más destacados del federalismo argentino: Estanislao López y Juan Manuel de Rosas. Cuando alguno de ellos tenía una dolencia, consultaban al Dr. James Lepper, un profesional de origen irlandés, nacido en 1785.

Se cree que se recibió en Oxford, pero se sabe que comenzó su carrera en la Royal Navy como cirujano, una dura escuela de formación. ¿Alguno ha tenido la oportunidad de visitar un quirófano en un barco de guerra británico? Pues era una habitación reducida, con un piso de madera con canaletas para que escurriera la sangre y así el cirujano y sus ayudantes no se resbalen en los charcos de coágulos. La mesa de operaciones estaba enchapada en metal y tenía cuatro grilletes para sujetar las manos y piernas del desafortunado paciente…

¡Ah! Las paredes estaban cubiertas de todo tiempo de sierras de distintas dimensiones para cortar los huesos de todos los tamaños. Para un cirujano de esa época, la velocidad para operar era crucial, antes de que el paciente entrase en shock. A veces debían actuar tan rápidamente y con tan poca precisión que hubo algunos casos en que el cirujano, además de amputar la pierna del paciente, cortó la mano de su asistente…

En 1815, Lepper servía en el HMS “Eurotus”, fragata fondeada en Phymouth. En la misma rada atracaba el HMS “Bellerophon”, nave que servía de prisión a Napoleón Bonaparte, quien entonces abrigaba la esperanza de que sus captores le permitiesen marchar a Estados Unidos, donde su hermano José ya se había exiliado.

El ex emperador había vivido unos cien días muy estresantes. Se dice que durante Waterloo no estaba en pleno dominio de sus facultades, por las hemorroides que lo atormentaban, junto con una ulcera gástrica (que terminó siendo un cáncer). Estas dolencias no dejaban en paz a Napoleón, quien requirió los servicios de un médico inglés. Lepper fue el asignado, y en tal condición visitaba al Corso en su cautiverio. Entre ellos surgió un mutuo respeto que Napoleón reflejó en una carta donde expresaba su agradecimiento. Esta carta se convirtió en el bien más preciado de Lepper, quien la exhibió por años con indisimulado orgullo.

En 1822, llegó como agregado de la misión británica a Buenos Aires. Por no estar embarcado, recibía medio sueldo como médico de la marina, pero esto no le impedía ejercer la profesión. Un año más tarde revalidó su título ante el Tribunal de Medicina local (recién pidió su baja de la marina británica en el año 1838). Ese año presentó un artículo sobre el uso de “ácido nítrico-muriático en las afecciones hepáticas” y un año más tarde fue nombrado médico de la Sección Sud. En 1834, formó parte de la Sociedad Filantrópica.

Fue por entonces que comenzó a tratar a Juan Manuel de Rosas, quien padecía molestas litiasis vesiculares. Cuando Estanislao López comenzó a experimentar un notable decaimiento por la tuberculosos que lo consumía, el Dr. Manuel Rodríguez, quien era su suegro y médico tratante, le surgió a López buscar otra opinión. Consultado Rosas al respecto, no dudó en sugerir que Lepper viajase a Santa Fe para valorar el estado del gobernador.

La tisis era notable y la experiencia del doctor le señalaba que poco podía hacer por López. De acuerdo con el Dr. Rodríguez le sugirieron al gobernador santafesino que viajase a Buenos Aires. Así lo hizo López con su familia.

El recibimiento fue apoteótico, el 15 de enero de 1837 entró a Buenos Aires por la calle Federación (hoy Rivadavia). Lo custodiaron hasta el Fuerte (sede del gobierno nacional) 1500 soldados.

Rosas lo agasajó en todo momento, a López y a los miembros de su familia, pero rehusó hablar del tema político. Recordemos que Facundo Quiroga había sido asesinado en 1835 y López más destacado caudillo del interior. Sea como obsequio por su estado de salud o por la astucia política que caracterizaba al Restaurador, el tema de la organización nacional no se tocó. El clima porteño no le sentó a López y, quizás, tampoco la actitud de Rosas. Sea por una u otra razón, López volvió a su provincia asistido por Lepper y custodiado por el coronel Cutiño, el famoso mazorquero.

Pocos meses más tarde López moría víctima de la tuberculosis.

Rosas quiso pagar los honorarios del profesional, pero éste contestó que, dada la jerarquía del paciente, no cobraría. Rosas en reconocimiento le obsequió al Dr. Lepper una casa en lo que hoy es Alsina y Defensa (pleno centro de la ciudad).

Lepper continuó su carrera asistencial en el Hospital de mujeres (hasta 1841) y en un hospital inglés, además de asistir a los pacientes del padre Antonio Domingo Fahy, un verdadero líder de la colectividad irlandesa en Buenos Aires.

En el caso de Rosas, con quien mantenía un vínculo amistoso, lo asistió en la litiasis vesical y cálculos en la uretra que lo tenían a mal traer. En 1844 el Dr. Lepper le extrajo una litiasis del tamaño de un garbanzo que se le había incrustado en la uretra. No acabaron acá los problemas de salud de don Juan Manuel ya que una estrechez uretral fue tratada por el Dr. Ventura Bosch, quien debió hacerle repetidas dilataciones de dicho conducto. El Dr. Bosch era de conocida filiación unitaria y era habitual que durante los procedimientos hablase de política. Con su paciente “¿Por qué no van ustedes, los unitarios, con sus ideas a arreglarme estos asuntos?”, le decía haciendo referencia a la compleja situación del interior del país.

La verdad es que mientras el doctor ejecutaba delicadas maniobras, don Juan Manuel no cesaba de discutir de política y recriminarle su condición de opositor … La verdad que Rosas no elegía el mejor momento ….

En 1848 el Dr. Teodoro Álvarez extrajo otro cálculo en la vejiga, pero esta vez el Restaurador no sufrió tanto como en las otras oportunidades ya que se hizo bajo los efectos del éter –pocos años después que se lo comenzase a usar como anestésico en Estados Unidos –. Muy probablemente los cálculos hayan sido de ácido úrico, lo que hace suponer que Rosas sufría gota. Ya desde entonces, los médicos argentinos estaban al tanto de los adelantos mundiales.

Cabe destacar que Rosas tenía dos cuñados médicos, uno era el Dr. Franklin Bond –quien murió a temprana edad– y otro, el Dr. Miguel Rivera, un conocido facultativo que asistió al fraile Aldao, gobernador de Mendoza, en sus complejos momentos finales. También quedó en la historia de la medicina como el primero en operar un aneurisma y lo hizo en Félix Pico, hijo de un declarado enemigo de su cuñado.

El Dr. Lepper falleció en Buenos Aires, el 3 de febrero de 1851, justo un año antes que su amigo fuese derrotado en la batalla de Caseros.

Sus restos fueron inhumados en en el cementerio británico, cerca de la Iglesia del Socorro. Si bien Rosas no concurrió al sepelio, le envió a Máximo Terrero, el eterno festejante de su hija Manuelita (e hijo de su socio y amigo), con quien Manuelita se casaría durante su exilio en Inglaterra.

Creo que ver a los personajes históricos a través de sus enfermedades, es un ejercicio enriquecedor … y siempre sirve, destacar la vida de médicos que tuvieron la responsabilidad de asistir a nuestros hombres públicos en su enfermedad como en sus últimos momentos. Tareas que cumplieron con dedicación y, muchas veces, desinteresadamente, aunque la memoria de la nación no siempre los recuerde ni los honre.

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