Luchino Visconti: Prisionero de su cuerpo

Nacido en el seno de una familia de la nobleza que gobernó Milán desde el Medioevo, el conde vino a este mundo en esa misma ciudad, el 6 de noviembre de 1906. Su abuelo, Guido Visconti, fue superintendente del famoso teatro La Scala de Milán, mientras que su hermano se casó con la rica heredera de un imperio farmacéutico. Luchino creció en medio del lujo y el  refinamiento en una familia que se desintegraba tanto en los vínculos –sus padres Giuseppe Visconti di Modrone y de Carla Erba, se separaron y nunca se volvieron a ver–, como socialmente en una Italia amordazada por el fascismo.

 Su hermana Uberta se transformó en una figura materna y fue el apoyo emocional de Luchino hasta el último día de su vida.

Buen mozo, culto, elegante, Luchino era un seductor nato que casi no tuvo educación formal; su peregrinación por distintos colegios privados no era un buen augurio. Sin embargo, a pesar de su alocada juventud, se convirtió en un cineasta que se caracterizó por la minuciosidad de su trabajo, casi obsesivo.

Dos pasiones caracterizaron su juventud: la cría de caballos (fue un exitoso criador de caballos de carrera) y los coches deportivos. De hecho, tuvo un accidente mientras conducía a alta velocidad ocasionando la muerte de su chófer. Como consecuencia de este drama, Visconti pasó varios meses retirado en Tassili, en pleno desierto de Sahara.

En 1930 conoció a Coco Chanel, quien le presentó al director francés Jean Renoir, hijo del famoso pintor impresionista. Renoir lo tomó  como asistente e introdujo a Visconti en el cine realista y lo influenció con su refinamiento estético, conceptos que no siempre pueden compatibilizarse pero que sellaron el estilo del director italiano (quien jamás sacrificó la estética al realismo).

Como decía al principio, la obra cinematográfica de Visconti es un reflejo de la desintegración de su familia y la decadencia de la aristocracia. “El gatopardo”, basada la novela homónima de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, fue su ejemplo más logrado.

Su ópera prima se llamó “Ossessione” (1943), y era una transposición a la Italia fascista de la novela  “El cartero siempre llama dos veces”, de James M. Cain .

Este fue el lanzamiento del neorrealismo italiano que continuo con “Roma ciudad abierta” (1946) de Roberto Rossellini y “El ladrón de bicicletas” (1948) de Vittorio De Sica. De ese mismo año es “La terra trema”, el tercer film del nivel director que versa  sobre la pobreza; la película fue solventada por el Partido Comunista al que había adherido recientemente el conde Visconti.

La década del 60 fue la más prolífica y conocida, con obras como el ya mencionado “El gatopardo”, “Rocco y sus hermanos” y “Muerte en Venecia” obras que, si bien están basadas en novelas famosas, no son meras ilustraciones o adaptaciones; todas ellas están tamizadas por su sentido esteticista y con libertades propias de un creador como lo era Visconti.

La única obra que superó su capacidad de trabajo fue “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. No logró ni empezar a filmarla, abrumado por el desafío.

Dirk Bogarde, uno de sus actores preferidos, describió al director con estas palabras:

“¿Era decadente? No he sido testigo.

¿Era homosexual? Lo supongo

¿Cruel? A veces

¿Arrogante? Seriamente

¿Generoso? Mucho

¿Divertido? Raramente lo escuché reírse.”

Y agregaba para completar el retrato del cineasta:

“Era un excelente cocinero y estaba orgulloso de esta actividad… Nunca conocí a una persona que pudiese expresarse con tanta precisión de temas tan diversos como de Gustave Klimt a Doris Day (famosa actriz de los años 60) pasando por Proust, Mozart, Peanuts”.

Visconti fue acusado “de votar con la izquierda, pero vivir en la derecha” al igual que tantos  burgueses culposos que adherían a las ideas marxistas en los 60. Sin embargo, Visconti creía fervientemente en “una sociedad organizada”.

Era, según dijo un crítico, “un artista nacido en las barricadas, pero que moría en un sofá” (y cuando más mullido, mejor).

Vivió la constante contradicción de ser un aristócrata y un marxista, de ser un esteta y también un activista, de ser un poeta y un realista, todo simultáneamente a su bisexualidad.

Pero un día, en ese mundo de pasiones encontradas, Visconti colapsó. Fumador empedernido de 120 cigarrillos diarios, bebedor compulsivo de café que hacía que pasara días sin dormir, el de Luchino Visconti fue un final anunciado. El 27 de julio de 1972, mientras filmaba “Ludwig”, con 66 años intensamente vividos, sufrió un accidente cerebro vascular . No perdió el conocimiento, simplemente una parte de su cuerpo dejó de responderle. Sin embargo, veía como en una película como todo el mundo se movía a su alrededor y hasta con vergüenza evocó como al sacarle los zapatos las medias que usaba le parecieron de un azul estridente, poco propicio para la ocasión… Ante todo, la estética.

Fue conducido a una clínica en Roma donde recibió visitas de todo el mundo que le deseaban una pronta recuperación que tardó en llegar …y lo hizo acompañada por un sentimiento de culpa. Lo que le había pasado era su culpa exclusivamente, el cigarrillo y el café lo iban a matar, se lo habían advertido y Visconti continuó con esa existencia desmedida  con una perseverancia suicida.

Pocos días más tarde fue trasladado a Zúrich, Suiza. La clínica de Roma lo fastidiaba y era visitado por todo el mundo a deshoras. En Zúrich se puso bajo el cuidado del profesor Krayenbühl, un célebre neurólogo. Solo se podía hacer kinesiología y esperar… pero para un hombre tan independiente como Visconti, esta minusvalía y la pérdida de su libertad de acción era un duro golpe a su orgullo. Estaba preso de su cuerpo.

“La libertad ha huido de mi para siempre…, por eso odio esta enfermedad. Esto me humilla y me desgrada”.

La palabra paciencia no estaba en su vocabulario y solo dos meses después del accidente, Visconti estaba en su casa de Cernobbio, Lago di Como, trabajando para terminar “Ludwig”. “Por eso esta es la película que más amo”, declaró .

 Sin embargo, “Ludwig” fue un fracaso de taquilla. Pero eso no fue un impedimento para Visconti. “Necesito trabajar porque si no me aburro y me voy a tirar desde mi terraza”.

Las obras que encaró, como “Old Times” de Harold Pinter (1973), o la puesta en escena de la ópera de Puccini, “Manon Lescaut”, fueron más escandalosos que sus demás intervenciones a punto de ser denunciadas por obscenas. El mensaje de Visconti era claro: “He vuelto, aquí estoy y seré más disruptivo que antes”. Su próxima película, “Gruppo di famiglia in un interno” insistió en dirigirla solo asistido con un bastón.

Su última película, “El inocente”, fue la adaptación de una novela de Gabriele D’Annunzio. Pero la actividad que esta le demandaba estaba más allá de sus fuerzas, se cayó y se fracturó la pierna izquierda. No tuvo más remedio que dirigirla desde una silla de ruedas. “La próxima película, si hace falta estoy dispuesto a firmarla desde una camilla”.

En estas circunstancias se vio obligado a ser asistido por un grupo de personas. Cuando debía trasladarse solía decir: “Y ahora muevan al cadáver”.

Tampoco se cansaba de repetir “si no puedo filmar, mejor me pego un tiro…”

En marzo del 76, Luchino Visconti di Modrone cayó enfermo de gripe. El 16 llamó a su querida hermana Uberta a su habitación llena de flores y perros. Ambos escucharon la Segunda Sinfonía de Brahms. Cuando la música llegó a su fin, con voz cansada Luchino le dijo a Uberta: “Esto es todo. Estoy cansado” y murió.

A uno de los personajes  de su obra “Pieza de conversación”, escrita años antes de su muerte, le hace decir: “El terrible conocimiento que nos dan todas las enfermedades, no está en el sufrimiento sino en las restricciones que nos imponen … uno se ve muerto meses o años , desde el momento que la enfermedad comienza a vivir dentro de nuestro cuerpo”.

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