La guerra y la comida

Hasta mediados de 1942, cuando los bombardeos sobre Alemania (que habían comenzado en mayo de 1942) y el sitio de Stalingrado (23/8/1942 a 2/2/1943) comenzaron a cambiarlo todo, muchos ciudadanos civiles alemanes consideraban que la guerra era algo molesto pero no traumático. La mayoría seguía viviendo con cierta normalidad su vida cotidiana, tenían comida y las comodidades habituales. El horror inicial que sintió la población al comienzo de la guerra se había “estabilizado”, derivando en una especie de apatía.

      Desde el comienzo de la guerra hasta ese momento, la producción alemana de bienes de consumo había disminuido en un 15%, mientras que en Gran Bretaña había llegado a descender hasta un 45%. Aun cuando la población alemana se veía limitada en el consumo de alimentos, sólo pasaron hambre cuando la guerra terminó; hasta entonces, los nazis sometieron y mataron de hambre a los países conquistados para seguir alimentando a sus propios ciudadanos.

     Más que ningún otro aspecto de la guerra, la comida (más bien la falta de comida) puso en relieve la realidad del sufrimiento. Exceptuando Estados Unidos, todos los países involucrados (y por derivación, muchos otros países del mundo relacionados con los países involucrados en la guerra) sufrieron hambre grave, incluyendo muertes por inanición. El hambre y la escasez de alimentos afectó a muchas más personas que en los demás conflictos conocidos, ya que al extenderse los combates por una superficie mucho mayor que en cualquier otra guerra se produjo una notable caída en la producción agrícola.

     En época de guerra la altura de los niños se redujo 7 cm en promedio. La población urbana la pasó peor que la población rural, porque tenía menos posibilidad de complementar su dieta cultivando su propia producción de alimentos. El mercado negro aumentó, los precios eran sólo accesibles a quienes tenían más dinero que un ciudadano común y el trueque era una opción pero quienes tenían comida se aprovechaban de ello en forma espuria. Además, la malnutrición aumentó notablemente la presencia de tuberculosis y otras enfermedades que terminaron siendo mortales.

     Mientras tanto, los estadounidenses apenas sufrieron penurias; Franklin D. Roosevelt impuso racionamiento en 1943, pero fue un racionamiento mucho más “generoso”, en el que la carne fue el único alimento que realmente escaseó; sin embargo, EEUU siguió exportando carne al Reino Unido y a Rusia, aunque luego la cantidad de carne exportada fue disminuida para conservar y asegurar la provisión de sus soldados y de sus ciudadanos. “Tal vez se reduzcan las importaciones de productos selectos desde Europa, pero EEUU tiene comida en cantidad y calidad para salir corriendo en defensa del apetito”, decía una frase de dudoso gusto en un artículo de la revista norteamericana “Gourmet”. Coca-Cola abrió varias plantas de embotellamiento en escenarios de guerra para abastecer a las tropas americanas; mientras tanto, los norteamericanos eran reacios a alimentar a sus tropas en guerra con productos que no fueran norteamericanos, reticencia que aumentó al comprobar la deficiente calidad de las comidas enlatadas en Europa, sobre todo luego de que ocho pilotos militares norteamericanos murieron a causa de botulismo.

  Todos los países involucrados priorizaron la alimentación de sus ciudadanos, sin importar las consecuencias para aquellos de países que dependían de su provisión, que sufrieron y mucho a causa de esas decisiones “estratégicas”.

     El Eje (Alemania, Italia, Japón) se manejó de manera brutal: los nazis tenían como objetivo matar de hambre a las “razas inferiores” sometidas por ellos. De hecho, el ministro de agricultura nazi, Hernert Backe, implementó el llamado “Plan Hambre” con ese fin, estimando que morirían entre 30 y 40 millones de personas, cifra que terminó siendo mucho menor.

   Mientras las poblaciones de las regiones ocupadas por los nazis arriesgaron sus vidas para esconder cosechas y alimentos, a los soldados alemanes en el Este se les ordenaba vivir de los productos de las tierras que invadían; así, la Wehrmatch destruyó o confiscó la maquinaria agrícola soviética, mientras consumían millones de toneladas de cereales rusos y millones de cabezas de ganado, cerdos, corderos, cabras y aves.

     Los japoneses adoptaron medidas draconianas en toda la extensión de su imperio para priorizar la alimentación de su pueblo, y por eso millones de personas en el sudeste asiático murieron de hambre. Los chinos sufrieron por partida doble, ya que padecieron el saqueo de alimentos tanto del ejército japonés como del propio ejército nacionalista. Los campesinos chinos terminaron comiendo hasta corteza de olmo mientras tenían que llevar hasta el último saco de granos a la oficina de los recaudadores de guerra.     

     Para los italianos el hambre fue una realidad terrible y constante desde 1943. Los comedores de beneficencia no daban abasto, se hacía sopa (es un decir) con las vainas de las habas, un frasco de aceite era un tesoro que costaba una fortuna, la plata valía menos que la harina y hasta se canjeaban dotes de hijas por carne y huevos; el mercado negro estaba omnipresente y para pocos. El hambre gobernaba todo mientras el pueblo se derrumbaba, la comida era lo único que importaba. Comida a cualquier precio, a cambio de degradarse si era necesario. La prostitución a cambio de latas de comida se convirtió en la única actividad que permitía a algunas madres llevar comida a sus hijos.

     “Las mujeres estaban calladas, bien lavadas, sus rostros inexpresivos. Al lado de cada una de ellas había un montoncito de latas. No abordaban a sus posibles clientes, no se insinuaban, no exhibían su piel… Un soldado, algo borracho y alentado por sus amigos, dejó su lata de ración al lado de una de ellas, se desabrochó y se tendió sobre ella. Un momento después estaba de pie abrochándose de nuevo su pantalón…” (Testimonio de un soldado aliado)

     La comida en el Reino Unido se racionó inevitablemente. Cada semana, un adulto británico tenía derecho a 4 onzas de manteca de cerdo, 12 onzas de azúcar, 4 onzas de panceta (bacon), 6 onzas de carne, 2 onzas de té, 2 huevos y la cantidad de verduras o frutas que se pudiera conseguir, que no estaba garantizada. Como eso no alcanzaba, la mayoría recurría a la creatividad e improvisación para completar su ración de comida.

     Además, el gobierno británico apretó las clavijas a países súbditos de su imperio para mantener un nivel de alimentación más o menos aceptable en casa: en 1943, la estrategia incluyó la disminución de las raciones que se enviaban a la zona del océano Índico: se rebajaron drásticamente, a un costo humano lamentable en esa región, en África oriental y en Mauricio. La hambruna bengalí de 1943-1944 no fue atendida por el gobierno británico, que fue cruelmente pasivo ante millones de muertes en esa región; también los griegos sufrieron por el bloqueo británico, y medio millón de personas murieron por eso.  

     Así y todo, la situación de cualquier prisionero de las fuerzas del Eje o incluso de cualquier campesino ruso o asiático era mucho peor. Las raciones llegaron a ser casi inexistentes mientras cínicamente los funcionarios del Eje a cargo de los campos de prisioneros lamentaban el pésimo estado de salud de los prisioneros, desnutridos y debilitados: “esos cuerpos tan débiles ya no funcionaban, estaban acabados”, argumentaban. Ellos mismos habían propiciado esa situación, y fueron muchísimos los casos en los que el hambre extrema llevó a los prisioneros a la muerte.

     En diciembre de 1944, cuando el hambre ya había matado a muchos y amenazaba con matar a muchísimos más ciudadanos europeos, un oficial de la embajada británica en Washington protestó ante el subsecretario de guerra estadounidense John McCloy por la política norteamericana, que enviaba grandes cantidades de provisiones a las fuerzas estadounidenses en guerra mientras los civiles europeos estaban en situación desesperada muriéndose literalmente de hambre. “Para ganar la guerra, ¿no estamos poniendo en peligro la estructura política y social europea, de la que depende la futura paz del mundo?”, interpeló el oficial británico. McCoy contestó que no era buena estrategia retrasar el curso de la guerra en el Pacífico para alimentar a la población civil europea. Chan. El Foreign Office se mostró consternado con esta respuesta, pero “marche preso”, digamos.

     Muchas partidas de raciones estadounidenses se desviaron entonces ilegalmente al mercado negro europeo, que al contar con más oferta bajó algo los precios, lo que generó algo menos de víctimas por hambre en Europa y a la vez el enriquecimiento personal de algunos miembros del ejército norteamericano.

     En resumen, la crisis de alimentos en la guerra disparó un dominó de muerte incontrolable ya que las potencias involucradas suministraban a sus pueblos un nivel de alimentación que negaban a otros, dependientes de ellos a la distancia.

     La cantidad final de muertos en la Segunda Guerra Mundial no se ha establecido en forma exacta ni confiable, por muchas razones que no viene al caso mencionar en estas líneas. En un extremo hay estadísticas que dicen que fueron 40 millones; en el otro extremo, otras estadísticas sostienen que fueron 75 millones. Hoy se acepta como aproximadamente cierta una cifra de 65 millones. Casi dos tercios de esa cantidad fueron civiles. Muchos, muchísimos de ellos, murieron de hambre o por enfermedades relacionadas con la falta de alimentación.

     La Segunda Guerra Mundial sigue siendo el mayor multicidio de la historia de la humanidad.

     Hasta ahora.

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