Al final… los echan a todos -Parte I-

Ya fuera con violencia o sin ella, el humor social, la espiral de megalomanía y autoritarismo de quienes se enamoran del poder (casi todos, hay que decirlo) o las conspiraciones de siempre (tanto de fronteras adentro como de las potencias de siempre) hacen que todo termine de la misma manera: con el que tenía todo el poder de patitas en la calle y sin miramientos; algunos terminan muertos, otros presos, otros en el exilio.

     Alguno zafa, pero lo que parece quedar más que claro es que en definitiva el poder nunca está asegurado: así como te lo dan te lo quitan, y eso pueden hacerlo quienes te dieron el poder, quienes te aceptaron, quienes te miraron de reojo desde el principio, quienes dejaron de confiar, quienes sintieron que su trasero (o su bolsillo) corría riesgo, quienes encontraron otro que consideran más adecuado a sus intereses o, por supuesto, cualquiera que sea transitoriamente más poderoso.

   Veamos algunos casos de liderazgos o gobiernos “fuertes” que terminaron abruptamente y no de la mejor manera.

     (Nota: los casos son tantos que es imposible señalar ni remotamente a todos; además, han ocurrido desde el inicio mismo de la historia. En estas líneas se mencionarán exclusivamente algunos de los casos “más frescos”, ocurridos en el siglo XX).

     En 1922, Benito Mussolini, después de hablar desde distintos lugares del país, despotricando, arengando y amenazando, decidió que ya era hora de tomar el poder y cargó sobre el rey Vittorio Emanuele III, quien le ofreció el control parcial de un nuevo consejo de ministros (no te doy todo de golpe, que parezca una transición…) pero al día siguiente le pidió que formara directamente un nuevo gobierno (cambié de idea, mejor agarrá todo…). Los “camisas negras” finalmente marcharon sobre Roma encontrando muy poca resistencia por parte del ejército, extrañamente benévolo ante tal situación.

    Años después, al final de la Segunda Guerra Mundial, Mussolini y su novia fueron capturados por partisanos italianos mientras huían del avance aliado. Mussolini pidió por su vida y prometió a los partisanos que si lo dejaban vivir les entregaría un imperio, pero eso no hizo más que acelerar su final. Mussolini y su novia fueron ejecutados y sus cadáveres fueron pateados, escupidos, orinados, vejados y desfigurados por la multitud; luego fueron colgados de los tobillos y expuestos en la plaza de Loreto, en Milán, donde muchos partisanos habían sido ejecutados por Mussolini.

     En 1923 el rey Alfonso XIII de Borbón (llamado “el Africano”) de España había estado a punto de perder su trono entre crisis políticas y militares, pero el general Miguel Primo de Rivera lo preservó, suspendió la vigencia de la constitución y declaró una dictadura. Esta dictadura, con el rey deslegitimado, duraría varios años.

    El régimen de Miguel Primo de Rivera se fue desmoronando por razones internas sociales y políticas, incluso disputas castrenses internas. El propio rey Alfonso XIII manifestó a Primo de Rivera la conveniencia de que se marchara. El dictador presentó su dimisión al rey en enero de 1930 y murió unas semanas después. Casi al mismo tiempo comienza otra rosca política y el rey Alfonso XIII encomienda el gobierno al general Dámaso Berenguer, a quien luego decide sustituir sin encontrar un candidato, hasta que al final asume el almirante Juan Bautista Aznar. Mientras tanto, Miguel Maura, una de las cabezas del movimiento republicano, empieza a maniobrar y su gente gana la calle.

  La Corona está dispuesta a que haya cuanto antes elecciones constituyentes. Maura corre a ver a sus compañeros revolucionarios, mientras la mayoría de los líderes republicanos teme que la guardia civil  los meta a todos en la cárcel. Y la guardia civil llega, pero no para detener al comité revolucionario sino para ponerse a las órdenes del “nuevo Gobierno”. Los republicanos no pueden creer lo que ven y comienzan a sentir que han ganado. Ese mismo día, Alfonso XIII se marcha de España.

     Había nacido la Segunda República Española.

  Años después (pero no tantos), en 1936, los republicanos serían expulsados del gobierno por “el bando sublevado”, compuesto por las fuerzas de Francisco Franco, luego de una sangrienta y dolorosa guerra civil que incluyó no sólo una disputa entre ideologías políticas sino entre aristocracia y clases populares, entre fascistas y comunistas, entre dictadura militar y democracia republicana, entre diversas formas de entender el nacionalismo y hasta entre religión y laicismo.

    Los nazis (el Partido Nacional Socialista alemán) obtuvieron seis millones y medio de votos en las elecciones nacionales de 1930. Sostenían que el pueblo alemán (Volk) era la expresión más elevada de una “raza aria” superior y miraban la democracia despectivamente pero la consideraban un mal necesario para llegar al poder. El marxismo era considerado directamente diabólico; los nazis afirmaban que, al igual que el sistema económico mundial que había “arruinado” a Alemania (la típica paranoia de “todos contra mí”), todos los movimientos de izquierda estaban creados por los judíos. Como suele ocurrir, el partido nazi mostraba un “salvador”: Adolf Hitler, hipnótico, locuaz, orgulloso, encajaba con esa figura.

     En ese contexto llegaron las elecciones de 1932. El partido nazi era el único que crecía y los delegados nazis transformaban los debates en disturbios y peleas constantes (o te gano o te trompeo… y te gano).

     Ante esta situación, Franz von Papen, el canciller, comprendió que necesitaba del apoyo del partido nazi para gobernar y le ofreció a Hitler el cargo de vicecanciller (o sea, invitó al lobo a retozar por el gallinero), pero Hitler no se anduvo con vueltas y retrucó pidiéndole, directamente, la Cancillería. El presidente Paul von Hindenburg no quería, pero von Papen lo persuadió para que nombrara a Hitler como canciller, haciéndole ver que de no hacerlo probablemente habría un golpe de Estado.

     Así, finalmente Adolf Hitler se convirtió en canciller el 30 de enero de 1933. El lobo ya estaba adentro. 

  Apenas Hitler llegó al poder, von Papen fue expulsado de la vicecancillería y sus aliados fueron marginados rápidamente. Y en la “Noche de los cuchillos largos”, cuando fueron asesinados muchos enemigos de Hitler, von Papen fue detenido y puesto bajo arresto domiciliario, pero la sacó barata en comparación con su secretario y su principal asesor, que fueron asesinados. Al final, el echado von Papen terminó al servicio de los nazis como embajador en Austria y en Turquía.

     No hace falta detallar cómo terminaron Hitler y su runfla nazi al final de la guerra.

    Anastasio Somoza García fue el iniciador de la dinastía Somoza en Nicaragua en 1937. Antes de ser presidente había sido el jefe de la Guardia Nacional, y desde ese cargo planeó el asesinato de Augusto Sandino; como tanto Somoza como Sandino eran masones y la masonería prohíbe que un masón le haga daño a otro masón, Somoza le ordenó al capitán Delgadillo que asesinara a Sandino, con todo éxito.

     Somoza no ahorró en represión y muertes por razones diversas, mientras  se enriquecía hasta límites inusitados. Superó un atentado en 1954 y fue baleado mortalmente en 1956; el presidente norteamericano Dwight Eisenhower puso un avión para trasladarlo en plena agonía y fue operado en la zona del canal de Panamá (por entonces en poder de EEUU), pero no sobrevivió.

     Su hijo Luis Somoza Debayle continuó la dictadura entre 1956 y 1963; promulgó la reforma agraria, soportó varias rebeliones y falleció en 1967.

    La posta la tomó su hermano Anastasio Somoza Debayle, que continuó la dictadura entre 1967 y 1979. Durante su gobierno se produjo una guerra civil en la que ordenó el asesinato de civiles y el bombardeo de las ciudades que estaban bajo influencia de los sandinistas. Las fuerzas del gobierno (la Guardia Nacional) eran mucho más poderosas que las fuerzas sandinistas; sin embargo, el gobierno de Somoza fue quedando aislado internacionalmente mientras los rebeldes iban sumando reconocimientos y apoyos. Un periodista norteamericano fue asesinado por un soldado de la Guardia Nacional, y eso hizo que Somoza perdiera el apoyo que todavía tenía en los EEUU, lo que terminó favoreciendo la lucha armada en favor del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

     El presidente norteamericano Jimmy Carter y la OEA lo presionaron para que renunciara y abandonara Nicaragua, Somoza redactó una carta de renuncia (que entre otras cosas decía “he luchado contra el comunismo y creo que cuando salgan las verdades, me darán la razón en la historia”) y huyó a Miami, de ahí a Bahamas, luego a Guatemala y finalmente fue acogido por Alfredo Stroessner en Paraguay.

   Fue asesinado en el exilio, en Asunción, en septiembre de 1980, emboscado por un comando compartido entre sandinistas y el E.R.P., comando guerrillero argentino, en un atentado conocido como “Operación Reptil”.

     Ante Pavelic fue el sangriento líder del movimiento ustasha en Croacia. Al asumir el gobierno en 1941, las tropas italianas y alemanas que controlaban la región le dieron a Pavelic la autonomía necesaria para que organizara un Estado totalitario a su antojo. Pavelic copió el culto a la toda la parafernalia propia de los regímenes fascistas: desmesuras, desvaríos y el culto al líder.

    Pavelic impuso leyes antijudías y antiserbias, y comenzó una persecución brutal contra esos dos pueblos con el objetivo de eliminar la mayor cantidad posible de gente y convertir al resto en católicos; era su método para que perdieran el principal elemento de su identidad. Mientras, tanto la Iglesia católica croata como el papa acogían favorablemente su llegada al poder, ya que consideraban a Croacia como un baluarte católico.

     Hasta los mandos nazis enviados a Croacia expresaban su horror ante la crueldad de Pavelic. Pero la guerra terminó, el Tercer Reich cayó, Pavelic perdió a sus padrinos y como su Estado era títere de las fuerzas del Eje, se quedó sin poder propio. Así que Ante Pavelic escapó: se ocultó primero en Austria y luego en Roma, donde llegó con la protección del entonces secretario de Estado Vaticano, Giovanni Batista Montini (quien luego sería el papa Paulo VI). Pero el destino final de su exilio fue la Argentina que gobernaba Juan Domingo Perón.

   En 1945, la unión (forzada “por el espanto”) entre nacionalistas y comunistas chinos forjada para sostener la resistencia contra los japoneses, se disolvió con la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Tanto Chiang Kai-shek (nacionalistas) como Mao Tse-tung (comunistas) reclamaron el territorio chino abandonado por los ejércitos japoneses vencidos. Comenzaba a ponerse en juego el futuro político de China. Luego de dos años de una paz ficticia entre ambos bandos (sus visiones sobre el futuro de China eran incompatibles), a principios de 1947 se reanudó la guerra civil, que duraría dos años más y dejaría como saldo tres millones de muertes.

     Finalmente, a principios de 1949, Chiang Kai-shek, derrotado por los comunistas, dimitió como presidente nacionalista de China. El 1 de octubre de 1949 Mao Tse-tung se dirigió a la multitud anunciando el nacimiento de la República Popular China.    

  Poco después de eso el Partido Comunista chino ocupaba las principales ciudades; la guerra civil había terminado, los comunistas habían triunfado.

     Mao Tse-Tung  hizo desastres en China, desde “El Gran Salto Adelante” hasta “La Revolución Cultural”. Según sean afines o detractores quienes hagan el conteo, el saldo fue de entre 15 y 30 millones de muertos. Luego de la muerte de Mao, el fiscal determinó que “un error de ninguna manera puede engrandecer los grandes logros de nuestro líder”. Ajá. Sin embargo, la línea de poder de Mao no continuó, ya que tras su muerte en 1976 Jiang Qing (su viuda, por entonces con mucho poder) y sus partidarios fueron arrestados, Deng Xiaoping fue ganando espacio y poder y se transformó en el máximo líder de la República Popular China.

       Jacobo Árbenz Guzmán efue elegido presidente de Guatemala en 1951, en una elección popular “normal”. Restauró leyes que bajo la dictadura del coronel Carlos Castillo Armas habían sido suprimidas, como la ley de salario mínimo, un máximo de horas de trabajo y el derecho a huelga, y reestableció la libertad de expresión. Árbenz estaba a favor de la inversión extranjera con la condición de que los inversionistas se ajustaran a las condiciones locales y acataran las leyes guatemaltecas.

      Como parte de su política de reforma agraria, el gobierno de Árbenz se negó a ampliar las concesiones de la compañía estadounidense United Fruit Company y a la vez estableció buenas relaciones con los comunistas locales, lo que irritó aún más a Washington, que comenzó una campaña de acción contra el gobierno de Guatemala, al que presentaron como una amenaza para la paz del hemisferio.

    La CIA empezó a armar y entrenar a derechistas guatemaltecos exiliados en Honduras y Nicaragua, y en junio de 1954 el presidente Dwight Eisenhower dio a los rebeldes una especie de permiso e impulso para la invasión; la gota que rebalsó el vaso fue que Guatemala había recibido un envío de armas desde Checoslovaquia, eludiendo el embargo de los EEUU. El golpe de Estado en Guatemala fue la primera intervención de la CIA en América Latina.

    Después de renunciar, Árbenz se refugió en la embajada de México,  luego en Canadá y finalmente siguió un doloroso peregrinaje de exilio.

    En Cuba, el primer ataque de Fidel Castro contra el dictador Fulgencio Batista, en julio de 1953, terminó en fracaso. Luego del frustrado asalto al cuartel de Moncada, Fidel  fue detenido y juzgado, permaneciendo en la cárcel hasta mayo de 1955, cuando él y su gente fueron liberados por una amnistía dispuesta por Batista. Ya en libertad, Castro se trasladó a México y comenzó a planear el derrocamiento de Batista.

     En diciembre de 1956, un grupo de 82 guerrilleros con Fidel al mando se embarcaron en México en el yate Granma para desembarcar en la Playa de las Coloradas, en el oriente cubano. El Ejército Rebelde se instaló en una base guerrillera en la Sierra Maestra y desde allí comenzó la revolución que derrocó a la dictadura cubana: los rebeldes bajaron de las montañas para combatir a las fuerzas de Batista.

    Los cubanos adoptaron a Fidel Castro como su esperanza y referente político, y en enero de 1959 los revolucionarios tomaron La Habana y echaron a Batista. Batista huyó (se llevó bastantes dólares) primero a República Dominicana, después a Portugal y recaló finalmente en la España de Franco.

   Ya en el poder, Castro promulgó medidas drásticas para las reformas agraria e industrial, expropiando alrededor de mil millones de dólares en bienes estadounidenses en la isla. En 1960, Castro firmó una transacción de cinco millones de toneladas de azúcar con la URSS y se apoderó de las refinerías norteamericanas que habían rechazado el petróleo soviético negociado por Fidel. Eisenhower respondió con un embargo y un año después cortó las relaciones diplomáticas. Fue la primera revolución comunista de Latinoamérica.

    Una vez afirmado en el poder en Haití, en 1957, François Duvalier (Papá Doc) prometió derrocar a la antigua clase dirigente, desarmar sus chanchullos y doblegar al ejército represor. Sin embargo, después de evitar un golpe de Estado en 1958, Papá Doc creó una fuerza de seguridad, los “Tonton Macoutes”, una especie de policía secreta y milicia personal, que sembró un terror mucho peor. Bajo el gobierno de Papá Doc se desarrollaron las prácticas del vudú; eso fue aprovechado para convencer a buena parte de la población (de un paupérrimo nivel de instrucción y educación) de que los Macoutes eran sobrenaturales e invulnerables, mientras torturaban y asesinaban gente en serie.

     Duvalier fue exterminando y expulsando a sus enemigos de manera inmisericorde, y cuando ya todos sus rivales estaban muertos o exiliados él y su gente acapararon la riqueza del país. Autodeclarado “presidente vitalicio”, François Duvalier gobernó Haití hasta 1971, cuando traspasó el poder a su hijo Jean-Claude, de 19 años, que de vitalicio no tenía nada. Papá Doc murió por complicaciones de su diabetes en abril de 1971. Al día siguiente su hijo Jean-Claude (Baby Doc) asumía el poder, y su gobierno fue la continuación del desastre iniciado por su padre.

    En febrero de 1986, un alzamiento militar expulsó del país a Jean-Claude Duvalier. El joven dictador, que se exilió en Francia, hizo esperar durante dos horas a quienes lo escoltarían al aeropuerto, mientras terminaba de celebrar una fiesta (de despedida, se supone) en su casa. Esa arrogancia frívola que caracterizó a su gobierno la mantuvo hasta el último minuto de su dictadura.

    Marcos Pérez Jiménez fue presidente de Venezuela desde diciembre de 1952; asumió cuando el partido oficialista lo nombró en forma transitoria al desconocer el triunfo del partido opositor. Durante su gobierno Venezuela progresó económicamente pero su tendencia autoritaria fue creciendo. Pérez Jiménez ejerció la represión inicialmente contra los partidos de izquierda pero la misma se extendió gradualmente a casi todos los sectores políticos del país, así como a los movimientos estudiantiles y sociales.

     En enero de 1958 es derrocado por sectores de las Fuerzas Armadas disidentes y en medio de muchas manifestaciones ciudadanas contra las políticas represivas de su gobierno. Tras su caída, una Junta de Gobierno formada exclusivamente por militares asume el poder, siendo el vicealmirante Wolfang Larrazábal el primer presidente nombrado por la misma. Pérez Jiménez se exilió en República Dominicana y luego en EEUU. Desde allí fue extraditado, pero Francisco Franco le tendió una mano y terminó viviendo en España.

     En 1968 se presentó como candidato a senador, pero la Corte Suprema de Justicia anuló su elección. También se postuló para la presidencia de la república en las elecciones de 1973, pero los partidos políticos aprobaron en el Congreso Nacional una enmienda constitucional destinada específicamente a inhabilitarlo políticamente.

     Salvador Allende gobernó Chile durante tres años, con la oposición del Congreso y de una parte de la sociedad; el apoyo político de su propia coalición era cada vez más endeble, y a la creciente tensión social se le sumó una política económica recibida con hostilidad y miedo por empresarios y terratenientes.

     En 1971 Allende promulgó la ley de nacionalización del cobre, decidió la expropiación de haciendas, aumentó el control estatal de empresas y bancos, ordenó la nacionalización de compañías extranjeras y decretó medidas de redistribución de la renta. La inflación aumentó y los alimentos empezaron a escasear; en diciembre de 1972 Allende denunció en la ONU una agresión internacional y un boicot económico a Chile. Finalmente, una prolongada huelga de camioneros que se oponían a sus planes de nacionalización produjo un enorme desabastecimiento; los comerciantes,  con casi nada que vender, se unieron a la protesta. El malestar social era imparable.

      Y  en septiembre de 1973 se produjo un golpe militar encabezado por el general Augusto Pinochet, que apenas dos semanas antes había sido designado por Allende como comandante en jefe del Ejército. El golpe no fue una sorpresa; el país vivía desde hacía meses en una tensión creciente y el rumor de un inminente golpe crecía. El derrocamiento de Allende fue bien recibido por un amplio sector de la sociedad chilena, en desacuerdo con las reformas y cansada de las penurias económicas.

   Años después, en 1988, mediante un plebiscito, el 56% de los ciudadanos chilenos decidieron que no querían que Pinochet siguiera en el poder. A consecuencia de ello, Patricio Aylwin llegó al poder en 1990. Y Pinochet, afuera.

   Idi Amin fue un loco peligroso, extravagante y asesino. Durante la década del ’70 demostró que no tenía límites tanto para la payasada como para la crueldad: aconsejó a los árabes que enviaran pilotos kamikaze contra Israel, al presidente Richard Nixon le envió “sinceros deseos” de que se “recuperara rápidamente” del escándalo Watergate, sugirió a Gerald Ford que dimitiese y pusiera a “un hermano negro” en su lugar, desafió al presidente de un país vecino a un combate de boxeo para resolver una disputa fronteriza, se condecoró a sí mismo con la Cruz de la Victoria del Reino Unido, se postuló como voluntario para ocupar el trono de Escocia y se ponía él mismo los títulos más extravagantes: “señor de todas las bestias de la tierra y todos los peces del mar”, “conquistador del imperio británico”, y su preferido: “Dada, papá de todos”. Especialmente delirantes eran sus viajes por las aldeas de Uganda, en los que prometía a los campesinos la construcción de escuelas, dispensarios o autopistas; si le informaban que no había dinero para emprender aquellas acciones (y habitualmente no había), Amin ordenaba imprimir más billetes a la Fábrica Nacional de Moneda.

    Idi Amin y sus esbirros desataron en Uganda una era de terror. Los asesinatos eran cosa de todos los días, las cárceles se convirtieron en centros de tortura y exterminio; los presos que llegaban a ocupar una celda encontraban restos de órganos humanos en el piso. Cualquiera podía caer preso sólo por haber sido denunciados por un vecino envidioso, por una novia despechada o por tener simpatía por los judíos, por ejemplo.  

      En 1978 Uganda se había empobrecido tanto que ya no quedaba nada por saquear. La cantidad de leales a Amin se había reducido bastante y el malestar de la población era enorme; la economía y la infraestructura se habían derrumbado por años de negligencia y abuso. Muchos funcionarios de Amin se exiliaron y finalmente muchas de sus tropas se sublevaron. Amin envió soldados contra los amotinados, muchos de los cuales habían huido hacia Tanzania; Amin acusó al presidente de Tanzania (Julius Nyerere) de agresión y ordenó la invasión a Tanzania, pero el ejército de Tanzania respondió con contundencia invadiendo Uganda. Fueron liberados miles de prisioneros harapientos y famélicos y en fosas comunes se encontraron desde cráneos aplastados hasta niños empalados en estacas. Amin había dejado tras de sí 300.000 cadáveres y una nación devastada económica y moralmente.

    Mientras se descubrían estos horrores, Idi Amin huía en helicóptero y se refugiaba en Libia; luego se trasladaría a Irak y finalmente se instalaría en Arabia Saudita, donde vivió apaciblemente. Nada perturbó su vejez y murió en 2003, a los 78 años en un hospital de la ciudad saudí de Jedda. Nunca respondió por sus crímenes y jamás fue procesado.

     En Afganistán, en 1973, Muhammad Daud derrocó al rey Muhammad Zahir, primo hermano suyo, de quien era su primer ministro. En abril de 1978, un así llamado Consejo Revolucionario entró a los tiros en el palacio de gobierno en Kabul y asesinó a Muhammad Daud y a su familia.  Este sería el comienzo de una serie de acontecimientos que llevarían a una guerra civil interminable en Afganistán y a la intervención soviética en ese país, como un movimiento más de una partida de ajedrez de la geopolítica de esos momentos.

    El movimiento New Jewel (NJM) derrocó a Eric Gairy en Granada en 1979. Gairy era un político corrupto, extravagante y represor. El NJM colocó en el poder a Maurice Bishop, uno de sus fundadores. Con la asistencia de Cuba, del bloque soviético y de algunos países árabes, Bishop estableció un Estado vigilante y controlador y prohibió la actividad de los demás partidos políticos; el pueblo de Granada comenzó a inquietarse en forma creciente por la incompetencia administrativa del gobierno, que iba acompañada de un estilo represivo también en constante aumento.

     En 1983 Bishop es derrocado por Bernard Coard, pero aún tenía el apoyo de miles de granadinos que salieron a la calle a apoyarlo y defenderlo, logrando que lo liberen. Mientras tanto, el general Austin Hudson, político y militar granadino, aprovecha la ocasión para “poner orden”, captura de nuevo a Bishop y se autoproclama jefe de gobierno.

     Esta sucesión de disturbios eran seguidos atentamente, como puede imaginarse, por los Estados Unidos. El entonces presidente Ronald Reagan percibió la oportunidad de anotarse un poroto a su favor en la ya recontra instalada Guerra Fría y lanza la “Operación Urgent Fury” (o Furia Urgente, como se prefiera): invade la isla con más de seis mil soldados. Y afuera Bishop, que simpatizaba con los enemigos de los yanquis. Murieron algo más de cien personas.

     Continuará…

Ultimos Artículos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

TE PUEDE INTERESAR

    SUSCRIBITE AL
    NEWSLETTER