MOZART: El genio y las palabras

El drama no tan secreto de un señor llamado Mozart

Fue Roberto Fontanarrosa quién despidió un Congreso de la Lengua con una apología de las que hemos dado en llamar “malas palabras”. Impecable defensa de los improperios, insultos y términos soeces profusamente ilustrado con ejemplos familiares, autores célebres y muchos de su propia cosecha. Después de todo, ¿quién dijo que eran malas, las malas palabras? ¿Nacen condenadas o las condena la sociedad?

Culminaba su exposición pidiendo una amnistía y vaticinando que en un futuro, las vamos a necesitar. En realidad siempre las hemos necesitado. De otra forma ¿cómo podríamos definir al gobernante de turno, o al molesto vecino del 9º “G”? Indispensables como armas expresivas ¿de qué otra forma hubiese terminado García Márquez El Coronel no tiene quien le escriba?

Pero al discurso de Fontanarrosa le falta la perspectiva desde la patología. ¿Qué pasa cuando una persona se encuentra “obligada” a decir malas palabras? Sí, de esas que mucho no se puede discutir que sean malas palabras, de esas que no aceptan atemperantes. ¿Y qué pasa si esas palabras las usa en los momentos menos oportunos, y ante las personas menos indicadas? ¿Se imagina usted a condes, príncipes y reyes sonrojados ante improperios del interlocutor desubicado? Y ¿cómo se hubiesen sentido estos condes, príncipes y reyes, de ser uno de los músicos más grandes de su tiempo el desubicado en cuestión? Tan desubicados como el desubicado.

Pero así fue la vida de Wolfang Amadeus Mozart, este joven tocado por ángeles para la música, pero por los demonios para las palabras. Al parecer, desde pequeño Amadeus sufrió esta impostergable necesidad de decir improperios, o cometer actos contra el rígido protocolo palaciego. Su padre, Leopold, seguramente, habrá atribuido a la precocidad del hijo esta desubicación. Imagínese a un niño prodigio terminar un brillante concierto, la corte en pleno aplaudiendo de pie, y el jovencito retirándose apresuradamente para jugar a las escondidas con las hijas del personal de servicio, sin responder a los halagos de la realeza. El padre bien sabía lo que le había costado hacer estudiar a su hijo, siempre dispuesto a distraerse con las cosas más insólitas. ¡Cuántas veces debió recurrir a unas buenas palmadas donde más duele, para enmendar al jovencito! “Ustedes no saben lo que cuesta criar a un niño prodigio”, se lamentaba el pobre Leopold, ignorante de que su hijo padecía un síndrome de Gilles de la Tourette. Bonito nombre para una enfermedad. Eufónico, elegante y para más, en francés. ¿En cuánto aumenta el sufrimiento producido por las hemorroides, o los sabañones, si además de inconfesables tienen nombre tan vulgar? ¿Cuanto darían muchos por bautizar a sus enfermedades con epítetos tan altisonantes? Gilles de la Tourette era un neurólogo francés (de más no esta decirlo) que describió esta enfermedad casi 100 años después de desaparecido Mozart.

Leopold Mozart. A pesar del talento innato de su hijo, le fue muy difícil encaminar al pequeño Amadeus. Sólo su empecinamiento logró doblegar la tendencia natural de su hijo a no quedarse quieto y decir malas palabras en momentos inoportunos. Quizás creyó que este desorden era fruto de la precocidad del jovencito. Jamás supo el nombre del síndrome que aquejó a su hijo.

Los colegas de la Tourette impusieron a este conjunto de signos y síntomas el nombre del neurólogo. “Afección nerviosa caracterizada por discoordinación motriz, acompañada de ecolalia y coprolalia”. En cuanto a la discoordinación motriz se refería a “Tics” que acompañan al cuadro y que pueden variar de forma o intensidad. Cuando sólo hay “Tics”, se llama “Síndrome de la Tourette puro”. Pueden ser motores (guiñar los ojos, mover los hombros) o fónicos (ruidos extraños, como chasquidos, carrasperas y gruñidos). Cuando estos tics se acompañan de ecolalia (repetición de palabras o sílabas) o de coprolalia (el uso de las que, muy a pesar de Fontanarrosa, debemos llamar malas palabras) estamos ante un cuadro “completo” del síndrome. Si a todo esto, que ya de por sí es malo, debemos agregar trastornos psíquicos –como irritabilidad, obsesión y estados ciclotímicos-, el síndrome agrega el “Plus” a su nombre francés.

Escuche la sinfonía 40. El segundo movimiento para ser más precisos. Cierre los ojos e imagínese al compositor realizando gestos payasescos y diciendo palabras obscenas. No, ese no es Mozart. Los humanos tenemos una marcada tendencia a convertirnos en panegiristas de aquellos a los que valoramos como artistas. Tendemos a creer en los principios platónicos de belleza, como sinónimo de bondad. Lo hermoso es bueno, y viceversa. La experiencia diaria nos ha enseñado que no es tan así. Las vidas particulares de algunos de estos creadores no fueron siquiera respetables y mucho menos, modelos a seguir. Por otro lado, nos atrae la idea conspirativa, un complot pergeniado siniestramente para poner fin a las creaciones del ídolo en cuestión. En el caso de Mozart, el envidioso Salieri, odiando a este mequetrefe maleducado e insolente que componía obras de una perfección celestial. ¿Era esto justo? Salieri, siempre prolijo y ordenado, respetuoso y correcto frente a este paquete de muecas, que apenas podía mantenerse quieto. Por otro lado, también nos seduce la idea de una muerte entre la adversidad y la incomprensión. “Murió pobre e incomprendido”, es la última frase de las biografías de célebres artistas, como si morir “Rico y amado”, fuese un pecado que mancha su genio.

“Dios no es justo” habrá pensado este músico ordenado, metódico pero sin el genio de Mozart. Él tan solemne y Mozart, incansable productor de groserías, bufonadas y malas palabras. “Dios no es justo”, se decía una y otra vez Salieri.

Mozart conoció la opulencia y en otros momentos debió vender hasta la vajilla para vivir. Estos vaivenes económicos eran a veces fruto de algún fracaso de sus obras, pero la mayoría de las veces se debía a esa afición –frecuente en los comprometidos por este síndrome– al juego. Jugaba por dinero al billar –que lo fascinaba por el rítmico golpeteo de las bolas-. Le encantaba el truc truc, y sobre todo, apostaba a las cartas.

Se conservan 371 cartas del músico. En 40 de ellas se encuentran palabras impropias. Su coprolalia se convierte en coprografía. Sus exabruptos verbales eran frecuentemente comentados por sus amigos durante los años que vivió en Viena. A diferencia de su padre, que con rigor había pretendido ordenar la vida de Wolfang, su esposa Constanze Weber, no hacía honor a su nombre (de constante poco tenía, especialmente si de amor se hablaba).

Graciosa, simpática y de agradable presencia, era tan alocada como su cónyuge. A pesar de tener seis hijos, sólo dos sobrevivieron, y del último, nacido el mismo año de la muerte de Mozart, se dice que no era hijo del músico. Para colmo, su maestro de música fue, nada más y nada menos que ¡Salieri!

Mozart ya atravesaba el período Plus de la enfermedad que se acompaña de ideas delirantes, de culpabilidad, obsesión y desconfianza. Justo entonces es que un personaje enigmático le encarga un “Réquiem”. Él lo interpretó como una premonición ominosa, y su enfermedad de base hizo el resto.

Mozart había sufrido durante su primera visita a Viena, a los seis años, una infección en la garganta. Una faringitis, que hoy es vista como poca cosa, entonces podía ser mortal, y si sobrevivía podía tener la desgracia de las secuelas en caso de ser el estreptococo el responsable. Al parecer padeció artritis reumatoidea y secundariamente una glomerulonefritis, que en esas épocas terminaba irremediablemente en insuficiencia renal y uremia.

Poco antes de morir, el 19 de noviembre, mientras se encontraba en la taberna “La Serpiente de Plata” (lugar que solía frecuentar y donde eran celebrados sus exabruptos) sufrió un cuadro vascular cerebral con pérdida de conocimiento.

Conducido a su casa, se dedicó a componer febrilmente el Requiem encomendado. Frecuentemente fue sometido a sangrías –única terapéutica conocida, pero que en ese caso, tenía algún sentido, ya que lograba bajar la presión arterial que acompaña a los estadios finales de la insuficiencia renal–.

Si el cráneo que poseemos de Mozart, es el de Mozart (cosa que nunca podremos asegurar porque el cadáver fue exhumado diez años más tarde y el único que dio fe que ese esqueleto petenecía al genio fue el enterrador), podría ser que la causa final de óbito fuese un hematoma subdural espontáneo secundario a las hipotensiones. Fuera como fuera, Mozart terminó sus días inconsciente, sin que se le conociese ningún improperio, ni gesto obsceno o comentario soez acompañando su último aliento.

Un síndrome llamado Gilles de la Tourette

Este síndrome que atormentó a Mozart, compromete en mayor o menor grado, al 2% de la población general.

La proporción en niños es cuatro veces mayor que en las niñas. Es una afección de tipo hereditaria –probablemente transmitida en forma multifactorial y autosónica dominante. Se atribuye esta disfunción a alteraciones en los núcleos de la base del cerebro, órgano responsable de regular la fineza de los movimientos. Muchas veces parece ser que el factor desencadenante es una infección de las vías aéreas superiores, por gérmenes como el estreptococo, que ya hemos mencionado.

En este cuadro se encuentra alterado el metabolismo de los neurotransmisores, principalmente la dopamina, cuyo aumento condiciona los tics y la hiperactividad; mientras que la disfunción de la serotonina sería responsable de los trastornos de orden psíquico.

Para los incrédulos de siempre, que sospechan que los médicos asistimos a los congresos sólo como una excusa para abandonar el consultorio, lamento informarles que durante el Congreso Mundial de Neurología de 1985, justamente en Viena, se declaró a Mozart como arquetipo del enfermo afectado por este síndrome. El Dr. Gilles de la Tourette jamás imaginó que de esta forma estaría compartiendo una parte minúscula del genio de Mozart.

No puedo dejar de mencionar una anécdota que me refirió un querido colega. Resulta que años atrás, un distinguido profesor de psiquiatría se dirigía, como todas las mañanas, al hospital, cuando le llamó la atención un canillita que pregonaba un periódico. Hasta allí nada extraño, a no ser porque a continuación gritaba a viva voz una serie de imprecaciones contra las progenitoras de los columnistas, editores y demás miembros del plantel, sin que el sujeto en cuestión conociese personalmente ni a las señoras madres, ni a los periodistas implicados. El profesor lo invitó gentilmente a acompañarlo al servicio a fin de tratar esta compulsión a decir improperios, cosa que nuestro canillita hizo, sacudiendo la cabeza y los hombros, mientras le agradecía al facultativo, haciendo alusión, en este caso, a la progenitora del profesor, que a pesar de la opinión de algunos alumnos reprobados, era una santa mujer.

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TEXTO EXTRAÍDO DEL LIBRO “MALES DE ARTISTAS”

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