Ricardo Gutiérrez: El poeta y los niños

Fue como un astro

Que errante pasa

Dejó un surco de luz en la memoria

Y se perdió en una noche desolada

*

Cuando un médico pierde una vida, y más aún, la de un niño, el profesional se esconde en la máscara que concede el trato habitual con la muerte, cae en el abatimiento o se deja llevar por un humor fastidioso…. Solo unos pocos, esos tocados por los dones del talento, transforman el dolor en poesía, la desgracia en belleza, lo efímero de nuestra existencia en arte.

Ricardo Gutiérrez nació en el seno de una familia de periodistas y escritores; el más destacado de ellos fue su hermano Eduardo, divulgador de tradiciones gauchescas y el relato de las aventuras de Juan Moreira, Santos Vegas y Hormiga Negra. Ricardo también aportó lo suyo a las tradiciones camperas, ya que sugirió a su amigo Estanislao del Campo la versión criolla del Fausto, inspirado en el aspecto mefistofélico que le imprimía la barba en punta y el bigote hacia arriba que lucía este pediatra y poeta.

La vocación asistencial de Ricardo no fue inmediata; cursó hasta tercer año de abogacía, pero después de servir a las órdenes de Mitre en Pavón y Cepeda, decidió estudiar medicina.

Como gran parte de su generación, Ricardo Gutiérrez pasó su juventud luchando por la patria, en su caso como practicante en la guerra del Paraguay. Leer sobre él mientras usted saborea un café con leche y medialunas una serena mañana de primavera suena como una aventura inverosímil, algo fantasioso y nefasto …. Pero cierre los ojos y escuche los gritos de los heridos que esperan su turno para ser atendidos por médicos casi adolescentes empapados en sangre y sudor realizando amputaciones sin anestesia con instrumental contaminado, mientras piernas y brazos se acumulan en pilas macabras. Ellos eran los que seguían esa batalla dispar cuando las balas dejaban de zumbar. Cuando los guerreros reposaban, los médicos seguían desbordados por el trabajo asistiendo en lo que podían y cuando podían. Y antes de caer vencido por el cansancio, el Dr. Gutiérrez escribía una estrofa o un verso  que a lo largo de las horas y los días adquiría forma y sentido. Lo llamaban “el poeta de la tristeza y la piedad”, como revela en esta obra llamada “El cadáver”:

Sí; todo es vanidad, todo es mentira,

todo es dolor en la existencia humana,

porque la vida de la tierra triste

no es más que el paso a la inmortalidad jornada.

Por cinco años participó de la contienda de la Triple Alianza, curando soldados propios y enemigos, ya que el ejército guaraní apenas contaba con dos médicos ingleses. De hecho, cuando caían heridos, muchos soldados paraguayos preferían caer prisioneros de los argentinos porque la atención médica era muy superior. De caer en manos brasileras terminaban esclavizados. Al finalizar la guerra, tanto los vencedores como los vencidos cubrieron el pecho del Dr. Gutiérrez de medallas.

En esos sórdidos hospitales de campaña conoció a colegas y escritores como Eduardo Wilde. Consoló a Cándido López cuando su mano derecha fue amputada, y el hombre reeducó su otra mano para plasmar en soldaditos minúsculos el movimiento de esa masa humana en medio de pampas y  esteros. Más de una noche habrán compartido largas charlas con Lucio Mansilla, Dominguito Sarmiento, sobre musas esquivas, libros entrañables y el arte de expresar pesares, amores y desconsuelo con palabras. Como diría el general José Garmendia: “consolaban su aflicción derramando la piedad de las almas generosas en esa hora tan triste”.

Antes de concluir sus estudios, ya había dado a conocer su primera obra literaria llamada “La fiebre salvaje”. Le siguieron “Lázaro”, “El libro de las lágrimas” y “El libro de los cantos”.

Antes  de un viaje de perfeccionamiento a Europa, asistió a las víctimas de la fiebre amarilla que diezmaba Buenos Aires. La ciudad quedó reducida a un pueblo fantasma, con ataúdes esparcidos por la ciudad y unos pocos valientes asistiendo a las víctimas de la enfermedad. Allí estaba para paliar el dolor y recitar palabras de consuelo, Ricardo Gutiérrez.

De esa época fue su tesis sobre el uso de cloroformo en las parturientas, el método llamado a “la reina” porque fue utilizado por la reina Victoria en uno de sus numerosos partos de príncipes y princesas.

El gobierno nacional reconoció sus servicios con una beca en París donde se especializó en pediatría. A su regreso, impulsó la creación del Hospital de Niños a través de la Sociedad de Beneficencia, que contaba con una entusiasta directiva, la Sra. Dolores Lavalle de Lavalle, hija del general que asistió en el primer hospital de niños de Buenos Aires que estuvo bajo la dirección del médico poeta hasta el fin de sus días.

El primer nosocomio estuvo en la hoy calle Hipólito Yrigoyen 3420, y su primer director fue el doctor Rafael Herrera Vega, un profesional de origen venezolano. Los primeros asistentes fueron Ignacio Pirovano y Adalberto Ramaugé, mientras que el primer practicante era, nada más y nada menos, que José María Ramos Mejía, uno de los primeros neurocientíficos en Argentina que escribió un libro sobre la locura de hombres célebres, especialmente de la historia argentinas.

Por 21 años, el Dr. Ricardo Gutiérrez dirigió al Hospital de Niños con su capacidad de observación legendaria y métodos novedosos, como regalar juguetes a los niños que consideraba que no estaban enfermos, sino tristes, y así “curarlos”.

Por casi dos décadas dirigió los destinos del hospital que llevaría su nombre, absorbiendo no solo la atención, sino los problemas edilicios de las distintas sedes, hasta que se ubicó donde hoy se encuentra. Ricardo Gutiérrez no llegó a ver su sueño, murió antes de su inauguración. Recién en 1935 se lo bautizó con el nombre de quien fuera su inspirador.

La muerte de su hermana Elena lo había afectado profundamente, y después de 1891 no volvió a levantar esa pluma que nos había regalado tantos versos inolvidables.

Cuando el tremendo golpe de la muerte,
la misma tierra a nuestros cuerpos abra,
tu alma en sus alas alzará mi vida,
mi alma la tuya subirá en sus alas
hasta ese mundo
de la esperanza,
patria inmortal de tu alma y de la mía,
¡patria inmortal de mi alma y de tu alma!

Otro gran pediatra y escritor, Florencio Escardó, hizo el guion de la película “La cuna vacía” que retrató al guerrero, al médico y al poeta que sostenía que había que salvar desde la cuna el porvenir de la patria criando niños sanos y felices, alejados de la miseria, la desnutrición y la ignorancia.

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