La zarina y el doctor: la historia de la lucha – Parte II

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El doctor Thomas Dimsdale y su hijo Nathaniel tardaron más de un mes en llegar a San Petersburgo. El embajador Pushkin le había desaconsejado llegar por el Báltico a la capital del imperio, por lo que decidieron viajar por mar hasta Holanda y desde allí atravesaron Alemania hasta Polonia, que entonces era parte del Imperio Ruso. Llegaron sin inconvenientes hasta San Petersburgo, donde les tenían reservada una casa cerca del Río Neva desde la que se podía ver el Palacio de Invierno. Entonces nadie podía imaginar que ese palacio sería escenario de uno de los momentos finales de la monarquía rusa durante la revolución bolchevique. Catalina recién comenzaba a adquirir obras de arte europeo que se convertirían en el Museo del Hermitage, donde se albergan tres millones de pinturas.

El conde Panin, consejero de la zarina, recientemente había perdido a su joven esposa víctima de la viruela. Él se encargó de entrevistar a los Dimsdale poco después de su arribo. Fue muy amable con ellos, pero les dejó bien en claro la importancia de la tarea que los esperaba. “La paz y la tranquilidad de nuestro imperio está en sus manos, la preciosa vida de dos de los personajes más grandes está en juego… Dios impida las calamidades indecibles que su desaparición podría acarrearnos… Tenemos la mayor confianza en ustedes y solo les pedimos que actúen sin reservas”. A continuación, les explicó que el zarevich (Pablo) tenía trece años, pero que había pasado la mayor parte de su vida en el Palacio de Verano de su familia, huyendo de todo posible contacto con la viruela que hostigaba periódicamente con epidemias al pueblo ruso. El joven estaba deseoso de poner fin a esta vida de cuasi confinamiento. El zarevich era de constitución débil y enfermiza, y Catalina quería que el Dr. Thomas Dimsdale lo examinara para conocer a ciencia cierta los riesgos que podía correr por sus limitaciones.

Los Dimsdale fueron introducidos a la familia real, quienes atendieron a los médicos con una calidez y sorprendente amabilidad. Los términos del tratamiento debían ser confidenciales, pero Dimsdale sugirió repetir la experiencia de los monarcas ingleses: hacer una prueba en otros pacientes antes de inocular a la zarina y al zarevich. La respuesta de Catalina dejó desconcertado al doctor, acostumbrado a cierta reticencia de los pacientes que incurrían en prácticas dilatorias … pera la zarina le contestó claramente que se había documentado sobre el tema, había leído las estadísticas y estaba decidida a comenzar el tratamiento a la brevedad. El doctor no hizo más comentarios y se dispuso a cumplir con la tarea encomendada.

Los Dimsdale se acomodaron cerca de la capital, en la propiedad que pertenecido al barón Wolff, y allí prepararon el amplio recinto para actuar como hospital de variolización. Aunque el proyecto de inoculación era secreto, pocos ignoraban la tarea que llevaban adelante los médicos británicos. De hecho, el embajador inglés lord Cathcart –conocido como Patch Cathcart por el velo de seda negro que tapaba la cicatriz de una herida de bala en la mejilla– ofreció su apoyo incondicional debido a la importancia que tenía para la corona británica ya que los vínculos comerciales con Rusia se habían afianzado, y en la guerra contra el Imperio Otomano los británicos apoyaban la iniciativa de Catalina, mientras que los franceses la de los turcos.

Los Dimsdale debieron trabajar sin el apoyo de los colegas rusos, que se resistían al proceso de inoculación, las más de las veces por celos profesionales que por pruritos científicos. Además, siempre existía la posibilidad de que la inoculación matara a la zarina y el zarevich. ¿Cómo reaccionaría el pueblo ante este “asesinato”? La misma Catalina había previsto esta posibilidad y, para proteger al médico y a su hijo ante esta contingencia, había dispuesto que una nave estuviese siempre a disposición del doctor en el Golfo de Finlandia.

El vínculo de afecto y respeto mutuo creado entre el médico y la zarina por la sinceridad con la que se habían tratado, creaba está convicción que el Dr. Dimsdale actuaba con la mejor buena voluntad y la zarina estaba dispuesta a defenderlo aunque las cosas no saliesen como se suponía. Esta no es solo una historia de la lucha contra la viruela, sino de una particular forma de relacionarse entre las personas cuando impera la mutua confianza en la relación médico-paciente…

Al final llegó el gran día: el 11 de octubre de 1763, cuando Catalina, después de la preparación sugerida por el Dr. Dimsdale –un purgante y una dieta liviana–, debía inocularse. El doctor y su hijo viajaron desde la propiedad del barón Wolff al Palacio de Invierno con la mayor discreción. Usando las puertas y corredores de servicio, llegaron hasta la sala donde los esperaba la zarina. Con ellos estaba el joven llamado Alexander, de quien se extraería el material virósico para inocular a Catalina. Todo el proceso duró pocos minutos.

Al día siguiente la zarina viajó a la residencia Tsárskoye Seló para recuperarse lejos de los ojos indiscretos.

Durante los siguientes seis días, la emperatriz sufrió los síntomas de una afección leve. Dimsdale le aconsejaba a sus pacientes no encerrarse en una habitación, sino pasearse por lugares frescos y ventilados. La zarina se dedicó a caminar por los senderos del jardín de la villa.

Dimsdale supervisó personalmente la evolución de Catalina, recomendándole una dieta de sémola, sopa, pan y le lectura de Candide, ou l’Optimisme de Voltaire, que mantuvo entretenida a la emperatriz mientras se recuperaba. En esos días, el vínculo con el médico ingles evolucionó a una amistad que duraría el resto de sus vidas a través de cartas y presentes (los perros que le regaló Dismdale aparecen en varios retratos de Catalina).

Una vez recuperada, la zarina insistió en que Pablo fuese inoculado según lo pactado.

El tratamiento fue un éxito. Con su ejemplo, Catalina dispuso la inoculación de sus súbditos, tarea que el Dr. Dimsdale y su hijo encararon con renovados bríos. Estaban en la boca de todo el mundo, y el éxito se debía a la convicción y sentido de oportunidad de una persona, antes que a la evidencia científica que apoyaba el tratamiento. El ejemplo de Catalina fue el factor esencial del éxito. Este factor humano, este ejemplo a seguir, continúa siendo así casi tres siglos más tarde…

Para darle la debida difusión a la decisión real de inocularse, el 22 de noviembre de 1768 Catalina organizó en el Gran Palacio de Invierno una misa de gracias por la favorable  evolución de esta decisión que la zarina había tomado como amante madre de sus súbditos, asumiendo personalmente los peligros de la inoculación como un sacrificio que reflejaba su devoción cristiana ante el pueblo. Ella había entregado su cuerpo al igual que Cristo había ofrecido el suyo para la salvación de sus semejantes …

En ese mismo acto y en la mejor tradición de la ortodoxia rusa, el doctor y su hijo fueron nombrados barones del imperio y recibieron una sustanciosa cifra en compensación por sus esfuerzos, una suma más allá de sus sueños por una tarea que el Dr. Thomas Dimsdale consideraba humanitaria y había asumido desinteresadamente. También el niño que había aportado su cuota de virus fue elevado al grado de noble y generosamente recompensado. Hasta se hizo un escudo heráldico donde se ve su brazo variolizado.

En la celebración posterior se presenció un ballet alegórico, El Prejuicio derrotado de Gasparo Angiolini, con poemas alusivos donde esta “Minerva del Norte” (como le decían a Catalina) mandaba a la Hydra al infierno (una metáfora  de la viruela), salvando a Rusia del dolor  mientras “sostenía la ciencia y las leyes”.

Después de otras muestras de afecto por parte de la zarina y el zarevich, los Dimsdale retomaron a Inglaterra, donde el doctor continuo con su práctica, aunque con los bienes acumulados gracias a la generosidad de Catalina pudo fundar un banco.

Como contábamos, el vínculo amistoso continuó a través de cartas y obsequios por varios años hasta que llegó el momento de variolizar a los nietos de la zarina y la elección cayó, una vez más, en Dimsdale, quien, a pesar de los años, viajó a Rusia en 1781 para cumplir con su vieja amiga.

El advenimiento de la vacuna impulsada por Edward Jenner cambió el panorama, y la variolización dio lugar a la vacunación con el virus bovino (cow pox). Napoleón decretó la vacunación obligatoria de los soldados de su ejército triunfal. Los franceses, que habían sido tan reticentes a la inoculación en tiempos de los Borbones (a pesar del apoyo al tratamiento  de los pensadores del iluminismo y las numerosos muertes en la familia real), abrazaron con entusiasmo la propuesta de este médico inglés. Jenner llegó  a ser tan popular que aprovechó su influencia sobre Napoleón para liberar a  algunos oficiales ingleses capturados durante la contienda.

Catalina y Dimsdale fueron testigos de este auge de la vacunación que, en parte, se debió a la difusión de las prácticas de inmunización que ellos habían promocionado.

La zarina falleció en noviembre de 1796 de un accidente cerebrovascular. Todas las versiones perversas sobre el motivo de muerte son maliciosas y ridículas.

El Dr. Dimsdale le escribió una conceptuoso carta al nuevo zar, lamentando el fallecimiento de su madre. El doctor murió 4 años más tarde.

Así concluye la vida de dos personas muy diferentes unidas por la ambición de mejorar las condiciones de la humanidad, una como reina, el otro como médico.

Dimsdale quedó relegado a un segundo plano en la historia de la medicina por la misma evolución de la ciencia, mientras Catalina II pasó a la posteridad como la Gran zarina de Rusia, aunque sumergida en una leyenda negra de lujuria.

Como muchas personas, y especialmente los miembros de la realeza, Catalina buscó placer, alternando esos gustos con el estricto cumplimiento del deber. Y entre estos gustos estaban las satisfacciones sexuales.

Dimsdale relataba la vida de la zarina como metódica: se despertaba todos los días a las 6 de la mañana y cumplía con sus funciones como emperatriz de un inmenso imperio que trató de sacar del atraso para mejorar las condiciones de vida de sus súbditos. La diferencia con los monarcas masculinos estaba en  que ellos tenían permitido coleccionar amantes por docenas, como las que acumularon Luis XIV de Francia, Jorge IV de Inglaterra o Felipe IV de España. Catalina lo hizo con sus apuestos galanes como Grigori Orlov, Grigory Potemkin y otros 19 más a quienes dejó con fortuna y puestos encumbrados. Jamás cayó en la promiscuidad, Catalina era estrictamente monógama a diferencia de los otros monarcas que mantenían varios vínculos al mismo tiempo .

Una visión machista y pacata de la historia condenó este “atrevimiento” con acusaciones de ninfomanía y bestialismo de los que no hay evidencia alguna. Pero el relato avieso y las mentiras alevosas muchas veces tienen mejor prensa que el trabajo rutinario. Esta distorsión es una forma sutil que los mortales tienen de desvalorizar a los adelantos de su tiempo.

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