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miércoles, diciembre 7, 2022

Danton y “la cocina” de la Revolución Francesa –Segunda parte–

Menos de una semana después de haber llegado a París, el rey recibió la visita de Georges-Jacques Danton, uno de los líderes de la revolución. Danton le dio garantías sobre su seguridad y le expresó que era necesaria su participación como el monarca que juraría lealtad a una nueva constitución. Luis XVI quedó impresionado con Danton, tanto por sus palabras como por su aspecto, su vestimenta y su actitud: Danton se inclinó hacia él pero se negó a besarle la mano, mostrando desobediencia al protocolo. Luis XVI expresó la lealtad requerida a la nueva constitución, pero Danton no terminaba de creerle: se había formado una coalición de ejércitos de otros países para liberar al rey y restaurar el antiguo orden, y Danton sospechaba que el rey estaba en contacto con esa alianza.

     Durante el resto de 1789 Danton apoyó las medidas de la Asamblea Nacional; consideraba que la nobleza y la aristocracia eran la causa y la fuente de la miseria del país y quería asegurarse de que perdieran sus privilegios para siempre. Por entonces Danton representaba la corriente más enérgica de la revolución, y los líderes moderados y burgueses (que eran mayoría y querían avanzar más lentamente con los cambios) le desconfiaban. Para ellos Danton era una especie de ogro vociferante y por eso lo fueron excluyendo de los puestos oficiales del gobierno en formación.

     Sintiéndose marginado, Danton acabó identificándose con los “sans-culottes” (sin pantalones), que provenían de las clases más bajas de Francia y tenían un espíritu más activo y revolucionario. En 1790 fue uno de los fundadores del club de los Cordeliers (Sociedad de Amigos de los Derechos del Hombre y del Ciudadano), una sociedad política republicana cuyo objeto era “vigilar” a la Asamblea Nacional (en la que por entonces predominaban los moderados) y ser el espíritu crítico de la misma en lo que fuera necesario para no desviarse de los objetivos revolucionarios iniciales.

     En junio de 1791 el rey y su familia intentaron escapar de París, pero fueron rápidamente capturados; la verdad es que su plan de escape fue bastante… tonto, para decirlo de manera elegante: el rey y su esposa se vistieron con ropas bastante humildes y andrajosas, pero se escaparon en un carruaje fastuoso. Imposible no identificarlos enseguida. En fin.

   Los líderes moderados adujeron que el rey había sido víctima de una emboscada. Querían ser complacientes con el rey, ya que temían una reacción agresiva de los ejércitos extranjeros al acecho, que ya tenían tropas dentro del territorio francés, si la monarquía era abolida por completo (hasta acá, podría decirse que había una especie de “monarquía constitucional”). Entonces Danton sintió que su momento había llegado; sostenía que sólo estaban postergando algo inevitable. Para él, la monarquía había perdido todo sentido y significado y Luis XVI era un traidor. Era hora de que Francia fuera declarada como una república y se librara de la monarquía definitivamente.

    Las ideas de Danton al respecto resonaban favorablemente y su influencia crecía en forma constante. Al fin Danton fue nombrado oficialmente como segundo fiscal de la comuna de París, se rodeó de su gente en ese cargo y su llamado a instaurar una república creció y encontró eco rápidamente. Finalmente, Danton se hizo con el control de la comuna de París, que ya lo seguía, y junto con un contingente de sans-culottes llegados de Marsella pusieron fin a la protección de la familia real, levantando el bloqueo de los puentes que rodeaban a las Tullerías. Ahora los ciudadanos podrían marchar hacia el palacio.

     Y lo hicieron. El 10 de agosto la muchedumbre llegó al palacio; la guardia se dispersó, y la que no lo hizo fue masacrada por la horda. El rey huyó hacia la sala de reunión de la Asamblea Nacional y allí estuvo a salvo por poco tiempo. La gente se había manifestado, Danton se sintió respaldado y la Asamblea Nacional votó por el fin de la monarquía, despojando al rey de todas las facultades y protecciones que le quedaban. El rey y su esposa fueron trasladados a Temple, un priorato medieval, y encarcelados allí. Mientras tanto, Danton era nombrado ministro de justicia y se transformaba de hecho en el líder de la “nueva república” francesa.

     Ya en Temple, Luis XVI fue separado de su familia y se le informó que sería juzgado por traición en el mes de diciembre. Por entonces al rey ya se lo conocía como Luis Capeto (apellido del fundador de la monarquía francesa en el siglo X) y era considerado un plebeyo sin privilegios. Para colmo del –a esta altura– pobre Luis, se habían descubierto documentos guardados por el ahora ex-rey que confirmaban su conspiración con potencias extranjeras para combatir a la revolución, así que parecía más que seguro que lo sentenciarían a muerte.

     Y así fue, ya que fue condenado a morir en la guillotina, lo que se llevó a cabo la mañana del 21 de enero de 1792 en la Place de la Révolution (que hoy en día es la Place de la Concorde) ante una multitud. “¡Muero inocente, Francia! ¡Perdono a quienes me sentenciaron!” fueron sus últimas palabras. El verdugo levantó su cabeza (la del ex-rey) para que todos la vieran, la gente gritó “¡Vive la nation!”, y muchos se agolparon para manchar sus manos con la sangre derramada del ex-monarca y comprar algunos rizos de su pelo por algunas monedas. Las salvajadas humanas de siempre, digamos.

     Muerto el rey, la revolución parecía tener el camino despejado. Pero no tanto. Como líder de la revolución, Danton enfrentaba ahora dos problemas:

     El primero eran los ejércitos invasores que sin prisa pero sin pausa se acercaban a París. Los ejércitos de Prusia y Austria fueron los primeros en invadir Francia; ante esa amenaza el pueblo francés se convirtió en un ejército nacional “ad hoc” dispuesto a defender y a difundir el nuevo orden impuesto por “su” revolución. Era un “ejército” de millones de ciudadanos que Danton mismo había ayudado a crear, y eso torció las primeras batallas a su favor en cuestión de meses. Pero a partir de abril de 1792, Gran Bretaña, el Reino de Prusia y España formarían una coalición contra Francia, y la guerra se mantendría durante años. Luego de un inicio desfavorable, Francia terminaría derrotando a sus adversarios. Pero eso es otra historia.

     El segundo problema a enfrentar era la agresividad belicosa de los ciudadanos, que clamaban sangre y venganza contra la aristocracia, el clero y los enemigos del nuevo régimen (no hay caso: la gente que toma el poder inevitablemente empieza a parecerse a la gente que desaloja del mismo). Para frenar (más bien encauzar) la sed de venganza del pueblo, Danton estableció algo así como un “tribunal revolucionario” (otra cosa más que conocida a lo largo de la historia) para que hiciera justicia en forma expedita contra cualquier sospechoso de querer restaurar la monarquía. Como suele ocurrir, después empezaron a perseguir también a los “simpatizantes”, después a los que criticaban “algo” de la revolución, después… a cualquiera que dijera algo que a Danton o a su gente no le gustara. Lo de siempre. Este tribunal se ganó el bien merecido nombre de “el Terror”, y mandó a la guillotina a miles de sospechosos, muchas veces con cargos infundados.

     Poco después de la ejecución de Luis Capeto, Danton viajó a Bélgica para supervisar la batalla en aquel frente. Durante su estadía allí le informaron sobre la muerte de su esposa Gabrielle, tras un parto prematuro. Danton volvió enseguida a París sintiéndose culpable por no haber estado junto a su esposa en sus últimos días. Se sentía tan atormentado que fue hasta el cementerio, desenterró el ataúd y abrazó y besó el cadáver de su esposa entre llantos y gritos de dolor. Un romántico, Danton.

     Quizá afectado por la muerte de su esposa, quizá comprendiendo que la república necesitaba ingresar en otra etapa, Danton cambia la dirección de su mirada. Comienza a distanciarse del “Terror” y se distancia de los asuntos del Estado. Comprendió que ese terror que él había desencadenado era un desatino y que había llegado el momento de detenerlo. Pero esta vez su sentido de la oportunidad falló, porque el pueblo no adhirió inicialmente a su nuevo mensaje y esto llevó a sus enemigos a encontrar una oportunidad para deshacerse de él. En esos términos, Maximilien Robespierre, su rival más importante, advirtió el cambio de Danton y difundió el rumor de que Danton había perdido su fervor revolucionario y que ya no era confiable como líder. Su campaña dio resultado porque Danton no fue elegido como integrante del Comité de Seguridad Pública, el máximo cuerpo del gobierno. Tan mal le salió la estrategia para poner fin al “Terror” que en 1794 fue arrestado por traición y llevado ante el tribunal (o sea ante el mismo “Terror”, claro). Resultaba irónico que su destino dependiera ahora del mismo tribunal que él había instaurado. Los cargos en su contra eran muy poco sostenibles, pero Robespierre empujó la cosa lo suficiente como para que lo encontraran culpable y lo sentenciaran a muerte. Otro clásico de todas las revoluciones.

     Danton reclamó y se defendió, definiéndose a sí mismo como el creador y artífice de la Revolución Francesa, pero sus argumentos no convencieron al tribunal. “Me he matado a mí mismo”, concluyó amargamente. Mientras lo trasladaban a la Place de la Révolution para su ejecución, gritó a Robespierre, al costado del camino: “¡tú eres el próximo, me seguirás muy pronto!” Mientras subía los peldaños del cadalso, la multitud estaba en silencio. Danton vociferó al verdugo: “¡no olvides mostrarle al pueblo mi cabeza, bien vale una mirada!”     

    Una vez ejecutado Danton en abril de 1794, Maximilien Robespierre subió la apuesta y desató lo que sería llamado “el Gran Terror”.  Robespierre trató entonces de imponer su ideal de república democrática y virtuosa: “el terror, sin virtud, es desastroso; la virtud, sin terror, es impotente” era la base de su pensamiento. La propuesta republicana de Robespierre incluía los valores de la Ilustración (los mismos que sostenía Danton) y los desarrollaba en la práctica. Durante los meses siguientes, el tribunal revolucionario mandó a más de veinte mil personas a la guillotina. Pero la gente comenzó a hartarse de tanta sangre y se volvió contra Robespierre. A fines de julio del mismo año la Asamblea decidió su arresto y fue guillotinado, esta vez sin juicio. “¡Te ahogarás en la sangre de Danton!”, le gritaron varios miembros de la Asamblea (que no sabemos dónde estaban cuando ejecutaron a Danton).

     Días después de la ejecución de Robespierre, la Asamblea disolvió el tribunal revolucionario. La Asamblea empezó a buscar formas de recaudar dinero; tenía que solventar muchos gastos y había que agudizar el ingenio. Resolvieron desguazar el ostentoso carruaje de Luis XVI, el oro obtenido fue a parar a Hacienda y el cobre se destinó a fabricar cañones. El sistema administrativo fue centralizado en París y se estableció la igualdad de todos los ciudadanos franceses ante el pago de impuestos.

     El francés fue instituido como único idioma para la enseñanza, lo que a largo plazo llevó a la erradicación del flamenco, las lenguas romances del sur, el bretón, el vasco y el alemán.     

     El hecho político de mayor alcance histórico de la revolución fue la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”. Esta Declaración comprendía los derechos “morales” (derechos naturales inalienables) y los derechos “políticos”, necesarios para asegurarse de que pudieran preservarse los derechos morales y que generaban la aparición de un nuevo modelo de Estado, el “Estado de derecho”, democrático e igualitario.

    Los postulados iniciales y principales de la Revolución Francesa se fueron manchando con impurezas generadas por los mismos que los habían  instaurado. Y con sangre, también. Con mucha sangre. Suele pasar; de hecho, es lo que ha ocurrido en todas las revoluciones a lo largo de la historia. Quizá sea apropiado decir que una revolución ideal y consistente termina siendo una utopía, ya que todas ellas terminan siendo una buena declaración de principios implementada parcialmente, tanto en tiempo como en forma.

     Pero eso es otra historia.

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