La fisiología de los fantasmas

Los fantasmas son seres intangibles que nos visitan desde el más allá de ese tenue velo que separa a los vivos de los muertos. Nos hablan, a veces se dejan ver, son inasibles pero suelen ser “indispensables” como recurso literario. Grandes escritores, desde el Dante a Dickens, han recurrido a estos espíritus inquietos. ¿Quién no conoce al fantasma del rey danés que Shakespeare describe atormentado por las cavilaciones de su hijo sobre el ser y sus adyacencias? El bardo inglés utilizó a estos personajes del más allá a fin de restaurar el orden en el mundo de los vivos –aunque esa restauración no siempre suene a justicia o más parezca una venganza–.

Los fantasmas se convirtieron en esos “veloces dragones de la noche que hienden vertiginosamente las nubes y brillan lejos del heraldo de la aurora. Cuando despunta el amanecer los espíritus errabundos se refugian en tropel en los cementerios”. Así los describió Shakespeare.

Es fácil hacer desaparecer a los vivos, basta con enterrarlos, pero ¿Qué hacemos con los muertos que insisten en volver cada noche? A los fantasmas no se los puede matar porque están en nuestro interior, ellos son emociones deformadas condenadas a repetirse una y otra vez. Se han convertido en la prolongación de nuestras mentes, de hecho son una creencia inmemorial y arraigada en todas las culturas, a punto tal que cada civilización ha creado ofrendas, ritos y homenajes a los muertos para que sus espíritus no los hostiguen… y, sin embargo nadie ha conseguido una prueba fehaciente que demuestre la existencia de estos espíritus que habitan tenebrosos castillos o mansiones de ruidos “inexplicables”.

¿Por qué hay relatos de fantasmas en ciertos lugares donde aparecen con perseverancia?

Pues existe un número para definirlos: 18.98 hertzios o ciclos por segundo, porque los fantasmas son vibraciones y esas vibraciones producen ruidos inaudibles por la infrafrecuencia. 

Estas vibraciones infrasonoras hacen vibrar distintas estructuras del cuerpo como los ojos, produciendo imágenes o destellos.

Resulta que el globo ocular está lleno de una substancia gelatinosa llamada vitreo adherida fuertemente a las paredes oculares donde existe una prolongación del cerebro llamada retina que percibe las imágenes y las transporta por el nervio y la vía óptica hasta la corteza cerebral que se encarga de interpretarla. 

Cuando en un ambiente existen vibraciones infrasonoras inferiores a estos 18.98 hertzios, el vitreo vibra, se mueve y al hacerlo tironea de la retina produciendo sensaciones luminosas blanquecinas. El individuo que las percibe si tiene miedo, está ansioso o perturbado o presenta algunas patologías psiquiátricas (como intoxicación, depresión o esquizofrenia) interpreta que esos destellos son formas fantasmagóricas. De allí que la imagen de los fantasmas sea siempre blanquecina. Los bromistas han recurrido a vestir sábanas blancas para sorprender a algún incauto. 

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Estos mismos ruidos infrasonoros son responsables de hacer vibrar los huesos de los individuos haciéndolos percibir “una presencia”. Estos ruidos pueden ser producidos por vibraciones en la estructura del edificio, ruidos subterráneos, agua al pasar por tuberías, vibraciones el subterráneo, etc., etc. 

Hasta hay canciones con infrasonidos que no se perciben como sonidos, pero trasmiten una sensación de ansiedad, miedo o escalofríos (las canciones demoníacas del rock) .

Como si esto no fuese suficiente, nuestro cerebro es capaz de generar un fenómeno conocido como efecto ideomotor, un proceso psicológico que produce movimientos involuntarios. Esta sería la explicación del conocido Ouija donde los participantes deletrean los mensajes de un espíritu del más allá. ¿Es tan así? Pues es muy fácil demostrarlo porque si a los participantes del Ouija se les tapan los ojos, sus mensajes son incoherentes y las palabras ininteligibles (para más datos ver “Brain Games” en National Geographic).

Por último, en este recorrido iconoclástico de espíritus y fantasmas podemos señalar un fenómeno conocido como experiencia cercana a la muerte (o “Near-Death Experience”), la descripción de cómo es el retorno del más allá por aquellas personas que han sufrido una muerte clínica, el famoso “he visto la luz” que popularizará en nuestro medio el querido Víctor Sueiro.

Este túnel que perciben al volver es el retorno de la irrigación de la parte más posterior de la corteza cerebral occipital o corteza visual. Esta zona recibe doble circulación a través de una rama de la carótida y otra rama de la vertebral. De hecho, es la primera zona que se recupera después de este retorno del otro lado de la laguna Estigia. Por tal razón es que “ven el túnel” porque lo primero en recuperarse es la parte central de la visión, túnel que se va ampliando a medida que la circulación cerebral vuelve a la normalidad.

La visualización de seres queridos o de eventos particulares de la vida que suele acompañar está vuelta a la vida, también se debe a la reorganización de la memoria en forma aleatoria, razón por la que “recuerdan” situaciones que no necesariamente tienen relación entre sí o rememoran procesos o caras que creían olvidadas. 

Casi el 80% de la población mundial cree en alguna forma de religión que trasciende la vida en este valle de lágrimas. Así que si creen en la vida después de la muerte a creer en espíritus hay un solo paso. Casi el 50% de los norteamericanos creen en los fantasmas y el 18% dice haber visto uno. Si crecimos escuchando historias de fantasmas, si nuestros padres nos han leído historias de duendes y hechiceros, de ultratumba y magia negra, es extraño que no todos crean en fantasmas, porque a ellos los llevamos dentro

“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostros que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo entre los mortales tienen el valor de los irrecuperable y de lo azaroso”

J. Luis Borges – El Aleph

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Esta nota también fue publicada en Perfil

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