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sábado, noviembre 26, 2022

Los médicos de Buenos Aires y sus hospitales

Los primeros médicos que conoció Buenos Aires fueron los que acompañaron a don Pedro de Mendoza en su fallida fundación de esta ciudad portuaria. Ni don Hernando de Zamora, ni el práctico Sebastián de León, ni el italiano Blastestanova, pudieron remediar los males del Adelantado. Menos aún pudo asistirlo Rodrigo de Cepeda y Ahumada a pesar de ser hermano de la mismísima Santa Teresa de Jesús. Ninguno de ellos encontró al Guayaco, el árbol mi- lagroso, el palo santo, la panacea que habría de curar al Adelantado de su peste napolitana, francesa o portuguesa (tal como la llamaban entonces los españoles a la sífilis, echándoles la culpa de este mal vergonzoso a sus vecinos).

Hostigados por los salvajes, el hambre y las fieras, el Adelantado y lo que quedaba de su expedición, se dirigieron a Sancti Spiritu, ciudad fundada años antes (27 de febrero de 1527) por Sebastián Caboto, que había traído en su expedición a sus cirujanos Pedro de Mesa, Hernández Alcázar y Fernando Molina. Ellos fueron los primeros profesionales del arte de curar que posaron sus pies en nuestro país y que ejercieron en estas tierras su oficio.

Cansado de tanto infortunio y agravada su enfermedad, con “llagas en la mano que no lo dejaban firmar”, don Pedro de Mendoza decidió volver a España, aunque ni eso pudo, ya que murió cerca de las islas Canarias el 23 de junio de 1537. Su cuerpo fue entregado al mar y la ciudad de los aires benignos, olvidada como una pesadilla de hambrunas, pestes y muertes inútiles.

Junto a Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el Adelantado caminador, que en ocho años recorrió más de dieciséis mil kilómetros, llegó a estas tierras el médico italiano Biagio de Testanova, al que se suma- ría posteriormente un tal Nicolás Fiorentín. Ambos se instalaron en la lujuriosa Asunción, llamada entonces la ciudad de Mahoma por la escandalosa convivencia poligámica de españoles e indias. Don Álvar Núñez, a pesar de no haber estudiado, se había convertido en un cirujano experto, forzado por las circunstancias a aprender el oficio después de curar heridas de guerra, llagas infectadas y huesos rotos en grescas y accidentes. En su obra, Los naufragios, abundan historias de curaciones en las que siempre intervenía la invocación divina además de su pericia empírica. Pero ni las invocaciones al Santo Dios y a todos sus santos sirvieron para salvar a Álvar Núñez de las intrigas en esa ciudad de perdición. Así, terminó en España tachonado de cadenas y grilletes, y con causas legales que amarga- ron sus últimos años en este valle de lágrimas.

Fundada una vez más Buenos Aires por don Juan de Garay, se destinó un predio en la nueva aldea para instalar un hospital que habría de llamarse como el patrono de la ciudad, San Martín de Tours y de ubicarse en la actual manzana de 25 de Mayo y Corrien- tes. Este proyecto nunca se concretó porque, justamente, faltaba quien lo atendiera. El mismo padre Guillermo Furlong lo afirma: “Nació pues la ciudad de Buenos Aires sin tener médico, boticario, ni cura, trinidad infaltable en todo pueblo”.

El primero en instalarse en la aldea que decía ser médico fue el portugués Manuel Álvarez, aunque algunos sostienen que ya andaba por estos lares un tal Pedro Díaz, quien no debió haberla pasado nada bien ya que Antonio López, uno de los primeros habitantes de la nueva Buenos Aires, fue condenado por herirlo fieramente. Qui- zás haya sido este el primer litigio por praxis médica en estas tierras que no se resolvió por los intrincados caminos de las leyes, sino por vía directa de los puños.

Manuel Álvarez tuvo más suerte (o quizás más conocimientos) y, el 31 de enero de 1605, firmó un contrato con el Cabildo, en el cual dicha institución se comprometía a pagarle 400 pesos en frutos de la tierra a cambio de sus servicios. Sin embargo, era tan miserable la aldea que, escasos meses después, el pobre maese Álvarez reclamaba los honorarios que no le habían sido abonados aún. Al año, debió renunciar, cansado de tantas demandas insatisfechas. Le cabe al maese Álvarez ser el primer médico de Buenos Aires en recibir un paga dios como honorarios por sus servicios. Muchos más engrosaríamos esta lista que hoy parece no tener fin.

A lo largo del mismo 1605, se instaló en Buenos Aires otro médico, el portugués Juan Fernández de Fonseca, y al año siguiente otro de la misma nacionalidad. Esta proliferación de galenos lusitanos obedecía a la simple razón de que, por esos tiempos, los inqui- sidores portugueses lusitanos visitaban las colonias del Brasil. No es extraño suponer que muchos cristianos nuevos hayan buscado otros horizontes para no sufrir viejos tormentos eclesiásticos.

Corresponde a un tal Miranda el honor de figurar en el primer recibo por honorarios médicos otorgado en Buenos Aires. Consta que el galeno asistió a doña María del Bracamonte, viuda del gobernador Valdez y de la Banda, aunque no se especifica la suerte de doña María, que no debió haber sido tan funesta ya que, al menos, saldó sus deudas.

En 1608, apareció don Francisco Bernardo Xijón, el primer médico español con título hábil y reconocido. Comienza con el Dr. Xijón un problema que hostigará por largos años la práctica de la medicina nacional: la legitimidad de los diplomas que certifiquen esta condición. Como cinco galenos para este villorrio era un exceso, el Dr. Xijón solicitó que el Cabildo les exigiera a los demás médicos (o supuestos médicos) que mostraran sus títulos habili- tantes. Mutis por el foro, silencio en la noche. Los galenos truchos recogieron sus petates y, de la noche a la mañana, nada más se supo de ellos. Don Xijón quedó como único prestador en toda la ciudad, pero no por mucho tiempo ya que, acompañando a don Ortíz del Zárate, llegó a estas orillas el italiano Lorenzo de Menaglioto. Este decía ser médico, al igual que el cirujano portugués Juan Escalera de la Cruz, quien arribó junto al nuevo gobernador, don Diego Marín de Negrón, a fines de 1609.

El Dr. Xijón, envalentonado por su exitoso reclamo, exigió una vez más la exhibición de títulos a los recién llegados. El Ca- bildo le dio largas al asunto pero, ante la insistencia de Xijón (por lo visto, era un tipo perseverante), se procedió a reclamar la pre- sentación de sus habilitaciones. Para entonces, el espectro político había cambiado y la cosa era más complicada ya que cada uno de los médicos cuestionados estaba apadrinado por las nuevas au- toridades. El tema se politizó y Xijón debió soportar nueva com- petencia, con el holandés Nicolás Xaque y el barbero y cirujano Andrés Navarro y Sampaio.

En 1624, el Dr. Xijón fue nombrado mayordomo del Hospital San Martín de Tours, aunque la escasez de enfermos le permitía ejercer la profesión en su hogar de la calle La Merced (actualmente Reconquista). Cabe aclarar que la manzana adjudicada por Garay para convertirse en hospital había sido trasladada a las actuales ca- lles Balcarce y México. Permítaseme una digresión pero, como este es un libro de hospitales, vale recordar que la palabra deriva del latín hospes, que significa huésped o visita, y que su derivado, la palabra hospitalaria, quiere decir casa para visitas foráneas. En el caso que nos compete, en el primitivo Buenos Aires, resulta un término correctísimo ya que, entonces, eran todos extranjeros en tierra americana.

El nosocomio (del griego: cuidar y enfermedad) hacía las ve- ces de asilo de inválidos. Respetando las leyes de Indias, contaba además con un cuadro para dementes. Pasados los años, los padres bethlemitas se hicieron cargo del hospital y, como primera medida, le cambiaron el nombre de San Martín de Tours por el de Santa Catalina. Un santo francés (1) había sido remplazado por una italiana, una variación con implicancias políticas ya que Francia, periódica- mente, se trenzaba en alguna guerra contra España, mientras que el Imperio se extendía a tierras napolitanas.

Para 1630, ya eran varios los médicos que vivían en Buenos Aires y pocos los recaudos que se tomaban para confirmar su condición, a pesar de los periódicos reclamos del Dr. Xijón, que ya tenía cansados a los honorables miembros del Cabildo con tanta litigiosidad. Muerto el Dr. Xijón, el vizcaíno Alonso Garro de Aréchaga tomó la antorcha de la legitimidad aunque, para ese entonces, las falsificaciones de los títulos estaban a la orden del día. Don Garro propuso a los cabil- dantes que lo importante era demostrar la idoneidad del profesional. “¿Cómo?”, preguntaron los legisladores. “Pues, hombre: ¡con un examen!”, contestó Garro.“¿Y quién sería el examinador?”, interrogaron los cabildantes. “Pues ¿quién otro que Alonso Garro de Aréchaga?”.

De esta forma fue como el Dr. Garro se autoproclamó pri- mer examinador del Río de la Plata. Secundado por el médi- co Francisco Navarro, escudriñaron los conocimientos de Pe- dro de Silva y de Antonio Pasarán. Este último fue admitido como médico, mientras que de Silva fue reprobado. No quedó consignado en documento alguno que haya habido repechaje.

Corría el año 1660 y, vale aclarar, que la vida de los primeros gale- nos no era nada fácil –por eso, de pueblo chico, infierno grande. Cual- quier suspicacia en la calidad de prestación repercutía sobre el prestigio del médico. Un error de diagnóstico, un comentario poco feliz o una cirugía accidentada eran sinónimo de sepulcro profesional. Además, a falta de boticarios, eran los mismos médicos quienes debían proveer los remedios, circunstancia que limitaba su capacidad terapéutica.

Para hacer las cosas más difíciles, cada barco a la vista era una promesa de epidemia. El morbo colérico, la disentería (llamada cá- mara negra) y las diarreas de todo tipo azotaban periódicamente a la aldea con su luctuoso saldo de muertos, a los que insistían en enterrar dentro o cerca de las iglesias con el consiguiente aumento del contagio y diseminación de la enfermedad. Los que sobrevivían a la expresión de sus intestinos, en cualquier momento, podían ser víctimas de la viruela. En esos tiempos, esta última era cosa seria, aunque no tanto para los españoles, que contaban con algún anti- cuerpo, como para los aborígenes que morían como moscas ante el avance del virus. De hecho, esta involuntaria guerra bacteriológica fue, en parte, la causa del éxito de la conquista española ya que la viruela fue responsable de la desaparición de pueblos enteros.

Otra enfermedad que se malquistaba con los porteños era el garrotillo o difteria que, hasta el siglo xx, continuó diezmando a la población más menuda. De todas maneras, poco podían hacer nuestros primitivos galenos con la mayoría de las enfermedades, solo cronoterapia y rezos, especialmente, cuando una peste se cer- nía sobre la población. En ese caso, se recurría a rogativas, proce- siones y novenarios para pedir por la salud perdida y por el alma de los nuevos difuntos.

El maese Juan Escalera de la Cruz, aquel que acompañó al go- bernador Negrón, describió con gran preocupación que los primitivos habitantes de la ciudad-puerto sufrían de calentura (así llamaba a la tuberculosis), de calentura pútrida (apelativo de tifus) y llagas infecciosas o sifilíticas. La lepra también se encontraba entre las enfer- medades más temidas, por eso de la maldición bíblica; la llamaban el mal de San Lázaro y aquellos que la padecían eran remitidos a Lima, donde existía un lazareto para su cuidado o, mejor dicho, para su reclusión. Es oportuno aclarar que la lepra siempre fue sobrediagnosti- cada ya que cualquier enfermedad crónica de la piel, como psoriasis, vitíligo y lupus, podía ser confundida con esta. No era este un tema menor ya que la psoriasis complica al tres por ciento de la población.

Sin embargo, la peste que se llevaba más almas al cielo, al in- fierno o al purgatorio era, sin dudas, la viruela. Esta asoló a la ciu- dad en 1605 y volvió a hacerlo en 1615, 1621, 1627, 1687, 1700, 1710, 1715, 1727, 1769, 1774, 1792, 1794, etc., etc. En esta última oportunidad, justamente, fue cuando Mariano Moreno contrajo la enfermedad que le dejó las cicatrices en su rostro(2). Para los varones, esto no era demasiado grave pero, para una doncella casamentera, era un verdadero drama. En cambio, el esclavo que lucía marcas de viruela era sinónimo de buena salud y, por lo tanto, buen negocio, porque esta enfermedad no se repite.

La tuberculosis no podía estar ausente en este villorrio portuario. El procurador Pedro Vicente Cañete comentó que los familia- res, al hacer uso de las pertenencias del difunto, continuaban con la propagación de la enfermedad. Para evitar esta diseminación, Cañete propuso que, a la muerte de un tuberculoso, se quemasen todos sus bienes; cosa a la que sus deudos, obviamente, se opusieron. Esta ley –como tantas otras– quedó en el olvido.

Poco se podía hacer entonces ante tanta plaga más que comba- tirla con plegarias y dádivas a los santos milagreros. Curiosamente, existía una especialización entre los santos que precedió a las espe- cialidades médicas. San Roque, por ejemplo, protegía de las enferme- dades infecciosas y del ataque de perros; Santa Lucía era la patrona de la vista; San Pantaleón era el protector del dolor de cabeza, por haber sido decapitado; San Cosme y San Damián eran los patronos de los cirujanos (oficio que ellos mismos habían ejercido); San Sebas- tián era el protector de la peste, por las saetas que lo atravesaron, y San Lorenzo se dedicaba al dolor de espalda, por haber sido colocada esa parte de su anatomía sobre una parrilla. En caso de que el santo invocado no cumpliese con su tarea protectora, por esas razones ines- crutables de la voluntad divina, se procedía a aislar al paciente o a enviarlo a hospitales o lazaretos de donde, por lo general, no retornaba.

Con la llegada del Protomedicato, promovido por el Dr. Miguel O’Gorman, y con la fundación de la Universidad de Buenos Aires y su Escuela de Medicina, comenzó la organización sanitaria y científica de la ciudad y del país.

Ricardo Gutiérrez (médico y poeta), el Dr. Pedro de Elizalde, el Dr. Francisco J. Muñíz, el Dr. Cosme Argerich, el Dr. Ignacio Pirovano y tantos otros crearon escuelas de conocimiento que, a veces, por esos intrincados caminos de los celos profesionales, dan lugar a antagonismos que son solo la expresión del orgullo de pertenecer a tal o cual escuela y que se traducen en vehementes duelos científicos que otorgan color anecdótico a nuestra especialidad. ¿Qué profe- sional no se ha ufanado de pertenecer al Clínicas o al Durand? ¿Al Fernández, al Santa Lucía o al Lagleyze? Solo por nombrar algunos de nuestros hospitales, en los que hemos desarrollado con orgullo nuestra carrera.

(1) San Martín de Tours no era francés, sino que había nacido en la actual Hungría, pero su vida apostólica la hizo en Francia; de allí, la confusión.

(2) Quizás por estas cicatrices era Moreno llamado el Robespierre criollo, porque don Maximiliano, el incorruptible, también había sido picado de viruela.

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