Lola Mora: Rompió los moldes, cruzó el océano y esculpió en mármol desnudos emblemáticos que fueron resistidos

Perdida en los laberintos de su desmemoria, Lola Mora muere casi olvidada el 7 de junio de 1936. Su último gesto fue reconciliarse con su marido, Luis Hernández Otero, 17 años más joven. Ese matrimonio, desparejo, infeliz e ingrato, fue otro de los desafíos a los cánones de la sociedad con los que Dolores Candelaria Mora Vega de Hernández (solo una obra en el cementerio de la Recoleta lleva su apellido de casada) sorprendía a sus contemporáneos. Lo había hecho con sus desnudos arrancados del mármol, lo había hecho con sus declaraciones (“lamento profundamente que el espíritu de cierta gente, la impureza y el sensualismo hayan primado sobre el placer estético de contemplar un desnudo humano, la más maravillosa arquitectura que hay podido crear Dios”), lo hizo desafiando el papel deslucido reservado a las mujeres, más cuando, como en su caso, habían cruzado océanos para educarse.

Atrás había quedado su infancia salteña (aunque su corazón fuese tucumano), la muerte precoz de sus padres, sus dibujos bajo la guía del pintor italiano Santiago Falucci (1856-1922), que habían plasmado en carbonilla los retratos de los gobernadores tucumanos y por fin el ansiado viaje a Roma, donde su maestro Giulio Monteverde (1837-1917) le revelaría cómo descubrir los secretos al mármol, cómo buscar las formas de las arcillas y el bruñido de los bronces.

La Fuente de las Nereidas, de Lola Mora, iba a emplazarse en la Plaza Mayo, pero la ubicaron originalmente en la Avenida Alem y Perón; luego fue trasladada a la Costanera

Dolores sabía que dar forma y cuerpo a la piedra o al metal es un arte caro y sensible que sirve para construir historias, esas que necesitaban las naciones en ciernes como estas tierras americanas que aún temblaban por la lucha eterna entre la civilización y la barbarie. Se convirtió en la hacedora de los mitos nacionales. Resucita la imagen de Alberdi en Tucumán, en los bajorrelieve de la Casa de la Independencia muestra a un anacrónico Julio Argentino Roca (su benefactor y ¿amante?), presente ese 9 de julio de 1816 junto a Laprida, Paso, Gorriti y los demás declarantes, un homenaje que pasa desapercibido para muchos, pero que es su reconocimiento al hombre que la asistió a convertirse en artista. Honró también a otro tucumano ilustre, el Dr. Nicolás Avellaneda, al que estaba unido por lazos de amistad.

Dieciocho años vivió Dolores en Roma donde se codeó con princesas y aristócratas, escritores como Edmondo De Amicis y Gabriele D´Annunzio –que la evocaban con su melena despeinada trepada a los enormes bloques de Carrara vestida con bombachas de campo–. Lola era parte viva de esa vorágine social de la Roma de la preguerra, el centro del arte europeo, la meca de los artistas que abrevaban en su historia la inspiración de sus obras. La guerra y la infidelidad de su esposo la obligaron a volver a Buenos Aires.

Ya no tiene el favor de los poderosos y sufrió el desplante de un grupo de pacatos que se horrorizaron por sus desnudos y arremetieron contra la que sería su obra maestra, Las Nereidas, el nacimiento de Venus. “Yo no he cruzado el océano con el objeto de ofender el pudor de mi pueblo”, declaró abrumada al saber que esta obra destinada a emplazarse en la Plaza de Mayo, el corazón de Buenos Aires, terminaría en el Paseo de Julio (hoy Leandro L. Alem). Aún allí arreciaron las críticas por la desnuda armonía de sus protagonistas y la fuente de las ninfas del mar finalizó su periplo de vergüenzas en un paseo cercano al río.

Su estrella declina, tanto desafío tiene su precio y ya no está Roca para apoyarla. La propuesta de erigir un monumento a la bandera se diluye en trámites burocráticos y en las aguas del Paraná. Su monumento a Aristóbulo del Valle es declarado inapropiado para este prócer y solo nos queda de su obra un “eco” que escucha el rugido de los leones en el zoológico porteño en lugar de evocar la elocuencia del tribuno.

Las obras que el gobierno había comprado para dar jerarquía estética al Congreso terminaron dispersas por el país como las semillas llevadas por el viento. “La justicia”, “El comercio”, “La paz” y “La libertad” son emplazadas en Jujuy, muy lejos de su destino original, rechazados por una burguesía desaforadamente hipócrita y prejuiciosa que quería dar clases de estética, justamente a ella, que había rechazado ofertas de trabajo en Europa, en Australia y Rusia para regalarle su arte a los argentinos.

Dolores se va apagando, parece que a nadie le interesa su obra, su pasión de bronces y mármol. Se dedica a la geología, a buscar petróleo en Salta, empresa en la que deja su fortuna y su razón. Vuelve a Buenos Aires extraviada en sus olvidos asistida por sus sobrinas que imploran un reconocimiento final para Lola Mora, la primera escultora de estas tierras. El Congreso de la Nación, el mismo que rechazó su obra y menospreció su arte, le otorga como limosna una pensión miserable que nunca llegaría a cobrar. Como última afrenta a su memoria, la familia quema sus cartas que fue como quemar su vida.

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Esta nota también fue publicada en La Nación

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