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lunes, octubre 3, 2022

Cubriéndose de gloria

Un tres de febrero un mulato correntino salvó la vida de un teniente coronel nacido en la misma provincia pero educado en la madre patria como un oficial del rey. Fue un episodio minúsculo en las guerras libertarias, un enfrentamiento que desalentó la incursiones de los españoles parapetados en la fidelísima Montevideo, donde esperaban una expedición de varios miles de soldados de  la metrópolis dispuestos a escarmentar a estos criollos que osaban sublevarse al mandato de su majestad.

El combate de San Lorenzo, a pesar de sus reducidas dimensiones (120 granaderos contra 250 godos), adquirió un valor simbólico en la formación de la argentinidad: el bautismo de fuego de los bizarros granaderos, destinados a convertirse en tropa de elite de los ejércitos patrios, comandado por su creador, herido mientras peleaba al frente de sus tropas y rescatado a último momento por el “soldado heroico”, cuya entrega será exaltada en todos los actos escolares de nuestra infancia. “Honor, honor al gran Cabral”.

Curiosamente se eligió la figura de este joven que portaba el apellido del amo de su madre, que era soldado y fue ascendido a sargento en forma póstuma, y del que poco se dice que era mulato, cuando escasas horas después de concluido el combate muere el segundo al mando de los granaderos, el capitán Justo Germán Bermúdez. Este oriental oriundo de Maldonado había servido bajo el mando de Artigas en Las Piedras (gloriosa acción que mereció figurar en nuestro himno) y posteriormente a las órdenes de Rondeau. Pidió ser incorporado a las tropas porteñas y así llegó a formar parte de este cuerpo de granaderos. En San Lorenzo, San Martín lo puso al mando del flanco izquierdo y ante la forzada inactividad de su jefe, se encargó de empujar a los godos hasta las barrancas  del Paraná. “Y la voz del gran jefe, a la carga ordenó”.

En esta tarea lo acompañó el teniente Manuel Díaz Vélez (miembro de una destacada familia patricia) y el sargento Domingo Porteau.

Bermúdez fue herido por una bala de cañón que le destrozó la pierna, dejándolo fuera de combate. El joven Díaz Vélez cayó por la barranca, siendo herido por balas enemigas pero tomado prisionero por los españoles. El sargento Porteau murió al pie de la barranca.

Díaz Vélez fue intercambiado por prisioneros paraguayos y atendido por el Dr. Francisco Cosme Argerich. Dada la gravedad de las heridas fue conducido a Buenos Aires, donde falleció a causa de estas el 20 de mayo de 1813.

Bermúdez fue conducido al convento donde el Dr. Argerich se vio obligado a amputarle la pierna. Incapaz de tolerar una vida de lisiado, Bermúdez se abrió los vendajes y se dejó morir.

De estos jóvenes soldados que dieron su vida por la causa que defendían , se guarda un borroso recuerdo, eclipsada su gesta por la defensa que tanto Cabral como Baigorria hicieron  de su jefe. “Y así salvó su arrojo, la libertad naciente de medio continente”.

Bermúdez y Díaz Vélez son los artífices de la victoria, los hombres que tomaron el mando y terminaron de cumplir las disposiciones de su comandante… pero ellos no tuvieron la suerte de ser cantados por poetas ni su gesta evocada en marchas patrióticas, “haciéndose inmortal”.

La historia solo trasciende los claustros académicos de mano de las artes, cuando el personaje tiene la suerte de adquirir dimensiones épicas, sin que esta elección haga justicia o necesariamente respete la exactitud de los hechos.

“Dulce es morir por la patria”, cantaban los romanos y muchas marchas patrióticas de las naciones emancipadas evocan este sacrificios aunque omitan nombres y circunstancias. Cabral se convirtió en un mito nacional, suerte que no compartieron los otros 17 camaradas que fallecieron en acción ,cumpliendo así  con la consigna que Vicente López y Planes evoca en su marcha patriótica y que pocas semanas más tarde, en el mes de mayo, San Martín escucharia  en silencio,en la tertulia de doña Mariquita Sánchez de Thompshon pensando en estos hombres que honraron el uniforme y su compromiso con la patria naciente.

“Y nuestros granaderos, aliados de la gloria, inscriben en la historia su página mejor”

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