Ituzaingó y la guerra de las desobediencias

El emperador Pedro I de Brasil a pesar de haber prometido una monarquía parlamentaria a sus súbditos, dictó una constitución autocrática que creó recelos y conflictos en distintas partes del Imperio. Gracias al accionar del almirante Cochrane y su flota de marinos ingleses, Pedro pudo contener el desmembramiento del Brasil. Por esta razón, cuando estalló la rebelión en la Banda Oriental, Pedro no dudó ni un instante en declarar la guerra a las Provincias Unidas como una forma de aglutinar al imperio  frente a la amenaza de un enemigo exterior.

Por su lado, las Provincias Unidas habían rechazado el ofrecimiento de Bolívar de intervenir en el conflicto con Brasil y también descartado la propuesta del presidente Sucre para que Bolivia se aliase con Buenos Aires a fin de reclamar al Imperio los departamentos de Moxos y Chiquitos. Sin este apoyo, tanto las Provincias Unidas como la Banda Oriental se obligaban a enfrentar a un poderoso enemigo sin contar con la asistencia regional. Para hacer más sombrío el panorama debía sumarse los limitados recursos del país después de una prolongada guerra de independencia, además de los conflictos entre las provincias que veían con recelo las políticas de Rivadavia.

La inacción de Martín Rodríguez como jefe de las tropas nacionales, forzaron su desplazamiento por la controvertida figura del general Carlos María de Alvear como comandante del Ejército Expedicionario. Éste no contaba con la simpatía de sus subordinados, sea por su discutido paso por el Directorio, su controvertida actuación durante la toma de Montevideo o el tiempo que anduvo maloneando junto a Carrera antes de que éste fuese fusilado.

Sus primeras decisiones también fueron controvertidas, en vez de expulsar a los brasileños que aún eran dueños de Montevideo y Colonia, Alvear prefirió llevar al ejército a terreno enemigo, aunque su retaguardia estuviese amenazada.

La relación con Juan Antonio Lavalleja, jefe de los orientales y segundo al mando del ejército, fue tensa desde un comienzo. La ejecución sumaria de algunos soldados orientales acusados de deserción, no asistió a convertir a Alvear en un dirigente muy popular entre sus tropas.

Los conflictos con los oficiales argentinos también se sucedieron, el coronel Escalada, cuñado de San Martín, se rehusó a servir bajo sus órdenes; fue reemplazado por Pacheco con quien no demoraron en aparecer roces. También hubo una disputa con Juan Lavalle (circunstancia que no llama la atención ya que a lo largo de su carrera mantuvo relaciones conflictivas  con San Martín, Bolívar, Sucre, etc., etc.) a quien amenazó con enviar de vuelta a Buenos Aires.

El ejército avanzó siguiendo el margen occidental del Río Negro con la intención de penetrar territorio brasilero y allí dar batalla. Para completar este esquema “aventurado”, la campaña se inició en verano con un clima tórrido, sin conocer el terreno y con falta de armamento adecuado.

Pronto la impericia de Alvear se hizo evidente a los ojos de los oficiales que habían pasado los últimos 10 o 15 años de su vida en campaña peleando contra godos, ingleses, indios o entre ellos …

El coronel Brandsen, un oficial francés que había servido bajo las órdenes de Napoleón, anotó en su diario que a todos los días recibía quejas de sus camaradas. Mansilla decía que su jefe “no sabe marchar, ni acampar, ni prever nada…”. Y, sin embargo, “con nadie consulta más que con su voluntad y capricho”.

También el general Soler plasmó su recelo, “La disciplina se sacude por la base”.

Cuando el ejército expedicionario llegó a Bagé, las tropas se dedicaron al saqueo ante la inacción de Alvear y la protesta de muchos oficiales.

Sin embargo, los oficiales argentinos y orientales habían decidido apoyar a Alvear a pesar de la “decidida repugnancia” que le inspiraba (la expresión es de Brandsen) porque sabían que un ejército sin mando en un país enemigo estaba destinado a su destrucción. Este acuerdo por poco llega a su fin cuando, a mediados de febrero, Alvear dio la estricta orden de abandonar los equipos de repuesto, incluidas las cureñas de los cañones. Todos quedaron con lo puesto pues “si vencían no necesitarían  lo tirado y si perdían todo quedaría en manos enemigas”. Era una forma de quemar las naves …

El encuentro definitivo tuvo lugar en Ituzaingó (aunque para los brasileños se llama la batalla de Río Santa María).

Alvear simuló una falsa retirada con el enemigo a la vista, pero en el camino cruzó una zona pantanosa poco apta para una carga de caballería. Por esta razón debieron hacer una contramarcha que sorprendió a las tropas Marqués de Barbacena (vale aclarar que Pedro I, quien marchaba con este ejército, debió volver a Río ante la inesperada muerte de su esposa).

La caballería republicana avanzó sobre el flanco izquierdo de los brasileros, compuesta por voluntarios inexpertos que se desbandaron. En el centro formaban los 2000 mercenarios alemanes quienes conformaban el núcleo del ejército imperial.

Alvear le ordenó a Brandsen cargar frontalmente contra estas tropas, pero en su camino existía un barranco que hacía peligrar la maniobra. Cargar allí era un suicidio y así se lo manifestó Brandsen a Alvear. Éste, visiblemente ofuscado se dirigió a su subordinado y le dijo: “Cuando usted recibía las órdenes de Napoleón, no le discutía”. Brandsen decidió cumplir con su misión y murió en el enfrentamiento.

El general Paz dirá en sus memorias “el desgraciado coronel Brandsen fue sacrificado inútilmente por el Alvear. Varios oficiales increparon al general en esta inútil pérdida”.

Lavalle y Paz, sin esperar las órdenes de su superior, cargaron contra los imperiales quienes huyeron del campo de batalla, sin ser perseguidos por Alvear. Así se desaprovechó la oportunidad de destruir a un enemigo desarticulado y poner fin a la contienda.

Ituzaingó fue una victoria en el campo de batalla, pero insuficiente para ganar la guerra ya que, como dijo Iriarte, “la República venciendo, quedaba examine”, pero el Imperio podía continuar la guerra.

La información sobre las bajas varió de acuerdo a las fuentes, mientras Alvear refiere haber ultimado a 500 brasileros, éstos sostenían haber sufrido sólo 170 bajas. Eso sí, hubo centenares de prisioneros (varios mercenarios) y se capturaron cañones y una imprenta, donde se encontró una marcha que pasó a llamarse de Ituzaingó. Esta se convirtió en la marcha presidencial argentina, aunque no se la ejecuta ante un mandatario brasilero.

 Alvear optó por retroceder hasta Cerro Largo donde el ejército pasó el invierno, esperando la evolución de las tratativas y la llamada campaña de las Misiones Orientales iniciada por Fructuoso Rivera.

La precipitada renuncia de Rivadavia forzó la dimisión de Alvear. Lavalleja quedó al mando de un ejército desmoralizado…

Las victorias en el campo de batalla se convirtieron en derrotas diplomáticas.

El criterio británico de evitar el dominio de la costa Atlántica por Brasil y las Provincias Unidas se impuso con la creación de la República Oriental del Uruguay. El descontento entre los oficiales argentinos se tradujo en la revolución decembrista, el fusilamiento del gobernador Dorrego, la derrota de los gobernadores federales y el comienzo de las guerras civiles argentinas.

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