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martes, diciembre 6, 2022

La novela, de ayer a hoy

La novela (que no tenía título originalmente y le fue asignado años después) cuenta la historia del príncipe Genji en 54 capítulos que relatan su vida amorosa, las intrigas dentro del poder imperial y la vida de su hijo y su nieto.

En el siglo XII, el monje galés Godfried de Monmouth escribió una obra (“Historia Regum Britanniae”) que sirvió de inspiración a muchos autores que comenzaron a escribir relatos novelados. En el siglo XIII se escribían historias sobre sir Lancelot, las cruzadas y el santo grial. En el siglo XIV se destacan algunas novelas-cuentos (Bocaccio, Chaucer) y Dante Alighieri escribe la Divina Comedia, aunque sería publicada recién el siglo siguiente; en el siglo XV, al término de la Edad Media, aparecen las novelas románticas y de caballeros. En el siglo XVI aparece la imprenta y eso produce un cambio notable en la distribución y comercialización de las novelas, que evolucionan rápidamente con la aparición de muchas y variadas historias; llegan la novela pastoril desarrollada en ambientes rústicos y la novela picaresca, con temas innovadores para la época. En la transición hacia el siglo XVII comienza a aparecer la llamada “novela moderna”; una de las obras representativas de esta época es, por supuesto, “Don Quijote de la Mancha”, de Miguel de Cervantes, que estaba estructurada en episodios. A fines del siglo XVII aparecen las novelas que contenían escándalos sin censura y las novelas epistolares. En el siglo XVIII aparece la novela gótica, originada en Inglaterra. En el siglo XIX llega el género del realismo y se destacan las novelas dramáticas y románticas. Ya aparecen escritores que conocemos bien y se leen mucho (Dostoievski, Víctor Hugo, Alexandre Dumas, etc); aparecen también (y alcanzan un éxito inmediato) las novelas históricas, las de ciencia ficción y las policiales o detectivescas. En el siglo XX se producen muchos cambios: aparecen las novelas cortas y llegan la novela negra, el realismo mágico y la novela filosófica o “humanista”.

Hay novelas predominantemente “comerciales” y otras más “literarias”; hay “best-sellers” y novelas “de culto”. Hay de todo en cantidad y en calidad, y ambos tipos no son excluyentes.

De acuerdo a la veracidad de los hechos que relatan, las novelas pueden ser consideradas como novelas de ficción (ficticias) o novelas basadas en hechos reales. Tanto unas como otras pueden tener a su vez determinado “género” adosado (ficción-romántico, real-épico y otras variadas combinaciones);  en fin, todas las combinaciones imaginables.

 La cantidad de variantes es enorme. Estas variantes son las que constituyen, finalmente, los así llamados “géneros”. Sin buscar desmenuzar cada uno de ellos (que son muchísimos), haremos una brevísima descripción de los más destacados y conocidos. Además, una novela puede combinar más de un género.

La novela realista se caracteriza por reflejar la realidad de las circunstancias cotidianas y diversos eventos sociales. No suele estar basada en hechos reales aunque sí puede mezclarlos con la ficción; en estas novelas se destaca la mirada objetiva del autor para describir y exponer la realidad de un determinado momento. “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert, es un ejemplo de este género, con una veta romántica.

En la novela epistolar la historia se cuenta a través de documentos (usualmente cartas, diarios personales, mensajes) escritos por los personajes. “Drácula”, de Bram Stocker, es el ejemplo paradigmático; “La caja negra”, de Amos Oz, es una novela actual extraordinaria en este género.

En la novela histórica se describen hechos pasados (alejados en el tiempo, no recientes) históricamente importantes. La novela puede tener elementos de ficción, pero las referencias históricas son mayoritarias y absolutamente veraces. “Yo, Claudio”, de Robert Graves, “Guerra y paz”, de Leon Tolstoi, son dos ejemplos.

En la novela autobiográfica, el autor decide relatar y compartir la historia de su vida o los eventos de la misma que tiene interés en divulgar, abriendo su intimidad al lector. Otra variante se da cuando la novela es escrita por alguien a quien la persona que quiere relatar sus memorias le encarga esa tarea, proporcionándole el material a escribir. “A propósito de nada”, de Woody Allen, o “Steve Jobs”, escrita por Walter Isaacson, son ejemplos de ambos casos.

 Las novelas de ciencia-ficción muestran un mundo diferente al que conocemos y en el que vivimos, ya sea hipotético o desconocido. Suelen hablar de viajes espaciales, alienígenas, vida en otros mundos, evolución humana, robots humanoides, el fin del mundo, etc. “La guerra de los mundos”, de H.G.Wells, o “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury, son ejemplos de este género.

La novela distópica tiene una frontera muy delgada con la anteriormente nombrada. Suele ambientarse en un futuro más o menos lejano en el que existen sociedades tecnológicamente diferentes, que tanto ocultan como ponen en evidencia problemáticas diferentes a las que solemos vivir. Dos buenos ejemplos son “1984”, de George Orwell, y “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley. A su manera, “Utopía”, la célebre novela de Tomás Moro, entra en este grupo, aunque sea más bien “u-tópica”.

La novela fantástica (o “de fantasía”) transcurre en mundos imaginarios, pero el tema central aquí es la magia, los poderes especiales, los hechizos, etc, habitualmemnte en poder de personajes como magos o hechiceros, o de objetos como anillos, piedras, etc. “El señor de los Anillos”, de J.R.Tolkien, y “Las crónicas de Narnia”, de C.S.Lewis, son ejemplos de este género.

 Las novelas de realismo mágico mezclan o alternan todo el tiempo realidad con fantasía, de forma tal que la historia no puede prescindir de ninguno de los dos elementos y que ambos deben ser cabalmente comprendidos y enlazados por el lector. “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, “Stone Junction”, de Jim Dodge (más actual), son buenos ejemplos.

 La novela filosófica es aquella en la que el autor despliega sus propios pensamientos filosóficos a través de alguno o algunos de los personajes, constituyéndose la base filosófica apuntada en un pilar argumental. “La rebelión de Atlas”, “El manantial”, ambas de Ayn Rand, “Crimen y castigo”, de Fiodor Dostoievski, son notables ejemplos de este género.

 En las novelas policiales (o detectivescas) los protagonistas suelen ser miembros o ex-miembros de la policía o colaboradores de la misma, por ejemplo un detective o investigador privado. Agatha Christie y Arthur Conan Doyle son los autores referentes de este género.

En la novela negra también suele haber delitos por resolver, pero suelen ser delitos más relacionados con “lo humano” (no un robo o una estafa, por ejemplo) y el relato, sin dejar de basarse en una buena trama, describe mucho el pensamiento de los criminales y los investigadores, sus problemas personales, sus miserias. Dashiell Hammet (“Cosecha roja”) y Raymond Chandler (“El sueño eterno”) son referentes y creadores de este género, pero en la actualidad hay muchísimos autores vigentes de gran calidad (Michael Connelly, Jø Nesbo, Lee Child, Pierre Lemaitre, Hening Mankell, John Connolly y muchos más).

Las novelas de suspenso o misterio también suelen centrarse en resolver un crimen pero, a diferencia de las novelas policiales, los personajes que se encuentran frente al crimen y deben resolverlo no suelen ser  miembros de la policía sino personas “comunes”, desde un niño hasta un cura o un escritor retirado. Es el caso de “las personas comunes que se enfrentan a una situación fuera de lo común”. “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, “El psicoanalista”, de John Katzenbach, son un par de ejemplos, pero hay miles.

 Las novelas de terror narran historias oscuras, terroríficas, de miedo. Buenos referentes son Stephen King (experto en el terror en todas sus variantes –psicológico, misterioso, sobrenatural, etc–) y H.P.Lovecraft, en cuyas novelas predomina el terror cósmico.

En las novelas góticas hay elementos misteriosos, sobrenaturales y de terror. Son una mezcla de las novelas fantásticas, las de terror y las de misterio; tratan temas oscuros la muerte, el destino, las tragedias inevitables. “El monje”, de Matthew G. Lewis, es el paradigma de este género, y en los tiempos actuales, la tetralogía de Carlos Ruiz Zafón que se inicia con “La sombra del viento” es una excelente muestra.

Las novelas de aventuras narran historias en las cuales los personajes  viajan por distintos lugares enfrentando obstáculos, conflictos y peligros; aparecen la lealtad, la venganza, la resiliencia, la recompensa, el heroísmo. Los personajes son habitualmente valientes, ingeniosos, audaces, heroicos. Robinson Crusoe”, de Daniel Defoe, “La isla del tesoro”, de Robert L. Stevenson, “El conde de Montecristo”, de Alexandre Dumas, son ejemplos enormes, pero hay muchos.

 La novela romántica desarrolla una historia de amor. La trama suele contener muchas descripciones sobre los sentimientos y las emociones de los protagonistas, en contextos en los que suelen tener que superar situaciones y personajes adversos a su historia amorosa. “Los puentes de Madison”, de Robert James Walle, “El amor en los tiempos de cólera”, de Gabriel García Márquez, son dos ejemplos.

Hay otros géneros que también vale mencionar: la novela picaresca (“Lazarillo de Tormes”, “Satiricón”), la novela alegórica o simbólica (“Rebelión en la granja”, “El señor de las moscas”), la novela satírica, la novela de crecimiento (“El guardián entre el centeno” “David Copperfield”), la antigua novela caballeresca, la novela periodística (“A sangre fría”, “Operación masacre”).

Finalmente, hay varias formas de literatura que a pesar de poder ser consideradas novela, no encajan del todo con ninguno de los conceptos mencionados. La novela ergótica es un buen ejemplo. El lector tiene que superar constantemente en su lectura obstáculos de todo tipo. La extraordinaria novela “La casa de hojas”, de Mark Danielewski, es un gran ejemplo. Y el mismo autor es bastante claro al respecto en la primera página: “Esto no es para ti”, dice. Habitualmente a estas novelas se las abandona antes de las 50 páginas o se las termina de leer quedando el lector deslumbrado.

En definitiva, lo que es importante es aceptar que las novelas no tienen por qué subordinarse a los géneros; de hecho, es al revés…

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