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jueves, agosto 18, 2022

La tercera ola

Un solo virus se multiplica en forma exponencial en solo horas, y cuando lo hace, comete “errores” en la transmisión de sus genes. A estos errores los llamamos mutaciones. Estas mutaciones son aleatorias. Es como cuando escribimos un texto, cuanto más largo sea, más probable es que se cometan errores ortográficos (una b en lugar de una v, una y en lugar de una i). A veces esos errores pasan desapercibidos, otras veces el error no tiene sentido, pero otras veces cambia el sentido de la oración. Lo mismo pasa con las mutaciones. A veces la mutación no cambia las paredes del virus (que son las que dan adherencia y especificidad en el órgano al que atacan), y otras veces induce cambios estructurales tan significativos, que el virus se comporta como algo completamente distinto a la variante anterior. Esta puede darle más facilidad para sortear las defensas del huésped.

Los seres atacados por el virus se defienden a través de dos tipos de efectores, la llamada inmunidad humoral (las inmunoglobulinas),y la inmunidad mediada por células que reconocen al elemento extraño y lo intentan neutralizar. Este “reconocimiento” se realiza por un sistema de “llaves y cerraduras”. Si esta llave entra en tal cerradura, el sistema inmune reconoce el virus y lo aniquila. Por esta razón el virus debe variar la capa proteica que lo recubre y burlar así al sistema inmunológico – al menos por un tiempo – hasta que este adecúe a sus “soldados” para reconocer y matar al invasor.

Lo que debe entenderse es que cada vez que un virus se reproduce hace millones de copias de sí mismo, y entre esas copias se producen miles de errores de transmisión que crean las nuevas cepas. De estas, solo aquellas que son capaces de burlar al sistema inmune sobrevivirán, llevando sus genes “al infinito y más allá”. Muchas mutaciones podrán generar variables del virus que sean inocuas y así pasar desapercibidas …pero su existencia implica un peligro latente porque este “inocente” coronavirus tiene capacidad de mutar a formas menos inocentes o francamente patológicas. Y este destino final, es azaroso. Einstein decía que Dios no juega a los dados y puede ser que sea así con los protones, electrones y neutrones, pero en el terreno de la biología organizó una lotería …

Para que uno entienda las proporciones de esta capacidad de producir mutaciones viene al caso citar lo que pasó (y continúa ocurriendo) con el adenovirus que produce la llamada conjuntivitis virósica. Antes de mediados del siglo XX, eran pocos los casos de conjuntivitis por este virus, pero una variable se hizo más contagiosa y a partir de la década del 70 se convirtió en la conjuntivitis más frecuente. En ese entonces se conocían 6 o 7 variables, hoy hay más de 350 de las cuales 150 son patógenas. Desde entonces, todos los años hemos sido testigos de distintas formas clínicas de conjuntivitis que pueden ser más o menos agresivas, más o menos “espectaculares”, desde conjuntivitis leves que son apenas un enrojecimiento, a formas clínicas manifiestas, con edema palpebral e inyección conjuntival y manifestaciones sistémicas. ¿Por qué el coronavirus haría algo distinto?

¿Qué es lo que esto significa? Que nos espera un largo camino de mutaciones del virus, con distintas expresiones de su agresividad. Algunas cepas pasan desapercibidas porque hasta pueden no tener manifestaciones clínicas, pero otras, como la que acaba de aparecer en el sur de África, pueden ser más contagiosas y hasta burlar la inmunidad otorgada por las vacunas. Durante la aparición de la variable Delta hubo más de 125.000 casos de COVID entre la población ya vacunada en EEUU. Lo que sí hay que saber, es que en estos casos la sintomatología fue menor. Por ahora el COVID continúa su evolución y así lo hará de acá en más .

¡Aquí no hay Game Over! Humanidad 1, virus 0. El partido se sigue jugando y se seguirá jugando por los próximos años (históricamente las epidemias de gripe han durado dos a tres años, hasta que la inmunidad de rebaño convierta a esta afección en “una gripe más”).

En 1918 la gripe española mató entre 50 a 100 millones de personas. Esa misma gripe, pocos años más tarde, era una enfermedad “banal”, que mataba gente, pero no en las proporciones que lo hizo durante los años de guerra. La gran diferencia con la pandemia del COVID es que entonces los gobiernos mantuvieron oculta la evolución de la epidemia. En esta oportunidad, por miedo al colapso del sistema de salud, hay una información casi morbosa del minuto a minuto que crea miedo y ansiedad en una parte de la población.

La gripe española y otras variables posteriores, como la de Hong Kong, evolucionaron en tres picos, siendo la segunda ola la que dejó más muertos. Estamos ahora presenciando la aparición de la tercera ola (como el libro de Alvin Toffler) que probablemente llegue a estas orillas durante el próximo verano. A esta tercera ola debemos agregar el hecho que Argentina sufrió una cuarentena que sumergió al país en una crisis económica, cuyas secuelas estamos presenciando en estos momentos y que prometen reagravarse en las próximas semanas.

En el libro de Alvin Toffler, se habla de como sería la sociedad con el fin de la era industrial y el proceso de globalización. El autor considera a este fenómeno como una “evolución cultural” y no como una “conspiración de poderosos”.

¿Acaso el virus fue creado por los chinos para imponer un nuevo orden mundial? ¿Acaso los laboratorios no quieren “imponer” la vacunación obligatoria? ¿Acaso los gobiernos no quieren imponer un “pasaporte sanitario” para restringir y controlar la actividad de sus habitantes? ¿No están forzando una digitalización a nivel mundial, a una tiranía cibernética donde todo se hace a través de computadores, redes y sistemas que nos envuelven en una telaraña digital Mientras las corporaciones ganan fortunas? Mientras se debe destacar la rapidez con la que la humanidad desarrolló los test y vacunas para contener la epidemia, muchos consideran que esta pandemia ha ocasionado un retroceso en los derechos individuales, un sometimiento de grupos a los que obligan a ceder sus libertades en aras de la salud pública de la sociedad, estableciendo una especie de biocracia donde se gobierna en aras de los valores biológicos y sanitarios, que se consideran superiores a los derechos y la voluntad de los individuos. La gran pregunta es si estas restricciones no generarán reacciones violentas en aquellos que se crean afectados.

La opción de elegir la hipótesis conspirativa se relaciona con un principio metodológico propuesto por un sacerdote inglés (William Ockham 1280-1349), quien sostenía que las teorías más simples y de fácil entendimiento (es decir que no necesitan muchos conocimientos técnicos) tienen más probabilidad de ser la opción más aceptada y difundida, ante propuestas más complejas (aunque estas últimas cuenten con más pruebas a su favor). Este concepto se lo conoce como la Navaja de Ockham, que nos inclina a pensar en una propuesta conspirativa.

Lo cierto es que no nos liberaremos tan fácilmente de este control sanitario, y aún debemos sufrir otra ola de infecciones (en nuestro caso asociado a una caótica situación económica, en parte derivada de una desacertada política sanitaria).

Nos esperan más incertidumbre con más restricciones de los derechos individuales, con más obligaciones burocráticas, asociadas a un relato persistente y pormenorizado de la evolución de esta enfermedad, una situación inédita en la historia de la humanidad, una experiencia sociológica cuyas consecuencias aún no podemos entrever, porque, como decía Alvin Toffler, “el futuro siempre llega demasiado rápido y en el orden incorrecto”.

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