Juan María Gutiérrez, inspirador olvidado de la Constitución

El 26 de febrero de 1878, Juan María Gutiérrez falleció súbitamente en su hogar mientras le escribía una carta a su amigo Juan Bautista Alberdi, narrándole los preparativos para la repatriación de los restos del general San Martín (curiosamente, Gutiérrez moría en vísperas de un nuevo onomástico del Libertador). Durante su sepelio en el cementerio de la Recoleta, el escritor uruguayo Enrique Rodó lo describió como “el estudioso desinteresado de una generación de combatientes y tribunos” . Se refería a la llamada Generación del 37 de la cual Gutiérrez fue miembro y, a su vez, estudioso y analista

Sus padres, eran españoles liberales, que inculcaron en Juan María estos principios desde temprana edad. Comenzó los estudios de ingeniería y aunque no completó su formación, sus conocimientos le permitieron emplearse en el Departamento Topográfico mientras cursaba la carrera de Derecho. Se graduó de doctor en jurisprudencia con una disertación sobre “Los tres poderes públicos”.

A su vez, Gutiérrez compartía con Alberdi y Echeverría un interés por la literatura, especialmente por el movimiento romántico europeo, un vínculo de unión entre todos los miembros de dicha generación.

El salón literario de Marcos Sastre fue el lugar de cita obligada de los miembros de dicha generación. Este cenáculo fue inaugurado en 1837 con un discurso del mismo Gutiérrez donde hizo manifiesto su antiespañolismo y exaltó el espíritu independiente tanto cultural como político de la nueva Argentina. “Y en menos nos tenía que a bestia dócil, la altanera España”.

Era este Salón el sitio de reunión de estos jóvenes imbuidos del espíritu de mayo y la ideas del romanticismo, conformando “una comunidad de emociones”.

Cuando Rosas ascendió al gobierno con la suma del Poder Público, los miembros de la generación del 37 expresaron su desagrado y oposición a la gestión del Restaurador. Muchos de ellos, como Cané, Thompson, los hermanos Varela y Alberdi, optaron por el camino del exilio, mientras Gutiérrez continuó trabajando en el Departamento Topográfico y hasta mantuvo una amable relación con Pedro de Angelis, la pluma defensora del rosismo.

Juan María mantenía contactos con sus amigos exiliados en Montevideo aunque esta comunicación estuviese prohibida. Gracias a la aceitada máquina de espías y soplones al servicio del rosismo, este vínculo fue descubierto y Gutiérrez apresado. Por estas cartas Juan María debió pasar cuatro meses cautivo en Santos Lugares.

Una vez liberado, decidió seguir el camino de sus amigos y se estableció en Montevideo donde se dedicó a la literatura, su gran pasión. El 25 de mayo de 1841 recibió el primer premio por su poema “Canto a Mayo” dedicada a esos próceres que “dejaron la fama que no perece, como esa luz que anochece y vuelve con más esplendor”.

Junto a Esteban Echeverría, fundó “La Asociación de Mayo”, bajo la consigna “Mayo, Progreso y Democracia”.

Con Alberdi, se fueron a Italia burlando los controles de las autoridades de la ciudad bloqueada, la Troya del Plata cantada por Alejandro Dumas.

Gracias al vínculo que los unía con Garibaldi, Alberdi y Gutiérrez se relacionaron con los discípulos de Mazzini. Esta interacción intelectual fomento el credo libertario de los amigos.

En 1842, Gutiérrez viajó a Río de Janeiro donde residían Mármol, Acuña de Figueroa y Juan Carlos Gómez. De allí pasó a Chile donde Vicente Fidel López dirigía “La revista de Valparaíso”, en ese medio publicó poemas y artículos que acrecentaron su prestigio entre los intelectuales chilenos. Gracias al ministro Manuel Montt, que también protegía a Sarmiento, Gutiérrez pudo dedicarse a la docencia en la Escuela Naval. En ese tiempo recopiló la obra poética de 53 autores de once países latinoamericanos en su obra “América Poética”, una tarea monumental para la época. Viajó por Perú y Ecuador, siempre atento a los escritos de jóvenes autores.

Tras la caída de Rosas y doce años de ausencia, volvió a Buenos Aires. Apenas a siete días de su retorno, el gobernador interino Vicente López y Planes, quien lo conocía desde la infancia, lo nombró ministro de gobierno. En los dos meses que estuvo en ese puesto, organizó el Departamento Topográfico y creó la Cátedra de Estadísticas en la Universidad, subordinó las casas de caridad al Ministerio de Educación y defendió el Acuerdo de San Nicolás. En 1852 fue elegido diputado para el Congreso Constituyente de Santa Fe. Gutiérrez fue, sin dudas, quien mejor supo interpretar el texto de Alberdi. Junto a José Benjamín Gorostiaga dio forma a nuestra Constitución. Por tal razón, Gutiérrez es el ideólogo olvidado de esta gesta legislativa.

Fue canciller de Urquiza, gestor del Pacto de Flores, y promotor del reconocimiento de nuestra independencia por España, cuya tarea encomendó a Alberdi. A pesar de sus múltiples tareas, Gutiérrez continuó con su trabajo cultural ya que era un hombre de letras y jamás dejó su actividad como crítico literario.

El presidente Mitre lo nombró rector de la Universidad de Buenos Aires, cargo que sostuvo durante 12 años. Además de crear nuevas cátedras y carreras, desplegó el nuevo plan de enseñanza propuesto por Alberdi.

Por una antigua dolencia cardiológica, Gutiérrez se alejó del rectorado aunque estaba consagrado como la máxima autoridad pedagógica del país. Así lo entendió Aristóbulo del Valle quien en su carácter de Ministro de Educación lo nombró jefe del Departamento de Escuelas.

A lo largo de estos años, se dedicó a escribir las biografías de distintos próceres, especialmente de San Martín, en cuya repatriación de sus gloriosos restos trabajaba a instancias del presidente Avellaneda. Estaba abocado a esa tarea, además de su incansable misión de recopilar la obra literaria de sus coetáneos, cuando protagonizó un episodio inédito en la cultura argentina: Gutiérrez rechazó el diploma de miembro correspondiente a la Academia Española de la Lengua. Esta reacción fue un eco lejano de sus criterios anti españolistas que no solo se extendía a una autonomía espiritual de América sino también a una emancipación lingüística.

Poco después de su fallecimiento la Legislatura dispuso la erección de una estatua en su memoria que aún no ha dejado de ser una buena intención sin concreción. Tampoco se ha publicado su inmensa obra completa aunque en mayo de 1952, el Senado haya presentado un proyecto de ley a tal fin.

Como podrán ver, la figura de Gutiérrez no solo ha sido olvidada sino menospreciada.

El mismo Gutiérrez bien sabía de esta ingratitud que lo mantiene alejado del bronce y las inmortalidad que otorga la obra impresa.

“Porque las obras humanas

crecen entre espinas

O truécanse luego en rimas

que desbaratan los vientos”

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Esta nota fue publicada en Los Andes

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