La Navidad, sus árboles y otras minucias

     La traducción-adaptación cristiana de este conjunto de mitos deja aflorar la memoria del paganismo, y lo hace introduciendo otra lógica en los elementos paganos. En buen cristiano (valga el juego de palabras), adaptamos de la manera que más nos gusta lo que “viene de antes”.

     Veamos algunas leyendas/mitos sobre los árboles navideños…

     El culto a los árboles estaba bien desarrollado en Occidente antes del cristianismo. En la sociedad celta, el culto al pino era trascendente. Un episodio de san Martín (el santo) rememora que el impetuoso Martín acababa de destruir un templo pagano (san Martín, obispo de Tours, fue hecho santo por eso, por combatir a los paganos) y cuando quiso derribar un pino consagrado a una divinidad celta local, los paganos se opusieron diciéndole: “si tienes confianza en tu dios, ponte debajo del árbol mientras nosotros lo derribamos”. Martín aceptó el reto y fue atado al pino, del lado hacia donde el mismo estaba inclinado. La leyenda dice que cuando el pino empezó a caer Martín hizo la señal de la cruz y el árbol giró y cayó sobre el otro lado. Y casi aplasta a varios paganos, de paso.

     Con no poca habilidad, los textos cristianos explican así cómo la “fuerza mágica” atribuida al árbol por los paganos es superada por la omnipotencia del Dios cristiano. En fin.

     En Inglaterra, el espino blanco (árbol de la familia de las rosáceas, más parecido a un arbusto que a un árbol) es considerado el antepasado del árbol de Navidad. La leyenda (cristiana) dice que José de Arimatea, quien había recogido el cuerpo de Cristo después de la crucifixión, habría viajado a Glastonbury (luego lugar mítico de la época del rey Arturo). Largo viaje, José (¿qué habrá ido a hacer ahí? ¿tendría parientes? ¿consiguió un tour barato?). El asunto es que cuando el bueno de José apoyó su báculo en el suelo, surgió de inmediato un espino blanco en flor. La leyenda dice que el espino blanco florece siempre antes de Navidad, y hasta el siglo XVI los ingleses ofrecían como regalo de Navidad una rama de espino blanco de Glastonbury, que supuestamente descendía del báculo de José. Así evitaban andar gastando mucho en regalos, también.

     Otra leyenda del espino blanco dice que en el siglo VII, un peregrino que pasaba por Evron (Mayenne, Francia) y se acostó a descansar. Traía de Tierra Santa una reliquia de la Virgen, y colgó el relicario en un arbusto (adivinen cuál: sí, un espino blanco). Durante el sueño, el espino blanco creció desmesuradamente y el relicario quedó suspendido tan alto que el peregrino no pudo recuperarlo. Se ve que no era muy hábil trepando árboles. A raíz de ese milagro, el lugar fue especialmente dispuesto para honrar a la Virgen, y allí está emplazada la iglesia de Evron. Exactamente lo mismo parece que ocurrió en Varangéville (Francia), y allí se construyó la iglesia de san Gorgano.

     Tomar al pie de la letra estas leyendas parece ingenuo, pero la mitología cristiana ha tomado de la cultura pagana elementos que han servido para acercar la religión cristiana al paganismo. Si uno quiere ganar adeptos, siempre es mejor eso que las Cruzadas contra los musulmanes o los exterminios contra los impíos.

     Y así es con todo, claro. Por ejemplo, Santa Claus y sus antecesores (san Nicolás, Sinterklaas) provienen de la encarnación bonachona del “hombre salvaje”, una figura mítica, un hechicero proveniente del “otro mundo” para distribuir presentes a los hombres en el invierno, asunto relacionado a su vez con el mito de la “caza salvaje” (la leyenda de “mesnie Hellequin”).

     La cena navideña tiene su origen en la “comida de las hadas”, un festín que originalmente se organizaba en honor a las Parcas (las que controlaban el “hilo de la vida”) que llegaban en ese momento del año; en la mitología celta las agasajadas eran Satia –saciedad– y Abundia –abundancia–; he aquí otra leyenda de origen celta adaptada a la idiosincracia cristiana.

     Y así podríamos seguir… pero mejor vayamos a la mesa, no sea cosa que nos ganen de mano con el vitel toné y no nos dejen nada.

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