Mirar atrás, buscar en la historia de las personas, grandes o pequeñas, pero que trascendieron a la posteridad, es valorar su respuesta ante los hechos, su reacción ante la adversidad.
De aquí podremos rescatar una circunstancia, una frase, un ejemplo que nos guíe cuando ese momento nos llegue.
En la vida de Renoir, podemos encontrar esos momentos en que, a pesar de sus males, demostró un espíritu invencible y nos regaló cuadros de colores brillantes y bordes esfumados, como si el mundo se viese a través de un velo… O mejor dicho, sin anteojos. Por que Renoir era miope.

Así lo sugiere el hecho de que no usara anteojos para ver de cerca y su costumbre de acercarse a los cuadros para colocar sutiles pinceladas preanunciando el puntillismo. Su hijo Jean, el cineasta, lo recuerda revisando el detalle de sus obras sin usar corrección alguna.
Trevor Roper relata esta anécdota de Renoir, cuando visita a un oftalmólogo y éste le prueba un cristal para compensar su miopía. Pasmado por la claridad de lo que veía, exclamó
“Mon Dieu, je vois comme Bouguereau“

Bougereau era un pintor neoclásico que pintaba con precisión fotográfica sus cuadros sobre temas mitológicos. Como estos personajes solían llevar cascos, parecidos a los que, a la sazón, usaban los bomberos de París, se los pasó a llamar despectivamente “Pompier” – bomberos-. De más está decir, que Renoir jamás uso anteojos y siguió pintando el mundo a través de sus ojos sin interposición de lentes que alterasen su percepción.
Pero Renoir, además, padeció otra enfermedad que, a pesar de ser demoledora e invalidante, jamás se reflejó en los cuadros y poco afectó su actividad. Renoir padeció una artritis reumática. Ésta, progresivamente, deformó sus manos y sus pies hasta limitarlo a una silla de ruedas y obligarlo a trabajar con los pince les atados a las manos. Una serie de Carlos Alonso, llamada “El Viejo Pintor” ilustra los años de invalidez de Renoir. En otra serie (L.E.S.), retrata a quien fuese su maestro, Lino Eneas Spilimbergo, víctima del mismo mal, con los pinceles atados a sus manos tullidas.



Como hemos dicho, esto no limitó a Renoir. Él siempre buscó un remedio a sus males. Baños termales. Calor. Analgésicos. Ejercicios. Todo lo que le comentaban que podía mejorarlo, lo hacía.
Siguiendo los consejos de sus médicos, se trasladó del frío y húmedo París, al mediodía francés. Sus cuadros brillaron con la luz del sol que todo lo invadía.
En 1880 se rompió su brazo derecho en un accidente de bicicleta, pero se sobre puso con el pasar de los días. En 1897 tuvo otro accidente y nuevamente se fracturó el brazo derecho, quedando impedido para moverlo. Pero esto no fue un obstáculo. Con ese optimismo que no lo abandonaba aprendió a pintar con la mano izquierda. “Me gusta mi trabajo con la mano izquierda”, decía a sus amigos. “Es muy divertido y mis cuadros son mejores que si los hubiese hecho con mi mano derecha. Es bueno haberme roto el brazo. Me hace progresar”.
Sus colegas, Pisarro y Monet, se asombraban de estos progresos, pero también miraban entristecidos el inexorable deterioro de su estado general, que le hizo perder peso hasta llegar a los cincuenta kilos. Pero Renoir continuaba pintando, con la fuerza y la alegría que transmitía su pintura. Necesitaba ayuda para movilizarse, para cambiar los pinceles y mezclar los colores. Pero Renoir se guía pintando. En 1912 tuvo un accidente cerebro vascular. Se recuperó y siguió pintando. En sus últimos años, los dolores articulares lo obligaban a permanecer en su habitación por semanas. Pero Renoir se guía pintando. Le preguntaron cómo hacía para trabajar a pesar de sus molestias. “El dolor se va, la belleza queda”, respondió. El último cuadro lo terminó un día antes de su muerte, a los setenta y ocho años.

Cada vez que veamos una de las 6000 obras que pintó, no sólo veremos sus colores, el esfumado de sus bordes, la delicadeza de sus mujeres. Veremos al hombre que se sobre puso a la adversidad, con una sonrisa melancólica en los labios y un pincel atado a su mano.


MIOPÍA
Para muchos es sinónimo de anteojos o de cualquier afección ocular que obliga a su corrección con lentes. El término miopía, viene del griego y quiere decir “entre cerrar los ojos”, mecanismo que utilizan aquellos que la padecen, para enfocar los objetos con más precisión al achicar el espacio por donde entra la luz y de esta forma concentrar los rayos sobre la retina. El miope, generalmente tiene un globo ocular más grande. Por lo tanto, los rayos de luz se enfocan por delante de la retina. En ciertos casos, el globo ocular puede seguir creciendo más allá de los veinticinco años (momento en que usualmente se frena la miopía). Estos casos, generalmente con miopías que sobre pasan las 10 dioptrías y donde el ojo mide más de 27mm de largo, son llamadas miopías patológicas y suelen tener más complicaciones que las de menor graduación con más posibilidades de padecer catarata, glaucoma, desprendimiento de retina y maculopatía. Todas estas afecciones son tratables hoy.
La gente suele pensar que el uso de anteojos o lentes de con tac to y aun la cirugía evitan los problemas biológicos y las complicaciones propias de la miopía. Con las correcciones ópticas o con la cirugía sólo corregimos el defecto de enfoque. Por eso, requieren controles periódicos para valorar su aumento y las complicaciones que pudieran padecer.
Los miopes, al ver mejor de cerca, al llegar a los cuarenta o cuarenta y cinco años cuando se instala la presbicia, a diferencia de los no miopes, necesitan sacarse los anteojos para leer. Una característica del ojo miope es que percibe mejor la gama del rojo por tener éste menor longitud de onda y, por lo tanto, ser mejor enfocado en un ojo más largo. Esto explicaría la fascinación por el rojo en el arte oriental donde la incidencia de miopía compromete a más del 50 % de la población, y entre nuestros impresionistas miopes.
En caso de ser operado de miopía, cuando tiene cuarenta o más años, el miope deberá comprender que, al igual que sus compañeros generacionales, deberá usar anteojos de lectura.










