Reino Unido vs. España, la guerra por una oreja

No era cualquier oreja la que inició esta contienda, también conocida como la Guerra del Asiento, entre el Reino Unido y el Imperio Español. Esta oreja pertenecía a un tal Robert Jenkins (†1745), un contrabandista de poca monta cuya nave, “Rebecca”, fue abordada por un guardacosta español en mares que pertenecían a España. El capitán Juan León Fandiño después de constatar el delito, le cortó la oreja al tal Jenkins y arrojándosela con furia le espectó: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. Después de confiscar todos los bienes contrabandeados, Fandiño dejó irse a Jenkins con su oreja cercenada. Corrían los primeros días del mes de febrero del año 1731…

Quizás todo hubiese terminado allí, con un contrabandista con un pabellón auditivo de menos, pero el tal Jenkins con su oreja (¿era su oreja?) conservada en alcohol, se presentó ante las distintas autoridades británicas quejándose del ultraje. Hombre perseverante resultó ser de este Jenkins porque después de 7 años de contar su historia por distintas oficinas de reales burócratas, por fin fue recibido por los miembros de la Cámara de los Comunes que escucharon con fingido horror el vejamen sufrido por el contrabandista y la insultante afrenta al monarca. ¡No, señor! Esto no podía quedar así, clamaron los comunes, dispuestos a limpiar el honor de la corona y hacerle la vida más difícil al primer ministro Robert Walpole.

Resulta que Walpole no quería tomar medidas contra el Imperio Español después del Tratado de Asiento de Negros firmado en 1713 donde se le concedía a Gran Bretaña por un lapso de 30 años, el monopolio del tráfico de esclavos en las colonias de ultramar. El Tratado había sido una concesión a Inglaterra por su participación en la guerra de Sucesión Española (1701-1713).

La oportunidad fue aprovechada por el stablishment británico y a tal fin fue creada una empresa, la Sociedad del Mar del Sur, dispuesta a lucrar a expensas de este Tratado que abría una infinidad de posibilidades comerciales y, especialmente, la esclavitud. La codicia se encargó de hipertrofiar las expectativas creando una burbuja financiera donde las acciones aumentaron de peniques a libras en forma exponencial. Pero como toda burbuja, estalló y las acciones terminaron en valores cercanos a nada.

Volviendo a la oreja del Sr. Jenkins, los miembros de la Cámara de los Comunes, opositores al ministro Walpole, empujaron al Reino Unido a una guerra contra España, aunque los ingleses bien sabían que sus súbditos se extralimitaban con los derechos otorgados y lo de Jenkins había sido solo una ínfima fracción de las mercaderías que los ingleses introducían subrepticiamente en las colonias hispanas o las naves españolas que los británicos ataban como filibusteros.

La cantidad de barcos capturados sigue siendo motivo de disputa, algunos historiadores hablan de 231 buques españoles abordados, contra 331 barcos británicos requisados.

El mismo Walpole intentaba mantener una cordial relación con España porque ambas actuaban como aliadas en la Guerra de Sucesión de Polonia, pero la oposición exaltó tanto la amputación del pabellón auricular del Sr. Jenkins que Walpone debió ceder y Jorge II declaró la guerra al Imperio.

Los ingleses sacaron la peor parte de este enfrentamiento, aunque hayan tratado de disfrazar la derrota en el contexto de la leyenda negra española a fin de justificar sus actos de piratería cómo loables reivindicaciones. Al parecer los españoles contaban con espías en la corte británica, razón por la cual pudieron anticiparse a algunas de sus maniobras. Fue así como el almirante español Blas de Lezo (1689-1741) derrotó a Edward Vernon (1684-1757) en Cartagena de las Indias, que en la oportunidad contaba con el apoyo de colonos norteamericanos dirigidos por el hermano de George Washington (quien llamaría a su propiedad Mount Vernon en honor al comandante inglés). La derrota fue tan humillante que Jorge II ordenó retirar toda mención de este fracaso de los registros oficiales.

Blas de Lezo pasó a la historia bajo el nombre de Medio Hombre porque sirviendo a su rey había perdido un ojo, un brazo y una pierna.

Mientras esto acontecía, en el Caribe, Lord Anson (1697-1762) asolaba Acapulco con tan poca fortuna como la de Vernon. De 8 naves con 2.000 hombres con las que inició la campaña, solo volvieron 145 combatientes en un solo buque.

La guerra llegó a su fin con la forma del Tratado de Aquisgrán (1748), aunque apenas secada la firma ambas naciones buscaron una excusa para comenzar una nueva contienda, sin necesidad de una oreja.

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