La obstinada repetición de la historia

Estamos en vísperas de destrucción (We are on the eve of destruction), cantaba Bob Dylan allá por los sesenta cuando la amenaza de una guerra nuclear impregnada los helados vientos de la Guerra Fría.

El presidente de los Estados Unidos parece cantar la misma canción, mientras el Papa pontifica que la Tercera Guerra Mundial ha comenzado. Los líderes europeos disfrutan del calor del verano boreal mientras piensan como será el frío de un invierno sin el gas de los rusos (ya este conflicto se planteó en Italia). Corea del Norte ya dijo de qué lado juega y apunta sus misiles al mar del Japón, mientras China hace alarde de su paciencia oriental. Desde lo alto de su posición mira al mundo como un tablero de ajedrez. Y todos los ajedrecistas saben que cuando su contrincante se equivoca solo hay que dejarlo que siga por la misma senda…

Estados Unidos, después de la escandalosa derrota en Afganistán, deja que los ucranianos pongan las lágrimas, el sudor y la sangre mientras ellos entregan las balas.

Las bolsas colapsan, las criptomonedas quedan como reyes desnudos, el dólar se hunde en la inflación, el comercio mundial se traba, los commodities ascienden. Parece que de acá en más lo único que necesitaremos es comida, municiones y clavos para los féretros. Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis están ensillando sus pingos.­

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UN AIRE DE YA VISTO­

Todo tiene un aire de déjà vu a pesar de los nuevos misiles y los complicados sistemas computarizados que los guían: las mentiras se repiten, los errores se reproducen, los responsables son los mismos, las excusas son las de siempre, los odios se multiplican. Los países siempre se han peleado con sus vecinos por la no tan oculta razón de apropiarse del territorio ajeno bajo excusas altisonantes: “resarcimiento histórico”, “defensa del país “, “soberanía nacional”, “el espacio vital”. Los términos abstractos  siempre ha servido para ocultar los sentimientos más concretos: codicia, agresividad, discriminación.Grupos de personas que, para un observador neutral, parecen idénticos, resaltan las diferencias étnicas o religiosas para exaltar la disparidad y convertirlas en causas de irreconciliables conflictos que se extienden por los siglos hasta que nadie recuerda el origen de esa desigualdad. Como los Montesco y los Capuleto, como las guerras entre los clanes escoceses, como los conflictos entre serbios y croatas, los tutsis y los hutus… esas mismas diferencias se multiplican hasta convertirse en grietas, muros de contención, campos minados, tierra de nadie. Esas diferencias son tan poderosas como para justificar asesinatos en masa, ejecuciones, bombardeos, violaciones. El horror inicial de las masacres se atempera con la habitualidad. Hace pocos meses mirábamos indignados la agresión a los civiles ucranianos (supongo que los programas rusos señalaban con la misma indignación las agresiones a los prorrusos de Donbás). Hoy solo le dedicamos unos pocos minutos con la misma naturalidad con la que vemos la evolución de un partido entre Chacarita y Platense o un set del Roland Garros. En la guerra, la primera víctima es la verdad, porque cada bando tiene su verdad -desde siempre  empañada por las fake news. ­

Dicen que la guerra es un intercambio económico violento. Con la amenaza de la guerra nuclear, estamos ante una hecatombe de suma cero. Muchos pierden todo, algunos ganan poco y la ecuación da cero, en el mejor de los casos…

Somos los mismos hombres de Neandertal jugando con ojivas nucleares obstinadas en repetir errores de los que poco o nada aprendemos. Solo esperamos -como decía esa canción Russians de Sting- “que los rusos también  quieran a sus hijos”. ¿Cómo podremos salvar a nuestros hijos del juguete mortal de Oppenheimer? No hay monopolio del sentido común.­

“La respuesta este soplando en el viento”.­

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Esta nota también fue publicada en La Prensa (21.06.2022)

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