A 70 años del descubrimiento del secreto de la vida: la saga del ADN

El 25 de abril de 1953 James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins, con la colaboración de Rosalind Franklin (muerta en 1950) publicaron sus descubrimientos sobre la estructura doble helicoidal del ácido desoxirribonucleico que explicaría la duplicación del código genético a través del desaplique a ambas cadenas. Este era el secreto de la vida, develado después de años de estudio.


La molécula se conocía desde 1860 cuando fue descubierta por el suizo Friedrich Miescher y estudiada por Phoebus Levene y Erwin Chargaff para determinar su estructura química y las formas de unión. Por más de 50 años pocos fueron los adelantos pese a que estaban conscientes de la importancia del ADN en la reproducción. En 1944, Oswald Avery, de la Rockefeller University, demostró que la unidad hereditaria o el gen, estaba compuesta por ADN. Este descubrimiento fue inspirador para Chargaff quien llegó a la conclusión, estudiando ADN de distintos orígenes que:


1-Los nucleótidos no se repetían en el mismo orden. 
2-Los nucleótidos estaban en proporciones semejantes, la adenosina con la timina al igual que la guanina y la citosina. 

Esto permitía conocer los ladrillos del edificio; restaba descubrir la estructura. ¿Cómo se disponían estos nucleótidos en el espacio? Aquí es cuando Watson y Crick le piden la intervención a Rosalind Franklin y Maurice Wilkins de la Universidad de Cambridge para que  estudien mediante cristalografía al ADN a fin de saber la disposición tridimensional de las moléculas. 


Mientras esto se hacía en Inglaterra, en Estados Unidos Linus Pauling, una de las mentes más brillantes en las ciencias del siglo XX, postulaba una disposición espacial de ADN que demostró estar equivocada pero que puso en alerta a Watson y a Crick. Pauling tenía pensado viajar a Inglaterra para contactar a la Sra. Franklin, pero por su activismo político contra la proliferación nuclear, el gobierno norteamericano le negó el pasaporte. Watson y Crick tomaron la delantera.


Inspirados en las imágenes de rayos X provistas por Rosalind Franklin, Watson y Crick usaron figuras recortadas en cartón de los nucleótidos y comenzaron a construir el esqueleto de la molécula con distintas ligazones hasta que conformaron la doble hélice que resultó ser el secreto de la vida y los catapultó al Nobel y a la fama. 


EL DÍA DESPUES


Después del premio cada uno de ellos siguió con su vida, hecha la excepción de Rosalind que murió antes de la nominación y por tal motivo resultó ser la gran olvidada de esta historia. 


Maurice Wilkins es el menos conocido de los laureados y, por eso, el menos evocado en la saga del ADN. Oriundo de Nueva Zelanda, se especializó en física en la Universidad de Cambridge y durante la guerra perfeccionó las imágenes del radar. Después de 1945 trabajó en problemas de física relacionado con procesos biológicos. Por esta razón, estudió la difracción de los rayos X aplicada a distintas estructuras químicas junto a Rosalind Franklin y el becario Raymond Gosling. A este grupo recurrieron Watson y Crick para el estudio de la estructura del ADN. Las fotos obtenidas revelaron la estructura helicoidal de esta molécula. En la publicación de Nature de 1953  Watson y Crick confesaron haberse basado “en material no publicado y las ideas de Wilkins y Franklin”. Por muchos años se debatió si habían tenido el consentimiento o no de Franklin.
Después de ser premiado, Wilkins se convirtió en el presidente de la “Sociedad Británica para la Responsabilidad Social de la Ciencia”. Antes de la guerra era propulsor de la paz en Europa y miembro del Partido Comunista hasta que la Unión Soviética invadió Polonia y se alejó del movimiento de izquierda. Durante la contienda, las autoridades británicas espiaron a Wilkins ya que sospechaban que estaba pasando información a los rusos sobre secretos nucleares. Sin embargo, Wilkins fue un ferviente opositor al uso de las bombas atómicas (como todos los miembros de esta triada). Se casó dos veces, tuvo 5 hijos y murió en 2004.


Francis Harry Compton Crick era inglés, estudió en la Universidad de Londres donde hizo su tesis de doctorado sobre la viscosidad del agua a grandes temperaturas (tesis que no dudaba en llamar “La cosa más aburrida que hice en mi vida”). Durante la guerra trabajó con importantes hombres de ciencia en el diseño de minas magnéticas, por el que tuvo cierto reconocimiento. Después de la contienda se dedicó a la biología. Cuando Watson fue a trabajar a Cambridge tenía solo 23 años y Crick 35. 
Después del galardón trabajó en la estructura de virus, los códigos genéticos y el papel del ARN en la síntesis de proteínas en los ribosomas.
Desde muy joven se había declarado ateo y sostenía que el hombre debía resolver sus problemas morales e intelectuales sin invocar una autoridad supranatural. 
Era especialmente crítico del cristianismo cuyas creencias encontraba “ridículas” (sic). También sostenía que en todos los colegios debería enseñarse “la selección natural” (concepto darwiniano) antes que religión. Cuando en el Churchill College de Cambridge, institución a la que pertenecía en forma honoraria, se utilizó una fracción de una importante donación para hacer una capilla, Crick renunció. Cuando la revista Nature cumplió 100 años, Crick fue uno de los invitados especiales a los que se les preguntó cuáles serían las nuevas direcciones de la ciencia. Entonces habló de la “teología bioquímica”, investigación que un día descubriría  al neurotransmisor liberado por el cerebro durante las plegarias.
En 1987 firmó junto a otros científicos un manifiesto contra el creacionismo y propuso que se estableciese el “Día de Darwin”. También fue un entusiasta de la neurociencia. 
Crick pasó sus últimos años en La Jolla, California, donde murió de un cáncer de colon.
Con James Watson compartía una inclinación por la eugenesia, pero mientras Crick mantenía sus creencias en un plano confidencial, Watson las proponía abiertamente.


FIGURA CONTROVERTIDA


De todos los integrantes de esta saga, Watson fue el más notorio y, a su vez, controvertido. 
James Dewey Watson había nacido en abril de 1928 en Chicago. Al igual que Crick, desde muy joven había declarado su ateísmo. “Lo más afortunado que me ha pasado es que mi padre no creyera en Dios”.
Desde joven también se interesó en la ornitología, afición que en algún momento quiso convertir en profesión. Se licenció en zoología en la Universidad de Chicago. En 1947 se mudó a Indiana donde trabajó bajo la dirección de Hermann J. Muller, biólogo y genetista que acababa de recibir el Premio Nobel. Gracias a su relación con Salvador Luria (otro Nobel de Medicina) pudo integrarse al grupo de investigadores que trabajaban en el laboratorio de Cold Spring Harbor, institución en la que llegaría a presidente.
Después de ser laureado con el Nobel aceptó un puesto en la Universidad de Harvard donde continuó trabajando en biología molecular. Allí participó en una serie de protestas contra la guerra de Vietnam y continuó con su campaña contra la proliferación de armas nucleares. Pero también entró en franca confrontación con sus colegas por su relato  sobre el descubrimiento de la estructura de ADN y el papel que había jugado Rosalind Franklin. Francis Crick sostuvo que las afirmaciones de Watson eran “un paquete de malditas mentiras”.
En 1969 se convirtió en director del Cold Spring Harbor, lugar que hizo su residencia permanente. Por 35 años dedicó a esta institución sus mejores esfuerzos, creando un lugar de investigación que no tenía parangón en el mundo y donde se llevó a cabo una de las tareas más colosales de la ciencia moderna: El proyecto genoma humano. Mientras llevaba adelante esta tarea también manifestó su oposición a que cualquiera pudiera reclamar derechos sobre el descubrimiento de un gen. “El genoma humano pertenece a los pueblos”. 
Desde su posición de privilegio Watson expresó sus opiniones controvertidas como sus conceptos eugenésicos, sus apreciaciones sobre la inteligencia de las mujeres y las personas de color. También sostenía que el aumento de melanina en la piel aumentaba la libido y explicaba el éxito de los “amantes latinos”. Opinaba que las madres podrían elegir el sexo de sus hijos, que no le agradaban las personas con sobrepeso, que la estupidez podría curarse con ingeniería genética y también creía que mediante la genética podríamos hacer mujeres bonitas en serie”
Sostenía también que gracias a los avances del genoma podríamos generar una “medicina personalizada” para prevenir enfermedades.
En el 2014 Watson vendió su medalla Nobel para obtener fondos para sus investigaciones porque debido a la difusión “muchas veces distorsionada” de sus opiniones se había convertido en una “mala persona”. Por ella obtuvo 4.5 millones, pero un admirador (Alisher Usmanov) después se la devolvió. Fue el primer Nobel en vender su medalla (en Argentina, el hijo de Saavedra Lamas vendió la de su padre mucho antes). 
En 2017 publicó el libro “Evite aburrir a las personas” donde describe a muchos de sus colegas como fósiles, mediocres e incultos” Algunos de sus compañeros de trabajo como E. Wilson creían que era “el ser humano más desagradable que habían conocido”. Por sus comentarios racistas, el Cold Spring Harbor le revocó los títulos honoríficos entregados. Watson murió en el 2018 en un accidente automovilístico.


Luces y sombras de una saga apasionante donde, a pesar de la inteligencia de sus miembros, los prejuicios siguen siendo la principal limitación de la vinculación entre las personas y el avance de los conocimientos.

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