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miércoles, febrero 8, 2023

Carlos IV, el rey de cristal

A cada país le ha tocado un monarca “tocado”. Inglaterra lo tuvo a Jorge III, afectado por porfiria. Los rusos la tuvieron a Anna, la emperatriz (aunque Iván el Terrible tenía lo suyo).

Alemania lo tuvo a Ludwig II de Baviera, ese que gastaba fortunas en castillos como los que copiaba Walt Disney.

Suecia lo tuvo a Eric XIV que era un paranoico, pero, a pesar de sus miedos, terminó envenenado.

Egipto –dejando de lado a varios faraones– lo tuvo a Farouk, quien además de bulímico era cleptómano y llegó a robarle el reloj a Churchill.

Los que menos suerte tuvieron, por la cantidad de reyes locos que sufrieron, fueron los españoles, empezando por Juana que pasó a la historia por su insania, siguiendo con Carlos II, el Hechizado. Después vinieron los Borbones y la melancolía que afectó a Felipe V y Fernando VI. Comentario aparte merece Fernando VII quien si bien no estaba loco, fue un desastre para España.

Retrato de Fernando VII del pintor Vicente López realizado en 1828. Este lienzo, ofrece sin duda la imagen más sincera del abotargado monarca en su edad madura

Francia también tuvo a su propio monarca insano, Carlos IV, el último de los Capeto que vivió entre 1294 y 1328. En Francia lo conocían como “El Hermoso” o el “Bienamado”, pero en Navarra, país del que también era rey, le decían “El Calvo”. Con el tiempo, todos lo terminaron llamando “El Loco”. Si bien mantuvo un largo litigio con Inglaterra por las tierras que el monarca sajón tenía en Francia, en forma solvente, súbitamente, a los 25 años, comenzó a perder la razón. En su primer brote atacó a su propia guardia a la que desconoció. En la ocasión mató a seis de sus custodios antes de ser detenido. De allí en más su deterioro fue más evidente. No reconocía a su esposa de la que huía como una extraña, ni a sus hijas y tampoco recordaba su nombre ni que era rey de Francia.

Carlos IV de Francia

Hubo períodos en los que deambulaba por los palacios aullando a la luna como un lobo y otros periodos en los que no se bañaba porque creía que su piel era de cristal.

Este delirio en particular fue bastante frecuente en el siglo XIV cuando se popularizó el uso del vidrio. Aquellos que lo padecían tenían miedo a quebrarse, razón por la cual Carlos IV vestía siempre trajes mullidos, tanto en invierno como en verano. Sumando a esto su aversión al agua, podemos tener una idea del aroma de la corte francesa (atenuada con sus perfumes). También era frecuente que permaneciese inmóvil por largas horas para evitar traumatismos.

Carlos VI, rey de Francia, envuelto en mantas por su fragilidad

No fue el único en creerse de cristal, también lo creía la princesa Alexandra Amelie de Baviera. René Descartes hace mención de este cuadro en sus obras, pero quien inmortaliza esta afección fue Miguel de Cervantes en una de sus novelas ejemplares, El licenciado Vidriera (1613). Después de 1830 los casos disminuyeron significativamente, aunque un psiquiatra holandés llamado Andy Lameijin tuvo oportunidad de entrevistar a un paciente del Hospital Endegeest de Leiden quien decía estar hecho de cristal, aunque no se quejaba de la fragilidad sino de la transparencia que le concedía. “Estoy aquí pero no lo estoy, como el cristal”.

Cuentan también que el compositor ruso Piotr Ilich Chaikovski tenía la costumbre de agarrase la cabeza por el mentón antes de dirigir una orquesta y lo hacía por miedo a que se le cayera su cráneo y se reventase contra el piso en pleno concierto.

Una de las últimas fotos del compositor Piotr Ilich Chaikovski (sosteniendo su cabeza)

En el caso de Carlos IV la evolución por brotes de sus accesos psicóticos y este delirio de cristal apoyan la teoría que la enfermedad de base era una esquizofrenia –trastorno psiquiátrico de origen genético que compromete al 1% de la población–. Entre los síntomas frecuentes están las ideas delirantes (como esta de creerse de cristal, alucinaciones auditivas, aislamiento, falta de cuidados corporales y una marcada reducción de las actividades sociales).

Hoy si es posible ser tratados, pero no en los tiempos de Carlos IV en que la evolución inicial por brotes que alternaba periodos de relativa tranquilidad con periodos “productivos” de gran actividad delirante, desconcertando a todos los que lo rodeaban.

Carlos IV murió en Vincennes sin descendencia masculina razón por la cual concluye la dinastía de los Capetos y se inicia la de los Valois.

Al negarle el derecho sucesorio a Enrique lll, sobrino de Carlos y rey de Inglaterra, comienza la contienda más larga de la historia de occidente, la llamada Guerra de los Cien Años.

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