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sábado, noviembre 26, 2022

Luchó para Gran Bretaña, Chile, Brasil y Grecia: Thomas Cochrane, el almirante corsario fanático de Napoleón

La gesta independentista americana no se hubiese logrado sin una exitosa campaña naval. Mientras España tuviese el dominio de los mares, las victorias de Chacabuco, Carabobo, Maipú, Ayacucho y Junín hubiesen perdido su sentido estratégico. Era necesario pelear en las pampas, en las sierras…. y en el mar.

Aquí fue donde se manifestó el apoyo de Inglaterra: no solo era un medio para empujar la independencia de las colonias españolas (que ellos someterían por intrincados lazos económicos) sino también con naves, oficiales y marinos. La enorme mayoría de estos marinos eran de ascendencia inglesa, mano de obra marinera que había quedado desempleada después del fin de las guerras napoleónicas.

Quién fue Thomas Cochrane

Entre los marinos británicos, se destacaba la figura del almirante de origen escocés, Thomas Cochrane, de destacadísima actuación en la Royal Navy. Su abrupto alejamiento se debió a un espinoso escándalo financiero que lo llevó a la cárcel. Por tal razón, cuando Chile le pidió hacerse cargo de la flota del Pacífico, no dudó en ponerse al servicio de la patria naciente, pero aclarando desde un inicio que sus servicios debían ser remunerados acorde a sus pretensiones (que no eran muy distintas a las que recibía en la “Royal Navy”, donde el botín se repartía desde el almirante hasta el último grumete).

Así fue como muchos almirantes de la Marina Británica habían acumulado increíbles fortunas y esta era la ambición de Cochrane quien, según estimaciones de la época, se llevó de Chile £50.000 en premios por sus presas…. y, como veremos, esto fue solo el comienzo.

No solo Cochrane era un luchador por la emancipación de las excolonias españolas sino, también, un bonapartista, un fanático de la figura de Napoleón a quien pretendía traer a América para iniciar una dinastía bonapartista en estas tierras. El proyecto para rescatarlo era muy audaz y hasta implicaba el uso de un barco a vapor y hasta de un submarino, idea que no entusiasmó al exemperador por los riesgos que debía correr… Así fue como Chile se quedó sin el Gran Corso.

Palabras de Sir Lyon Playfair escritas sobre la tumba de Thomas Cochrane en la abadía de Westminster (Londres, Inglaterra)

Entre los éxitos resonantes de Cochrane se contaba la toma de la fortaleza de Valdivia y de la nave “Esmeralda”, la joya de la flota española en el Pacífico.

Thomas Cochrane, José de San Martín, Brasil y Grecia

Pronto surgieron desavenencias entre San Martín y el escocés, primero en tácticas (Cochrane era propulsor de un ataque directo a la corte peruana) y después presupuestarias. Según Cochrane, San Martín no le pagaba lo convenido a la flota chilena en el Pacífico, constituida, como ya dijimos, por mercenarios fundamentalmente ingleses.

Al final, Cochrane tomó el tesoro escondido en una nave en Ancón para pagar a su tripulación y la relación entre el general y el almirante se convirtió en franca hostilidad. Después de vagar con sus naves por el Pacífico hasta México, volvió a Chile y entregó el mando de la flota. Fue entonces cuando el emperador de Brasil pidió sus servicios para luchar contra Portugal y hacia allá fue Cochrane y parte de su tripulación para pelear –en forma rentada– por la libertad del nuevo país. Después de lograr su cometido (y acumular otra fortuna), se trasladó a Grecia donde una vez más organizó la flota libertaria reclamando fuertes emolumentos por sus servicios.

Su figura era legendaria en su país de origen gracias a sus aventuras americanas, circunstancia que lo ayudó a obtener el perdón real y la reincorporación a la Royal Navy donde vistió el uniforme de almirante. Los últimos años de su vida los pasó redactando sus memorias –que inspiraron varias novelas sobre héroes navales–, reclamando lo que él creía que aún le debían los países que había asistido a liberar y defendiéndose de juicios iniciados por sus tareas de corsario contra naves que nada tenían que ver con España, como le pasó con distintos armadores norteamericanos.

Sus memorias fueron exitosas (a pesar de su parcialidad), y lo asistieron a cimentar un prestigio que llegaría a nuestros días con distintas novelas inspiradas en su gesta, escritas por Frederick Marryat, C. S. Forester y Patrick O’Brian.

Sin embargo, la diosa fortuna no siempre estuvo de su lado. Algunos juicios prosperaron y Chile, Brasil y Grecia no siempre respondieron a sus reclamos.

En 1860, con más de 85 años a cuestas, fue operado dos veces de cálculos renales. No llegó a sobrevivir a la segunda intervención. El 31 de octubre, el indomable marino entregó su alma al Señor y sus restos mortales fueron enterrados el 14 de noviembre en Westminster Abbey junto a otras glorias de la historia de Gran Bretaña.

Viejos oficiales, antiguos marineros y las autoridades de Chile, Brasil y Grecia acompañaron su féretro hasta su glorioso sepulcro.

El Times publicó un sentido obituario donde afirmaba que Cochrane había “sobrevivido a la envidia y a la malicia que mucho lo había hecho sufrir”. Siguiendo la tradición romana “De mortuis nihil sini nisi bonum” (“de los muertos no digas sino el bien”), nada se dijo de los sufrimientos que él había infligido a los demás en su larga y temeraria existencia.

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