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miércoles, octubre 5, 2022

James George Frazer y “La rama dorada”

     James George Frazer nació a principios de 1854 en Glasgow, Escocia. Su padre era farmacéutico, diligente, ahorrativo; su madre, de apellido Bogle, era romántica y extravagante. Los Bogle, relacionados con los Estuardo, eran viajeros y exploradores; desde India y el Himalaya hasta Jamaica y el Pacífico. Las anécdotas, escritos y comentarios sobre viajes desfilaban por el hogar del pequeño James, que estudió en colegios privados y luego fue a la universidad de Glasgow. Estudió ciencias con Kelvin, estudió latín, griego, epistemología y filosofía, acercándose a la corriente del empirismo, escepticismo y naturalismo de David Hume, cuya investigación sobre las fuentes de la fe en su “Tratado sobre la naturaleza humana” tendría notable influencia en los análisis que luego expondría Frazer en “La rama dorada”. Más tarde, ya en el Trinity College de Cambridge, estudió a los clásicos, se recibió de abogado y siguió estudiando durante más de veinte años, transformándose en un académico renombrado y en un antropólogo del más elevado nivel que se conozca, además de etnólogo, escritor, teólogo, mitógrafo e historiador.

     Su estirpe familiar convencional y tradicional lo hizo comprender bien esas convenciones que llamamos “reglas”, y eso lo dotó para comprender e investigar las convenciones de otras sociedades; sabía que las reglas estaban fundadas en rituales y que todo ritual alberga creencias mágicas.

  Frazer sostiene que las creencias que encarnan ciertas reglas son esenciales para el concepto de sociedad que tiene el ser humano. Por ejemplo, si en Australia central un aborigen sube a una colina para saludar la salida del sol con una vela encendida era porque estaba convencido de que si hacía eso el sol ascendería. Eso puede parecer ingenuo o hasta absurdo, pero así como nos apegamos a costumbres que no razonamos, tenemos el deber de comprender otras costumbres de origen similar de otras comunidades o sociedades. El mundo está fundado en causa y efecto, dice Frazer.

    Frazer, que fue migrando de la filosofía a la antropología, sabía todo esto de manera intuitiva, pero necesitaba un esquema que le permitiera ponerlo en palabras. Y eso resultó, ni más ni menos, en “La rama dorada –Magia y religión–”, la obra monumental de James George Frazer.

   Se trata de la obra más importante sobre mitología, religiones comparadas y trasfondo antropológico que haya sido publicada. Pocos libros se han vendido tanto a lo largo de la historia como “La rama dorada”; sin embargo, pocos han sido tan “malcomprendidos”. Fue considerado en su momento un libro peligroso, desconcertante, sacrílego; liberal para los conservadores, reaccionario para los liberales. El subtítulo del libro, “Magia y religión”, ya planteaba el desafío de relacionar –y hasta unir– las dos palabras, y no es difícil imaginar las consecuencias.

     Uno de los temas sobre los que trata el libro es el fenómeno del tabú. A Frazer le interesaba el tema porque sabía que hay libros, palabras y hasta pensamientos considerados tabú. En el diccionario, se define tabú como “prohibición de hacer o decir algo determinado, impuesta por ciertos respetos o prejuicios de carácter social o psicológico”, y “prohibición de comer o tocar algún objeto, impuesta por algunas religiones polinésicas.” De hecho, la palabra “tabú” procede de la palabra polinesia “tapu”, “taboo” en el archipiélago de Tonga, donde fue escuchada por primera vez por el explorador James Cook, quien la registró con el significado de “inviolable”, “impronunciable” o “prohibido”. La palabra hacía referencia a algo sobrenatural y peligroso; tan peligroso que no se debía ni pronunciar, bajo riesgo de recibir castigo físico.

    Frazer sabía que en muchas sociedades la religión era un tema “tabuado”, tanto por los religiosos devotos como por quienes rechazan la religión. Frazer no era ni lo uno ni lo otro; era tan profunda su fascinación por la religión como concepto que le resultaba imposible adherirse a un credo en particular. En su época (hacia fines del siglo XIX) a ese tipo de personas se las llamaba “librepensadores”.

     Frazer buscaba iluminar los “espacios oscuros”: investigar las fuentes de la religión y, con ello, las causas fundamentales de los tabúes, que  consideraba vallas alrededor de una cultura. La sociedad victoriana era una sociedad llena de tabúes que daban identidad a sus miembros; a los victorianos les desagradaba que hubiera sociedades con tabúes tan arraigados como los suyos. En el mismo sentido, las sociedades cristianas buscaban convencer sobre el carácter único y revelado de su fe; les desagradaba que otros pueblos tuvieran otras religiones y que muchas de ellas fueran sacrificiales, por ejemplo.

     Frazer exploró las cuestiones en común, se adentró más en la igualdad que en la otredad de los humanos, en los elementos culturales en común más que en los particulares. Los victorianos, en cambio, estaban convencidos de su singularidad y se sentían orgullosos de ella. Uno de los planteamientos de Frazer, en cambio, era que todos los seres humanos compartían un “parecido esencial”. Ese postulado era amenazante para la mentalidad victoriana.

    Frazer explicaba que todo era cuestión de “fases culturales”. Los hombres desean, por ejemplo, que llueva. Entonces realizan una danza para la lluvia, la que a menudo no funciona; esa es la Era de la Magia. Tras el fracaso, se les ocurre otra cosa, que consideran mejor: ponerse de rodillas y rezar; es la Era de la Religión. Cuando las oraciones tampoco funcionan, empiezan a investigar las causas reales de la naturaleza y, en base a su nuevo entendimiento, tratan de modificar las cosas en su beneficio; es la Era de la Ciencia, en la que, según Frazer, vivimos actualmente. Magia y ciencia tienen algo en común: en ambas interviene el hombre. La religión, en cambio, deja toda la responsabilidad a los dioses. Si bien magia y ciencia tienen el citado factor en común, la ciencia está bien fundada mientras que la magia no tiene fundamento racional; esto último es producto, según Frazer, de un entendimiento erróneo de las leyes naturales de causa y efecto y de suponer, como lo hacen las religiones, que hay un mediador necesario (un dios) entre el acto mágico y el efecto deseado,

     Frazer enuncia los fundamentos en los que está basada la magia y luego la religión. Eso lleva a explicar las causas de la supremacía de aquellos individuos que manipulan las prácticas mágicas de manera más efectiva, ya sean dioses, chamanes, magos, oráculos, incluso reyes (que de algún modo son considerados como deidades humanas); todos ellos tienen un aura mística que los rodea, y a esa aura es a lo que Frazer llama “tabú”. Para Frazer los tabúes son formas de aislar a ciertas personas y actividades de cualquier contacto social peligroso, ya sea que dichas personas o actividades sean consideradas santas o detestables; para el caso, ambos extremos son igualmemente válidos en lo que hace a los tabúes: tanto los reyes como los estafadores son aislados por la sociedad.

     Y luego está el viejo dilema de la relación entre la religión y la moral. En las sociedades, dice Frazer, la teología representa “el pasado” del desarrollo social; con el progreso de la humanidad, se separan “creencia” y “costumbre”; para ello debe modificarse o reformularse la fe, de manera que pueda reconciliarse con las nuevas costumbres de cada época. Eso es sencillo cuando la religión se transmite de forma oral (sociedades sin escrituras, griegos, romanos), pero mucho más difícil cuando los principios de la religión están consagrados en un libro (como en el Islam, el judaísmo o el cristianismo). Este conflicto, según Frazer, ha alcanzado su punto álgido en la sociedad occidental, caracterizada por conflictos permanentes entre pensamiento, racionalidad y religión.

     “Tal como en nuestra época ha sido enorme el progreso intelectual, en la misma medida se ha ampliado la brecha entre religión y ciencia. Pero el hombre, además, ha comenzado a darse cuenta de otra brecha: la que hay entre las religiones de libro y la moral. Y es que un avance en la moral sigue necesariamente a un avance en el conocimiento.”

     En toda época ha habido, por un lado, rebeldes, personas que trataron de reformar la religión o hasta deshacerse de ella, y por el otro, conciliadores o unificadores que buscaban reconciliar la fe y la práctica con métodos menos radicales. Así como la religión fosilizada de los primeros griegos tuvo su respuesta en Sócrates y en las obras de Platón, y la religión fosilizada de los primeros hebreos, escribas y fariseos tuvo su respuesta en Jesucristo y en el Nuevo Testamento, el cristianismo victoriano en sus distintas variantes también necesitaba un libro que se le opusiera. Y hay buenas razones para pensar que ese libro, consciente o inconscientemente, es “La rama dorada”.

     “La rama dorada” expone que todas las religiones primitivas tienen características en común, por lo que la justificación de los principios de determinadas costumbres mágicas o religiosas sirven para ayudar a comprender el origen y significado de otras formas religiosas.

     Las premisas que subyacen a “La rama dorada” son tanto materialistas como idealistas. Materialistas, porque sostienen que lo que motiva todo ritual mágico o religioso es la lucha por la supervivencia física; idealistas, porque sostienen que el pensamiento precede a la práctica, la doctrina precede al ritual. Frazer asocia la creencia darwiniana con la inspiración de Hume, y lo hace en forma brillante.

      Con una mirada antropológica evolucionista, Frazer sostiene que todas las culturas del mundo han seguido un proceso semejante en la evolución de sus creencias religiosas, empezando siempre en actividades mágicas que fueron derivando en religiones bien establecidas.

     La obra de Frazer es de una postura delicada, ligeramente sarcástica, contemplativa y escéptica, sabia y mordaz. En sus páginas se encuentran la mitología de todas las culturas, los dioses, los rituales, las creencias, las mutaciones desde la Era de la Magia hasta la Era de la Religión y las causas de las mismas, los orígenes y las interpretaciones de cada una de las costumbres y rituales que peristen aún en nuestros días.

     James George Frazer fue “sir” James desde 1914; fue Fellow honorario de la Royal Society de Edimburgo, miembro de la Academia británica, recibió la Huxley Memorial Medal y la Orden de Mérito del Reino Unido.

     Falleció en mayo de 1941, pero “La rama dorada” perdura y perdurará a lo largo de la historia.

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