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viernes, diciembre 2, 2022

Hildegard von Bingen: la sibila del Rin

Nacida el 16 de septiembre de 1098 en Bermersheim (actualmente Renania-Palatinado, Alemania) en el seno de una familia noble acomodada, Hildegard von Bingen es considerada una de las personalidades más influyentes, polifacéticas y fascinantes de la Baja Edad Media y de la historia de Occidente. Fue la menor de los diez hijos de Hildeberto de Bermersheim (caballero al servicio de Meginhard, conde de Spanheim,) y de su esposa, Matilde de Merxheim-Nahet, y por eso fue considerada como el diezmo para Dios, entregada como oblata y consagrada desde su nacimiento a la actividad religiosa. Su educación estuvo a cargo de la condesa Judith de Spanheim (hija del conde Esteban II de Spanheim),​ quien la instruyó en el rezo del salterio, en la lectura del latín y de las Sagradas Escrituras, y en el canto gregoriano. Durante casi una década, maestra y discípula vivieron en el castillo de Spanheim, hasta el cumpleaños número catorce de la prosélita, cuando ambas se enclaustraron en el monasterio de Disibodenberg (un monasterio masculino, pero que acogió a un pequeño grupo de mujeres en una celda anexa, bajo la dirección de Judith, la cual, en 1114, se transformó en un pequeño monasterio, a fin de poder albergar el creciente número de vocatio femíneo). La ceremonia de clausura solemne fue celebrada el 1 de noviembre de 1112 y en ella participaron Hildegarda, Judith y otras enclaustradas más. Tres años después, Hildegarda emitió la profesión religiosa bajo la regla benedictina, recibiendo el velo de manos del obispo Otón de Bamberg. ​ De esta manera continuó su educación monástica rudimentaria dirigida por Judith hasta el óbito de la misma el 1136, cuando, a pesar de su juventud, von Bingen fue elegida abadesa (magistra) de manera unánime por aquella comunidad de monjas.

Durante sus días como abad, la composición musical ocupó un lugar distintivo. Ella le otorgaba a la música (y al canto de alabanzas en particular) una función activa en la historia de la humanidad, afirmando que cantar era una práctica mediadora por la que el ser humano hacía presente a la divinidad, y al mismo tiempo renovaba su propia condición edénica. “El alma es sinfónica”, escribió, “y el canto que el ser humano entona con el alma es un eco de la armonía celeste”. Hildegard consideraba que la música era capaz de una transformación personal y también colectiva, ya que entendía la práctica musical como una forma de cohesión social -en un momento histórico que no en vano es recordado como la época de las cruzadas-. Compuso setenta y ocho obras musicales, agrupadas en “Symphonia armonie celestium revelationum” (Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestes): 43 antífonas, 18 responsorios, 4 himnos, 7 secuencias, 2 sinfonías (con el significado propio del siglo XII), 1 aleluya, 1 kyrie, 1 pieza libre y 1 oratorio -fascinante, ya que el oratorio se inventó en el siglo XVII-. Además, compuso un auto sacramental musicalizado llamado “Ordo Virtutum” (Orden de las virtudes), sobre las virtudes. Si bien empleaba la técnica monofónica, el melisma[1] y la notación propias de su época, la música hildegardiana se diferenciaba por el uso de amplios rangos tonales, que exigían a la cantante o al coro subir a agudos intensos estando en una nota intermedia o baja. Contraía frases melódicas que impulsan a la voz a ser más rápida para luego ralentizarse. A su vez, usaba intervalos de cuarta y quinta, cuando el canto de su época rara vez pasaba de terceras. La totalidad de sus obras musicales fueron creadas para las necesidades litúrgicas de su propia comunidad, así como para la didáctica teológico-moral (excelentemente ejemplificado en el caso del “Ordo Virtutum”).

Vista parcial del folio 0466r del Códice de Wiesbaden (Riesencodex) con la notación del canto «O vis eternitatis» de Symphonia armonie celestium revelationum.

Todo el bagaje simbólico y originalidad de sus obras encontraban su origen en la inspiración sobrenatural de las experiencias visionarias que la cenobita vivenciaba desde infante. Según ella las describió, consistían en: una gran luz en la que se presentaban imágenes, formas, colores y música acompañados de una voz que le explicaba lo que veía. En 1141 (a la edad de cuarenta y dos años) sobrevino un episodio de visiones muy fuerte, durante el cual recibió la orden sobrenatural de escribir las visiones que en adelante tuviese. A partir de entonces, Hildegarda (des)escribió sus experiencias, que dieron como resultado su primer libro, llamado “Scivias” (Conoce los caminos), el cual no concluyó hasta 1151. Durante el proceso del mismo, consciente de la posibilidad de ser sacrílegamente (mal) entendido, recurrió a uno de los hombres más prominentes y con mayor reputación espiritual de su tiempo: Bernardo de Claraval, a quien dirigió una sentida carta pidiéndole su parecer acerca de la naturaleza de sus visiones y la pertinencia de hacerlas de conocimiento general. En dicha misiva, enviada hacia 1146, confesaba al ilustre monje cisterciense[2] que lo había visto en una visión “como un hombre que veía directo al sol audaz y sin miedo” y solicitaba su consejo. La respuesta de Bernardo no fue ni muy extensa ni tan elocuente como la carta enviada por Hildegarda, pero en ella le invitaba a “reconocer este don como una gracia y a responder a él ansiosamente con humildad y devoción […]”.​ En 1148, un comité de teólogos, encabezado por Albero de Chiny-Namur, obispo de Verdún, estudió y aprobó, a petición del papa Eugenio III (parece que el abad de Claraval intervino en favor de la abadesa, ya que tenía trato personal con el obispo de Roma porque este era también cisterciense y antiguo discípulo suyo), parte del “Scivias”.​ El mismo papa leyó públicamente algunos textos durante el sínodo de Tréveris y declaró que tales visiones eran fruto de la intervención del Espíritu Santo.​ Tras la aprobación, envió una carta a Hildegarda, pidiéndole que continuase escribiendo sus visiones. Con ello dio comienzo no solo la actividad literaria aprobada canónicamente, sino también la relación epistolar con múltiples personalidades de la época, tanto políticas como eclesiásticas, tales como el ya mencionado Bernardo de Claraval, Federico I Barbarroja, Enrique II de Inglaterra o Leonor de Aquitania, que pedían sus opiniones y orientaciones. Tal fue su reconocimiento, que llegó a ser conocida como: “la Sibila del Rin”.

Murió en el Monasterio de Rupertsberg, el 17 de septiembre de 1179, a los 81 años. Visionaria en todas las acepciones del término, si Hildegard von Bingen hubiera sido un hombre, hoy seguramente sería tan reverenciada como Leonardo, Newton o cualquiera de esos contadísimos genios polímatas que ha dado la -patriarcal- Historia. A lo largo de su longeva (y no solo para estándares medievales) existencia, esta monja benedictina destacó como compositora; clasificó ingentes variedades de plantas por sus propiedades (una de ellas, el lúpulo: gracias a ella existe la cerveza tal como la conocemos); escribió sobre salud en general y sexualidad en particular (desde un enfoque científico y liberador: fue la primera mujer que escribió sobre el orgasmo femenino); describió una cosmología propia (su primer esquema del universo); creó el primer idioma artificial (la Lingua Ignota, que se adelantó en siete siglos al Esperanto), y medró en el seno de la iglesia a pesar de (o gracias a) esas visiones celestiales que la acompañaron durante su prolífico paso terrenal. Excepcional substancialmente -por más que hoy pudiera haber sido patologizada como esquizofrénica y anulada su unicidad en ton de la normatividad farmacopornográfica contemporánea-, esta protofeminista significó un auténtico hito en la narrativa historicista de la parte occidental del mapamundi, una revolución transgénero dentro de la Iglesia alemana y de la antifonal litúrgica. La sibila del Rin fue -y será por los siglos de los siglos- la primera mujer en dejar tanto su impronta como su nombre dentro de lo que Flavio Biondo (humanista italiano del siglo XV) denominó como: Edad Media.

Links relacionados:

“Visión” (película de Margarethe von Trotta sobre la vida de Hildegarda de Bingen):
Hildegard von Bingen, “Canticles Of Ecstasy
Hildegard von Bingen, “Hortus Deliciarum”
Hildegard von Bingen, “Voice of the Blood”
Hildegard von Bingen, “Hymns and Songs

Hildegard von Bingen, visionaria y creadora (interactivo monográfico): https://www.rtve.es/television/20220303/hildegard/2297070.shtml


[1] Melisma: grupo de notas sucesivas que forman un neuma (grupo de notas de adorno con las que solían concluir las composiciones musicales de canto llano/gregoriano) sobre una misma vocal

[2] Cisterciense: integrante de la Orden benedictina de Císter formada en Francia por San Roberto de Molesmeses en 1098 y reformada por San Bernardo en el s.XII.


 

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