Beau Brummell: El primer dandi

Hay niveles de egolatría y arrogancia que no se pueden believe, que te dejan atónito -solamente el mal gusto y la imbecilidad tienen esa misma auraticidad y capacidad de sorpresa- y Brummell fue un magnánimo ejemplo de ello. Nació en Londres el 7 de junio de 1778 y su verdadero nombre era George Bryan Brummell. Su abuelo fue tendero en la parroquia de Saint James y su padre el secretario privado de Lord North y, después, gobernador de Berkshire (cargo en el que atesoró una fortuna considerable). Desde sus primeros años de vida, Beau (el bello en francés) se interesó ingentemente por la moda, y en especial por sus propios atuendos. Con doce años fue enviado a Eton (King’s College of Our Lady of Eton, una prestigiosa institución educativa inglesa para varones de familias pudientes), donde se hizo popular y fue llamado “Buck Brummell”. Allí conoció al hombre que marcaría gran parte de su destino, el futuro rey Jorge IV. Estudió posteriormente en la Universidad de Oxford donde, a su reputación como hombre a la moda, añadió otra como ingenioso y de lengua afilada. A su regreso a Londres inició una intensa vida social, la cual lo llevó a profundizar su amistad con el aún Príncipe de Gales. Ingresó en el ejército, donde ascendió al grado de capitán, y al que decidió abandonar porque no le permitía cumplir con sus múltiples obligaciones sociales. A sus veintiún años, al fallecer su padre, heredó 30.000 libras con las que inició una brillante carrera como influencer de la moda y el gusto. La nobleza, los poderosos y las más bellas mujeres de la época, se rendían ante sus dictados. Era un dandi, un exhibicionista, un ingenioso, un performer verdaderamente original, quien nunca no dudó de su buen gusto por las ropas, ni del deseo de imponer ese gusto a los demás. Tampoco dudo ni por un segundo de gastar parte de su fortuna en su indumentaria ni en su higiene personal (se bañaba diariamente en una bañera, como Cleopatra, llena de leche) y hasta se vanagloriaba de excesos varios a la hora de arreglarse (entre ellos, limpiar sus botas con champagne, o disponer de varias personas para el cuidado de su pelo o para la elaboración de prendas tan baladís como unos guantes).

Se dice que en sus inmensos guardarropas tenía colgados 150 chalecos, todos ellos con sus correspondientes armazones para que no se arrugaran. Levitas, chaquetas, fracs, esmóquines, americanas, levitas de montar y de caza de todos los estilos, telas y colores se almacenaban en una habitación enorme y solo el bello Brummell y su ayudante de cámara tenían memoria para recordar todas esas prendas. Estaban puestas en maniquíes, como las armaduras de los caballeros antiguos, y abrochadas en moldes que reproducían perfectamente las formas de su dueño y que tenían las mangas rellenas de algodón para que no pudiera formarse ninguna arruga poco elegante. Por otro lado, la cantidad de corbatas y moños que poseía era imposible de calcular. Se las hacía fabricar en Lyon y le gustaba pasar las tardes con paleta y pinceles en mano dibujando nuevas telas y probándose nudos delante del espejo. No dejaba nada al azar. Sombreros, bastones, paraguas y calcetines bordados, hasta su ropa interior y los pijamas, que siempre usaba de un tono apropiado a las circunstancias. En 1807, implementó el primer código de vestimenta de Ascot, al establecer que los “hombres de elegancia” debían usar abrigos negros de cintura con corbatas y pantalón blanco para asistir a las carreras.

Mandatory Credit: Photo by Granger/REX/Shutterstock (8681251a) George Brummell (1778-1840). George Bryan ‘Beau’ Brummell At His Tailor’S Shop: Engraving, 19th Century. George Brummell (1778-1840).

Si una de las frases más famosas de Coco Chanel fue: “Viste vulgar y solo verán el vestido, viste elegante y verán la mujer”, Beau Brummell decía que “un hombre viste elegantemente si no da la impresión de haberle prestado demasiado interés al atuendo, pero dejando siempre una buena impresión en los demás”. Sumamente cuidadoso con los detalles, muchos de los aristócratas que formaban parte de su círculo de amistades acudían a su domicilio para poder ver cómo se colocaba la corbata y poder copiarlo. Su preponderancia alcanzó un nivel tal que el príncipe Regente lo colocó (a cambio de una exorbitante paga) como su asesor personal y le soportó todas las insolencias imaginadas, e incluso las aplaudió (el monarca por ser era obeso y el barroquismo del mal gusto lo acompañaba desde su oxigenación primera, además de una supra recaptación dopaminérgica, la cual lo guiaba a la compulsividad que su padre tanto le criticaba, sumatoria psicoemocional tal que hacía de él un ser no solamente influenciables sino también altamente vulnerable y falto de autocrítica). Pero, como era de esperar, se terminaron peleando y el orgullo del dandi fashionista no se permitió dar disculpa alguna ante el heredero Real, instancia que los enemistó y lo exilió del microcosmos del derroche y el privilegio inimputable (cuestión que su fortuna personal no fue capaz de soportar). Con treinta y ocho años perdió tanto su fortuna como el favor del rey y los acreedores comenzaron a acosar su casa. No podía ya salir sino de noche, ya que de día su residencia se encontraba rodeada de una turbamulta de zapateros, joyeros, sastres, hacedores de botas y comerciantes de vinos. Para finales de 1816, para evitar la prisión por deudas (debía más de miles de libras) huyó a Calais (Francia). Allí vivió el resto de su vida, con altibajos -más bajos que altos-, imaginándose que daba fiestas suntuosas a las que nadie acudía. Murió en un manicomio, en el año 1840, sifilítico y aquejado por sus propios delirios. Lo enterraron en el cementerio protestante de Caen, donde se puede visitar su tumba -memorial más concurrido hoy que el día de su entierro-.

Más allá de su melindre, realmente impuso un estilo, el cual se perpetuó mucho más allá de las fronteras de Inglaterra, y que sigue imperando dentro de nuestra contemporaneidad. Su modo de transitar la vida tan substancialmente estética dejó tal mayúsculo rebufo en la historia de la moda occidental que personajes como Halston, Viktor & Rolf, Karl Lagerfeld, Jean-Paul Gaultier y John Galeano, entre muchos otros ejemplos, no hubieran sido siquiera imaginables sin él y su excéntrica existencia terrena. Le inventó un nuevo estilo de pantalón al sobrexcedido -de todo- Jorge IV, dictaminó el código de vestimenta del evento hípico más relevante del calendario social de la nobleza inglesa (el cual sigue respetándose tal cual él lo estableció hace más de dos siglos atrás) y, por sobre todo, creó el distintivo substancial que hace que lo que hoy entendemos como traje masculino sea elegante. Beau Brummell fue no solo un personaje icónico del estilo de su período histórico, sino que devino al tiempo y continúa ostensiblemente vigente. Esteta innato, narciso compulsivo, innovador inmanente y disruptivo, este dandi inglés significó un antes y un después de él en la historia occidental del vestir. God bless the arrogant with Good taste.

El dandi se caracteriza por una fuerte atención a la estética y al carácter de si mismo, debido a considerar su existencia como una obra de arte. El dandi se forma atendiendo a una serie de dimensiones de su vida que estetiza: el ocio bajo la consigna de lo distinto y lo selecto, las vestimentas bajo la apariencia de lo elegante, los hábitos bajo la regla del dominio de uno mismo y de la teatralización. El dandi es alguien fronterizo entre la realidad y la ficción literaria. Este ser fronterizo problematiza la separación rígida entre ficción – arte y realidad – vida, son personas – personajes de una novela inacabada: su vida.

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