Sic semper tyrannis: John Wilkes Booth

Después de dispararle al presidente Lincoln en la cabeza, John Wilkes Booth se arrojó del palco al escenario, donde se representaba la obra Our american cousin de Tom Taylor. Al caer, se fracturó una pierna pero, a pesar del dolor, se dio vuelta, miró al público ‒que no salía de su asombro‒ y pronunció sus últimas palabras sobre las tablas: “Sic semper tyrannis”.[1] Después de este gran finale, escapó por la puerta trasera del Teatro Ford.

asesinato de lincoln

Asesinato de Abraham Lincoln. De izquierda a derecha: Henry Rathbone, Clara Harris, Mary Todd Lincoln, Abraham Lincoln y John Wilkes Booth (Litografía coloreada de Currier and Ives, 1865).

Asesinato de Abraham Lincoln. De izquierda a derecha: Henry Rathbone, Clara Harris, Mary Todd Lincoln, Abraham Lincoln y John Wilkes Booth (Litografía coloreada de Currier and Ives, 1865).

Por doce días, fue perseguido a lo largo de la nación, hasta que finalmente lo encontraron cerca de Port Royal, Virginia. Aunque estaba rodeado, Booth se resistió a entregarse, escondiéndose en un granero. Para obligarlo a salir, los soldados prendieron fuego el lugar. Tenían ordenes expresas de capturarlo vivo pero, en la confusión, Booth salió de su escondite y fue herido por el sargento Corbett. Dos horas después, murió víctima de esta herida. Sus últimas palabras fueron: “Dile a mi madre que he muerto por la patria”.

El cadáver de Booth fue conducido por barco a Washington y enterrado en la vieja penitenciaría, después de una autopsia de rutina realizada por los doctores Barnes y Woodward. Curiosamente, la bala que mató al magnicida guardaba una posición semejante a la que había asesinado a Lincoln. Las vértebras de Booth lesionadas por la bala se encuentran en el Centro Médico Militar Walter Reed. Dos años después de su muerte, en 1867, su cuerpo fue exhumado y enterrado en la prisión de Warehouse. En 1869, una vez más, fue trasladado al cementerio Green Mount en Baltimore a pedido de la familia. En esa oportunidad, la dentadura de Booth fue examinada por su odontólogo quien, de esta forma, confirmó su identidad.

Allí hubiesen terminado las aventuras póstumas del asesino de Lincoln, si no fuera porque en 1903 un señor llamado David E. George confesó en su lecho de muerte que él era John Wilkes Booth. El caballero decía tener la misma edad que Booth tendría de estar vivo, presentaba un notable parecido y había tenido en vida la poco común costumbre de recitar largos poemas de Shakespeare.

Aunque siempre existe una historia alternativa… Según cuentan algunos, Booth no murió esa noche del 26 de abril de 1865. En su lugar lo hizo un tal Urdí, que portaba los documentos del actor. Para cuando el gobierno se dio cuenta de que habían matado al hombre equivocado, decidieron no volver atrás y dar por terminado el asunto, fuera o no Booth el muerto. De hecho, la recompensa por su captura nunca fue pagada.

En 1870, un abogado llamado Finis L. Bates conoció en Texas a un caballero de nombre John St. Helen. Al estar enfermo y creerse en su lecho de muerte, este le confesó a Bates que él era en realidad John Wilkes Booth. La noticia conmocionó al abogado, pero resultó que el tal St. Helen se repuso, negó todo lo dicho y desapareció de los lugares que solía frecuentar. Finis Bates no pudo olvidar esta extraña circunstancia y, cuando en 1903 se enteró de la muerte de David E. George en Oklahoma, hacia allí se dirigió a ver quién era este sujeto que también decía ser Booth. Para su sorpresa, ¡St. Helen, George y Booth eran la misma persona! Entonces compró el cadáver embalsamado, que estaba en exposición, se lo llevó a su casa en Memphis y lo alojó en su garaje, mientras preparaba un libro donde revelaba, según él, la verdadera trama secreta del asesino de Lincoln.

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Firma de John Wilkes Booth.

Firma de John Wilkes Booth.

Para promocionar su libro, Bates decidió presentar la momia en distintos circos, relatando su versión de los hechos. Curiosamente, en cada lugar en el que exhibía al supuesto magnicida, ocurrían fenómenos desgraciados. El tren en que viajaba la momia descarriló y murieron ocho personas. El empresario circense, Bill Evans, que expuso su cadáver, murió en la ruina, y el mismo Bates, después de editar su libro Escape y suicidio de John Wilkes Booth, falleció perseguido, burlado y en la bancarrota. En definitiva, la momia de Booth se había convertido en un Tutankamón estadounidense.

En 1913, el nuevo dueño de este cuerpo embalsamado decidió hacerlo examinar por un grupo de patólogos y criminalistas que coincidieron en señalar las similitudes entre la momia y el mismo Booth (la fractura en la pierna, tatuajes y las cicatrices en el cuello). Pero, a pesar de la difusión de esta noticia, nadie tomó el caso en serio. En 1937, Otto Eisenschiml publicó un libro llamado: ¿Por qué asesinaron a Lincoln? En él, sostiene que Booth había actuado protegido por el ministro de Guerra, Edwin Stanton y que había sido este quien había facilitado su escape. Ese mismo año, Izola Forrester ‒una sobrina nieta del magnicida‒ publicó otro libro sobre el tema: Un acto de locura, en el que afirma que la familia Booth mantuvo contactos con el actor después de su supuesta muerte (sin un médium como intermediario, se entiende).

El hecho concreto es que la momia del autonominado Booth sembró desgracias, quiebras y fiascos empresariales. Su exhibición fue prohibida en varios estados y hasta fue secuestrada (en 1928, ofrecieron mil dólares por su recuperación). El último propietario del cadáver embalsamado que se registra fue un tal John Harbin, quien lo expuso en el Jay Gould’s Million Dollar Circus hasta 1942. Después de esa fecha, nadie volvió a saber del supuesto asesino de Lincoln quien, por setenta y cinco años, se exhibió a cambio de pocos centavos en los circos de Estados Unidos.

La historia siempre tiene sus vueltas y no termina aquí porque, como hemos visto, algunos descendientes de Booth están convencidos de que su pariente no murió en 1865. En 1994, pidieron que el actor asesino fuese desenterrado para su ulterior y definitiva identificación gracias al ADN disponible. Como la tumba no está marcada y su localización implicaría perturbar el sueño eterno de varios cientos de huéspedes del cementerio Green Mount, el juez no ha dado lugar al pedido de exhumación.

Por ahora, nadie está seguro dónde descansa John Wilkes Booth, ni su momia, ni su cadáver escondido.

[1]. Pocos meses antes, Booth había representado el papel de Bruto en Julio César de Shakespeare.

Extracto del libro Trayectos Póstumos de Omar López Mato.

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