Nace Artigas, nace el federalismo

José Gervasio Artigas nació el 19 de junio de 1764 (día de San Gervasio). Según la partida que luce el folio 209 del libro de bautismos de la Catedral de Montevideo, era hijo de Martín José Artigas y Francisca Antonia Aznar Rodríguez[1]. Su abuelo Juan Antonio Artigas Ordobas había acompañado a Bruno Mauricio de Zabala en la fundación de Montevideo. Era de ascendencia española y provenía de Puebla de Albortón en Zaragoza. Fue soldado del rey y estanciero, hombre prominente de la política local.

La abuela, Ignacia Javiera Carrasco y Melo – Coutiño, descendía por vía materna de la princesa inca Beatriz Tupac Yupanki[2]. Corría por las venas del oriental sangre india y, a su vez, por esta abuela se enlazaba con las casas reinantes en Europa, remontándose a Carlomagno y los Reyes de Portugal, incluido cierto parentesco con el legendario Cid Campeador.

No dice el asentamiento parroquial[3] que José Gervasio haya visto la luz en Montevideo, de allí que surgen versiones que señalan a Artigas como oriundo de Villa Sauce, departamento de Canelones, donde sus padres tenían estancia. Las considerables distancias que separaban esta localidad de Montevideo hacían poco probable que una criatura de tres días hubiese viajado ese trecho para ser impuestos los óleos cristianos dos días después del nacimiento. Es más lógico pensar que al acercase la fecha de parto la familia haya viajado para asentarse en Montevideo.

Era don Martín propietario de tierras heredadas de su padre en Chamiza y Casupá. Por el lado de su esposa tenían la ya mencionada estancia en el Sauce, también llamada “del conejo”, donde había nacido José Gervasio.

Su padre fue uno de los más distinguidos miembros del Cabildo habiendo ejercido distintas funciones, como la de Alguacil Mayor, Alférez Real y Alcalde de Hermandad desde 1758. Fue, a su vez, el primer oficial de milicias de Montevideo.

El matrimonio tuvo seis hijos. La mayor era Martina Antonia, le seguía José Nicolás y el tercero era nuestro José Gervasio, el menor era Manuel Francisco. Pedro Ángel y Cornelio Cipriano murieron antes de 1806. La familia vivía en la chacra de Don Martín, junto al Arroyo Carrasco.

José Gervasio se educó en el convento de San Bernardino de los padres franciscanos. Era un buen alumno, despierto, de rápido aprendizaje. Allí tuvo como condiscípulos a varios personajes con los que compartiría idearios y desventuras, entre ellos el Padre Larrañaga, sabio naturalista que pondría sus habilidades y conocimientos al servicio del movimiento independentista.

Poco tiempo pasó Artigas en el colegio. Obligado por circunstancias que desconocemos y que se han prestado a especulaciones, debió iniciarse en las tareas rurales a la edad de catorce años. Su abuelo materno, Felipe Pascual Aznar, había visto en sus inclinaciones literarias cierta tendencia a la contemplación cristiana. Por esta razón instituyó una capellanía a nombre de José Gervasio. Sin embargo, al llegar a la mayoría de edad, el joven no sintió el llamado de la fe y la capellanía quedó vacante.

Artigas jamás dejó de lado su inclinación por la lectura. Aún en campaña, entre batallas y actos de gobierno, siempre se lo veía con un libro entre las manos cuando la oportunidad le era propicia.

Desde los catorce años aprendió el duro oficio de manejar al gauchaje levantisco, a la indiada inquieta y a los contrabandistas portugueses. Un poderoso estanciero de Paysandú, Chantre (o Chatre) de nombre, lo contrató como capataz, conocedor de sus habilidades en el manejo de la hacienda, negocio que prosperó después del convenio firmado por el virrey Arredondo, donde se concedía a los buques que introdujeran negros del África para llevar en retorno frutos del país. A raíz de esta disposición, de 1792 a 1796, se exportaron 3.790.585 cueros vacunos del Río de la Plata.

A nadie le queda claro como este joven pasó de estanciero a cuatrero y contrabandista, pero existen muchos registros de sus correrías como los que reporta el subteniente de Blandengues, Esteban Hernández, quien dice haberlo visto a “Pepe” Artigas conduciendo 4.000 animales al frente de 80 hombres de armas, “los más aportuguesados”. También se cita el testimonio del general Nicolás de Vedia quien recuerda a Artigas en 1793 a orillas del Bacacay, “circunstancia de muchos mozos alucinados que acababan de llegar con una crecida porción de animales para vender”.

Su leyenda se comienza a construir con episodios románticos como los que relata el general Guillermo Miller en sus Memorias, cuando rodeado por tropas del gobierno, el Artigas de vida airada, ordena a su partida matar a sus caballos para parapetarse tras ellos y así soportar el asedio hasta la noche, momento en que pueden huir amparados por las sombras.

Entonces el límite entre los negocios ilícitos y los legales era una línea imprecisa, que se esfumaba ante las promesas de buenas ganancias. Esa perspectiva de negocios redituables era el mismo estímulo que motivaba a los comerciantes porteños de encumbrados apellidos a incurrir en el contrabando que llenaba sus depósitos y sus bolsillos.

La estrecha economía virreinal estimulaba estas prácticas reñidas con las leyes de Indias, hechas solo para beneficio de la Metrópoli. La lucha contra esas restricciones fueron justamente las que alimentaron el ideario de Mayo. El grito de libertad no fue el de los esclavos sino el de los comerciantes. Fueron los negocios y no el sometimiento individual ni las vejaciones personales las fuerzas que empujaron la gesta de 1810.

Al norte de Río Negro, Artigas convivió con los charrúas y minuanos de los que se valió en sus numerosas correrías de esos años. De ellos aprendió el arreo sigiloso que en la oscuridad de la noche hacía desvanecer tropillas y ganados sin un relincho, sin dejar una pisada. A nadie respetaban sino a Artigas, lo admiraban por jinete, por valiente, porque no eludía las fatigas para lograr el respeto a esta gente. Con él y solo Artigas suscribieron una alianza después de 300 años de guerra con el blanco. Desde entonces cabalgaron a su lado, lucharon a sus órdenes y lo siguieron en la adversidad.

Es interesante la descripción que hace doña Josefa Ravía, sobrina de José Gervasio, de su tío Pepe, “un paseandero y muy amigo de la sociedad”, que gustaba vestirse bien a “lo cabildante” (o como se diría con los años, un cajetilla) de modo afable y cariñoso. De Vedia, al que la figura de Artigas, como hemos visto, no le caía nada bien, afirmó que “hacía la primera figura entre sus compañeros”, es decir perfilaba como un joven carismático que gustaba “jugar a los naipes y tocar el acordeón”.

 

[1] Al parecer, su nombre era Francisca Antonia Pascual Rodríguez.

[2] Investigación genealógica realizada por el Ing. José Bozzo. Publicada en Porfolio de Paysandú.

[3] Algunas versiones señalan que la firma del párroco en la partida de nacimiento es apócrifa.

 

Texto extraído del libro Artigas, un héroe de las dos orillas (Ed. El Ateneo).

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