Los nenúfares de Monet y un canto al heroísmo

Hacia 1908, Claude Monet comenzó a percibir problemas visuales durante su visita a Venecia. Entonces se dio cuenta que los colores estaban cambiando: el azul se atenuaba y todos sus cuadros adquirieron un matiz rojizo, que el pintor creía se habían vuelto “odiosamente falsos”.

Recién en 1912, el Dr. Jean Rivière hizo el diagnostico de cataratas. Fue como una condena a muerte para Monet. En seguida recordó el tormentoso postoperatorio de la cirugía de Honoré Daumier y su irremediable ceguera, o los problemas de la pintora Mary Cassatt (quien además era diabética) que la llevaron a dejar los pinceles. No, no, Monet no estaba dispuesto a operarse.

Entonces se encerraba a pintar en su taller y rompía los cuadros cuyos colores le parecían irreales. Se dice que despedazó no menos de 15 pinturas que hoy valdrían millones. Para saber qué color debía usar, ya no confiaba en su percepción sino que leía el título en el pomo que habría de utilizar.

Su afección evolucionó y para cuando el mundo se despedazaba en una guerra de trincheras, el presidente Clemenceau –quien además era médico y admirador de la obra de Monet– le pidió que pintara una obra que reflejase el coraje del pueblo francés.

Desde hacía tiempo, en su casa de Giverny, Monet se había obsesionado con las flores acuáticas que proliferaban en su fuente bajo un puente al estilo japones. ¿Qué mejor homenaje que flores para  los caídos?  No eran cualquier flor la que iba a ofrecerles, el pintor había traído los Nenúfares especialmente de Oriente, y en ese ambiente donde crecían, pretendía crear un refugio de meditación.

Monet se abocó a la tarea encomendada. A tal fin se había destinado un sector de la Orangerie, antigua dependencia del Palacio Real, a pocos metros del Jeu de Paume (el juego de palma)  donde se había reunido la Convención que dio los primeros pasos que llevaron a la Revolución de 1789. El espacio asignado era un cuarto oval. La disposición de los paneles daría en aspecto de una obra sin comienzo ni final.

Tardó poco en darse cuenta que sus limitaciones visuales eran un impedimento insalvable para concluir la tarea. Fue entonces cuando se dirigió a su amigo Clemenceau para explicar este inconveniente y desistir de la misión asignada, ya que tenía pánico a operarse.

Clemenceau, con la misma determinación con la que había enviado a millones de soldados a morir en las trincheras, envió a Monet al quirófano. El cirujano elegido fue el joven Dr. Charles Coutela, miembro de la Academia de Ciencia de Francia que había colaborado con la Encyclopédie française d’ophtalmologie, es decir, un profesional muy preparado para llevar adelante esta tarea que demostró ser más difícil de lo pensado.

Claude Monet, ese genio del impresionismo, ese maestro del color era un paciente pusilánime, desconfiado y poco proclive a obedecer las indicaciones de sus médicos. Además de cometer todos los desmanes posibles durante la intervención, desde moverse, quejarse continuamente y hasta ¡vomitar!, no guardó el reposo indicado –que era necesario para el éxito de la operación ya que en esa época se daban pocas puntadas en la incisión–. A pesar de todo, el resultado fue satisfactorio para Coutela, quien le escribió al ministro Clemenceau sobre los notables adelantos en la visión de su paciente.

Sin embargo, estos no condecían con las amargas cartas que le enviaba el pintor al cirujano quejándose sobre “la irrealidad de los colores”.

Coutela quedó desconcertado por esta insólita queja. En cartas desgarradoras Monet expresaba sus molestias sobre esta deficiencia cromática (“el azul es irreal”) .

Invocando compromisos profesionales le recomendó a otro colega, el Dr. Jacques Mawas, quien mantuvo con el artista una larga relación epistolar que afortunadamente han llegado a nuestros días. En ellas escribió: “Veo el azul, no veo el rojo ni el amarillo; me fastidia terriblemente porque sé que esos colores existen, porque sé que en mi paleta hay rojo, amarillo, un verde especial y un tipo de violeta… pero ahora no los veo como los veía…”

Para ilustrar su problema, le envió al doctor dos cuadros del mismo paisaje de su jardín de Giverny, el puente japonés sobre la laguna que alojaba sus nenúfares. En la obra pintada con el ojo operado, primaban el azul y los colores fríos. En la pintada con el ojo con cataratas (que jamás se operó) abundaban los rojos y marrones.

La solución que propuso Mawas fue muy simple, prescribió gafas oscuras para compensar esta discromatopsia, fruto de la falta de cristalino, ya que este tiene una pigmentación amarillenta que por las cataratas avanza al marrón, dando ese tinte tan particular a los objetos. De allí en más, en todas las fotografías de Monet, hasta el día de su muerte, se ve al artista luciendo esos anteojos oscuros.

Aún hoy, muchos pacientes al día siguiente de una intervención de catarata, una de las primeras cosas que relatan es esta novedad cromática, especialmente en el fuego de la hornalla.

Monet pudo continuar pintando y terminar la obra encomendada, glorificando al heroísmo del pueblo francés y la  olvidada gesta de los médicos franceses que soportaron con estoicismo las terribles condiciones de trabajo en los hospitales de campaña, curando cuando podían, aliviando el dolor de los combatientes y entregando con resignación, cuando no había otro remedio, la última trinchera al asalto de la muerte… Pero también esta historia no solo es un canto al heroísmo del pueblo francés sino a los médicos que libran una batalla solitaria donde solo pueden valerse de sus conocimientos, de sus habilidades y de la paciencia.

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