Los Hermanos Carrera: Los rezos de Antígona

La hermana, 1828

La idea de que sus hermanos hubieran comparecido ante dos tribunales, uno humano y otro divino, la atormentó por años. La vieja creencia de que los hombres al morir son juzgados por un Dios severo pero indulgente, con una balanza justa para pesar las buenas y las malas acciones, la ayudó a convencerse de que habían pasado la prueba final y ya estaban a salvo, tranquilos y perdonados. Vivían en la gracia divina.

Sus rezos no cesaron ni un instante desde aquellos penosos días en que conoció la noticia. Triste y abatida, sus muertes fueron como desgarros a los que no hubiera podido oponer resistencia. Ahora, en un viejo oratorio doméstico que tenía en su casona en Santiago de Chile, ubicado junto a su habitación y repleto de imágenes santas que la miraban, Javiera seguía rezando. La acompañaba un sentimiento desde hacía tiempo. Unos simples mortales en Mendoza habían fusilado salvaje mente a sus hermanos en un viejo paredón. Estaban solos, en terrados en un humilde cementerio lejos de ella, que los había visto nacer. Era tiempo de que volvieran.

Como si fuera una cansada Antígona rezó cuanto pudo y se sumergió en duras penitencias para ver si con ellas también podía ayudar a cumplir su deseo. Ansiaba traerlos, rendirles los honores fúnebres para que sus almas dejaran de andar vagando en pena. Quería tener sus cuerpos cerca, donde la mirada de los suyos pudiera acariciarlos. Era una ferviente cristiana y esto la mantenía en pie. Corría 1828 y no iba a descansar hasta conseguirlo.

Para la misma época, en el Congreso de Chile y desde hacía por lo menos dos años se venía discutiendo la necesidad de rendir homenaje a los héroes y defensores de la Patria en tiempos de la independencia. Dividida la política del momento en “pipiolos” y “pelucones”, como les llamaban a los grupos que se oponían respecto de cómo debían organizar la república, las tendencias liberales y progresistas de los primeros y conservadoras y ortodoxas de los segundos, coincidían en que a pesar de las diferencias debían honrar la historia del país. Los guerreros, los soldados y los jefes políticos y militares de la independencia debían tener su lugar y ser homenajeados.

En los debates que se dieron en el Congreso salió a la consideración lo que estaban haciendo algunas repúblicas en Europa con los caídos en batallas memorables cuando las guerras napoleónicas. Los honores rendidos a Louis Desaix por su actuación desde los tiempos de la Revolución Francesa y la noticia de que se estaba levantando por iniciativa de Napoleón un arco de triunfo desde 1806 para rendir homenaje a sus soldados más prominentes les mostró a los congresales que nada impedía que se hiciera lo mismo.

Javiera aprovechó la oportunidad para hacer oír sus deseos y haciendo uso del peso que el apellido Carrera había tenido cuando la revolución, le pidió a los parlamentarios por sus hermanos. Incluso aprovechó la cercanía de su sobrino José Miguel Carrera Fontecilla, hijo de su hermano José Miguel, para pedir que los repatriaran desde la Confederación Argentina. El joven era nada menos que el edecán de Francisco Antonio Pinto, el presidente chileno de ese momento. Tenía gran llegada al mandatario. De inmediato se votó por el regreso de estos héroes, se iniciaron los trámites y se conformó una comisión encargada de emprender el viaje y traerlos. El traslado era inminente.

El biógrafo, 1855-1856

Nada de lo ocurrido en aquellas jornadas en el Congreso y de lo que vivió la sociedad chilena antes y después de esas deliberaciones se habría conocido con tanta minuciosidad y detalle si no hubiera existido un biógrafo que se encargó de los “Carreras”, como se los llamó, pluralizando su apellido. Aunque estuvo cargado de interés y sentimientos en la manera como narró la historia carrerina y fue muy subjetivo con algunos hombres que rodearon a los hermanos, como San Martín, sin este historiador es posible que muchas de las historias de lo chilenos en tierras argentinas se habrían perdido para siempre. El cronista, al igual que otros tantos que escribieron durante su siglo, construyó una historia parcial y acomodada a sus intereses y a la ideología imperante.

Benjamín Vicuña Mackenna, el joven biógrafo, y Javiera, la anciana hermana de los Carrera, se frecuentaron los últimos meses de 1855 y primeros del siguiente año. Los detalles que salieron a la luz después, algunos de ellos narrados con familiaridad y confianza, así lo indican. Se vieron para conversar sobre lo que cada uno tenía y sabía. Javiera conservaba intacto el recuerdo de haber vivido la revolución y Benjamín los datos de los documentos hallados en los archivos oficiales en la Argentina. Una podía dar su testimonio personal y el otro aportar las copias de las fuentes.

Para ese entonces “doña Pancha” o “la Panchita”, como la aludían con cariño los criados por llamarse Francisca Javiera, vivía casi recluida y atendida por el servicio doméstico en una hermosa hacienda que la familia tenía en San Miguel de El Monte, en las afueras de Santiago. Los restos de sus hermanos ya habían sido repatriados. Pasaba sus días sola cultivando con esmero un inmenso jardín y cada tanto era visitada por algunos de sus siete hijos, dos del primer matrimonio con Manuel de la Lastra y Sotta, y cinco del segundo marido, Pedro Díaz de Valdez. Hasta ese sitio se llegaban además algunos pocos amigos que le iban quedando, como José Eyzaguirre, Andrés Bello y su segunda esposa, Elizabeth Antonia Dunn, que a su vez eran acompañados por algunos de los diez hijos del matrimonio. La familia, Dios, la educación, la política y las leyes eran temas recurrentes en aquellas reuniones, colándose cada tanto la historia de América y del mundo como así también la de algunos personajes.

Conocido de la familia por su estrecha amistad y confianza con José Miguel Carrera Fontecilla, al biógrafo no le costó llegar hasta Javiera. Aunque la relación entre Benjamín y la matriarca del clan al principio fue tirante y teñida de cierta desconfianza por la idea de hacer un libro sobre los hermanos, con el tiempo desaparecieron los resquemores y las diferencias para dar paso a un vínculo de amistad. Uno solía mostrar en las charlas la vitalidad y la vehemencia propia de la juventud, la otra, la serenidad y la reflexión alcanzadas con los años.

El joven entró en contacto con Javiera ni bien regresó a Chile luego de un largo exilio en Europa y América durante tres años. Había andado por Estados Unidos, México y Canadá en el Nuevo Mundo, y Francia, Inglaterra, Italia, Austria, Alemania, España y Portugal, en el otro continente, curioseando diversas geografías y culturas. En algunos de estos países había hallado información sobre las revoluciones en América, que le sirvieron para construir una pequeña base de datos y hacerse de unos mil trescientos libros que trajo para formar su biblioteca. Atrás habían quedado las zozobras que vivió cuando en noviembre de 1852 debió partir de incógnito desde Valparaíso hasta California, para mostrar a través de su nueva actividad de escritor lo que sabía y había logrado. La proscripción política recaída sobre el apellido Vicuña Mackenna por su entera responsabilidad le pesaba, sintiéndose obligado a redimirlo. Unas notas históricas pedidas por el periódico El Ferrocarril y la opinión de una de las pocas sobrevivientes de las luchas independentistas podían ser una gran oportunidad.

De regreso por el Brasil a mediados de 1855 y con una breve escala en el Uruguay, su estada en la Argentina para después volver a su patria lo había marcado definitivamente. En el Plata le rindió un respetuoso homenaje a su abuelo Juan Mackenna O´Really, muerto precisamente en un duelo con Luis Carrera, el hermano menor de la anciana. Aunque no había conocido al padre de su madre, arrastraba el mandato familiar de honrarlo y hacer que su nombre fuera recordado. Por esa razón se llegó hasta el convento de Santo Domingo, en el barrio porteño de Monserrat, donde estaba enterrado. En uno de los costados del altar hizo colocar una placa de mármol de Carrara con su nombre y el día de la muerte. No pudo dar con el almirante Guillermo Brown, que actuó como padrino de su abuelo, pero igual alcanzó a reconstruir los sucesos de aquel nefasto día. En los pocos ratos libres que tuvo estrechó víncu los con algunos intelectuales argentinos como Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sarsfield y el sanjuanino Sarmiento. Habló con ellos de historia y de política, los temas de su preferencia. Aprovechó su estadía en Buenos Aires para revisar algunos archivos que le indicaron y copiar documentos sobre la historia de su país. Fue el primer historiador chileno que hizo esa faena y tuvo a su disposición documentos de gran importancia para construir el relato histórico. Finalizada la tarea y encaminado hacia Mendoza para el regreso a su tierra natal, un hallazgo fortuito e inimaginable en el archivo provincial completó el material que había venido recolectando. Estaba listo para construir el relato.

Javiera escuchó con atención cada una de las palabras y los hechos que Benjamín le refirió. A lo largo de las semanas en las que tuvieron encuentros se permitió agregar sabrosos detalles sobre los personajes que aparecieron en las charlas, aunque en general prefirió callar y esperar para enterarse de lo que el joven había encontrado. Un cuaderno marrón que traía con él y que solía dejar sobre la mesa para tomar sus notas, le servía cada tanto para sacar de adentro algunas hojas sueltas y mostrárselas como si fueran diamantes. La locuacidad del joven era tan grande y las imágenes que describía tan vívidas, que Javiera prefería sumergirse en ese pasado en el que, aunque le dolía, había sido joven y cabeza de bando. Vicuña Mackenna le relató hechos conocidos y otros que no lo fueron tanto.

A Juan Mackenna lo recordaba. ¿Cómo no hacerlo? Casado con Josefina Vicuña Larraín, la abuela de Benjamín, habían formado una de las parejas más célebres de la aristocracia chilena de su tiempo. Considerado apuesto por las mujeres, también había sido famoso por su caballerosidad y su declarado amor hacia su esposa. Ella provenía de una familia de gran peso político y económico en el Chile colonial, pero de marcada antipatía y rivalidad hacia los Carrera. Esto siempre había quedado de manifiesto, al menos en lo político y en los negocios.

Javiera no guardaba el mejor de los recuerdos sobre el general Mackenna. Así se lo hizo saber a Benjamín con cruda sinceridad. Todavía vivía en ella el convencimiento de que el abuelo del historiador había sido el verdadero responsable de la expulsión de sus hermanos del ejército chileno a principios de 1814. Unos meses después su hermano José Miguel, cuando fue gobierno durante el período de la Patria Vieja, lo mandó a deportar a la ciudad de Mendoza junto a otros militares, considerándolo sedicioso y perjudicial para la tranquilidad de la patria. El militar irlandés, al haber llegado primero a Cuyo habló con San Martín, quien ya estaba instalado en la provincia, y lo malquistó con los Carrera. Los sucesos posteriores a Rancagua ese año, como la pelea en la aduana de Uspallata cuando les revisaron el equipaje a los Carrera buscando el supuesto dinero que se habían robado del tesoro de Chile, de algún modo confirmaron la influencia del irlandés. El duelo con Luis no había hecho otra cosa que poner punto final a tantas injusticias y saldar una deuda de honor.

Javiera tomó aliento y con paso firme se dirigió en busca de una caja con tapa oscura guardada en un bargueño de nogal que había pertenecido su padre, Ignacio de la Carrera. Atesoraba en esa suerte de cofre algunos números de la Aurora de Chile, el primer periódico del país, y también ejemplares de la Gaceta de Buenos Ayres, de cuando su paso por el Plata durante el exilio. En ellos el nombre de su familia se repetía una y cien veces mostrando cómo en la Argentina siempre los habían tratado mal. También guardaba papeles viejos y decenas de cartas amarillas enviadas por su esposo Pedro Díaz de Valdez, en donde le contaba de sus hijos y de las atrocidades que cometieron los españoles sobre los criollos cuando entraron a Chile en octubre de 1814. Algunos sobres aún conservaban restos de las obleas de masa de harina redonda y delgada como una hostia que se usaban para cerrarlas.

Sin desordenar mucho los papeles porque sabía lo que buscaba, Javiera le alcanzó a Benjamín el informe que había escrito Mackenna al Director Supremo Francisco de la Lastra a principios del 1814. Allí denunciaba abiertamente a sus hermanos, haciendo que los expulsaran del ejército. El joven reconoció de inmediato la letra de su abuelo ni bien tuvo el papel en sus manos. Algo deteriorada la hoja por el paso del tiempo, leyó con atención: “Tres jóvenes sin los menores conocimientos militares, ni políticos, sin valor personal, y sin más cualidades de tiranos que la irrelijion i la inmoralidad, se constituyen, mediante el abuso de cuanto hay de sagrado entre los hombres, árbitros de la suerte de un millón de almas”

Mientras el biógrafo leía, Javiera se preguntó en voz alta cómo era posible que unos jóvenes que le habían dado la primera carta orgánica a Chile, la primera bandera y escarapela a la Patria, y la primera imprenta y diario para difundir las ideas y las noticias del momento, podían ser tildados de tiranos. Cómo era posible que esos muchachos, que habían creado escuelas y establecido las primeras relaciones diplomáticas con potencias extranjeras, fueran considerados ignorantes. Cómo podía ser que sus hermanos, que se habían batido contra los godos a fuerza de sable y pólvora, dando sus propias vidas por la libertad de Chile, fueran vistos sin valor personal y sin conocimientos militares. Bernardo O´Higgins, Mackenna, los Larraín y tantos otros eran responsables de que sus hermanos y su familia fueran tildados de “ladrones”, “facinerosos” y “anarquistas”.

Preocupado por el giro que había tomado el encuentro y teniendo en cuenta la nota que acababa de leer, Benjamín suavizó la molestia de Javiera aclarándole que según su interpretación personal en ese tiempo no hubo ni buenos ni malos entre los criollos, sino mucha inexperiencia, desorden, des orientación, premura en las decisiones y momentos difíciles en los que había que actuar de prisa y con lo que se tenía a mano. También le aclaró que existieron muchos planes, unos continentales y de acción conjunta y otros individuales y focalizados como el de los Carrera, que interactuaron, eligiéndose al fin el más acorde con la situación. A ninguno de los hombres que estuvieron en esos años le faltó el coraje y a todos les resultó difícil salir de más de 300 años de dominación y empezar a gobernarse a sí mismos. Una cosa había sido la exitosa revolución en el Plata, con la independencia de las colonias norteamericanas en el Norte como ejemplo, o Francia con su libertad e igualdad, y otra la de Chile, con Perú a la cabeza y el virrey Abascal oprimiéndolos y defendiendo la monarquía. De todas las colonias del imperio español en América, Chile había sido siempre la más pobre y la más atrasada. Si había habido un malo en todo ese conflicto no había sido su familia, sino el imperio español y su maquinaria de matar en forma tan salvaje, le argumentó el historiador.

Benjamín buscó dentro de su cuaderno la nota donde el hermano de Javiera lo retaba a duelo a su abuelo. No guardaba ningún rencor por eso pero era una deuda pendiente que tenía con la anciana el mostrársela para convencerla de que era tiempo de escribir una historia que rescatara a su familia. Había hallado el trozo de papel en Buenos Aires, confundido entre otros papeles referidos a la revolución. Lo copió con especial cuidado porque sabía que llegaría un día en que ese documento sería de gran utilidad. En esa nota Luis le decía, “Usted ha insultado el honor de mi familia y el mío con suposiciones falsas y embusteras; y si usted lo tiene, me ha de dar satisfacción desdiciéndose en una concurrencia pública de cuanto usted ha hablado, o con las armas de la clase que usted quiera y en el lugar que le parezca. No sea, señor Mackenna, que un accidente tan raro como el de Talca haga que se descubra esta esquela. Con el portador espero contestación de usted”. Los duelistas ya habían intentado en otra oportunidad enfrentarse. Esa vez, lo hicieron al fin el 24 de noviembre de 1814 en Buenos Aires. El tiro certero de Luis acabó con la vida del abuelo del historiador.

Los hermanos 1818-1821-1828

Benjamín supo por primera vez de los hermanos Carrera cuando era pequeño. En su casa se hablaba de ellos entre dientes, culpándolos cada vez que se los mencionaba de la muerte de su abuelo Mackenna. A los 20 años, estando preso por participar en 1851 en un motín al mando del general Urriola contra el gobierno de Montt, volvió a saber de ellos cuando compartió la celda con José Miguel Carrera Fontecilla, quien le refirió la historia de su padre y sus tíos. Hechizado por el relato que escuchó y por la tragedia que cruzó a la familia en suelo argentino, le prometió a su amigo algún día escribir la historia. La libertad alcanzada por los dos muchachos luego de un escape novelesco en el que Benjamín salió disfrazado de mujer de la cárcel, más el posterior exilio y hallazgo de documentos sobre la familia, lo dejaron en condiciones de cumplir con la promesa. Él daría su propia versión.

De regreso de su ostracismo y de paso por Mendoza, el hallazgo en el archivo de la provincia del proceso judicial que le llevaron adelante a José Miguel, más notas, bandos, documentos y pedidos de informes sobre la familia y el reo, significó para el futuro historiador un tesoro. Lo más valioso fue la causa criminal y sentencia de muerte, en donde halló datos hasta entonces desconocidos. Ningún otro historiador los había consultado. Estaban vírgenes de lecturas. Él podía reconstruir todo.

Juan José, José Miguel y Luis cayeron fusilados en un paredón de adobe en la plaza de armas de la ciudad de Mendoza. El primero y el último lo hicieron el 8 de abril de 1818, cuando tenían 36 y 27 años, respectivamente. Según se enteró Benjamín al salir a recorrer los sitios del martirio, Juan José lloró, pidió clemencia y al fin se quebró frente a los soldados. Su hermano menor lo abrazó y consoló hasta sentir que unos brazos los separaban con brusquedad para que las balas pudieran perforar sus cuerpos. Los mataron bajo la acusación de haber conspirado contra las autoridades constituidas y de atentar contra la vida de San Martín y de O´Higgins, los generales que estaban llevando adelante la guerra independentista. José Miguel, el hermano con más personalidad y capacidad de mando de los tres, murió el 4 de setiembre de 1821. Tenía 36 años como Juan José. Se lo acusó de atentar contra la Patria y la libertad y de conspirar contra la independencia de América. Pidió morir de pie, con los ojos sin vendar para mirar las montañas que conducían a Chile y dando la voz de mando a los tiradores. Se le concedió todo, excepto lo último. El condenado, burlando una vez más la autoridad como había hecho siempre, de pie y observando de frente al menguado pelotón, levantó la mano derecha y la colocó por debajo de su corazón, indicándoles a los verdugos con un ademán dónde debían disparar. Dos balas atravesaron su corazón y otras dos destrozaron su cara. No quiso confesarse. Murió enojado con Dios y con los hombres. Una junta militar lo había condenado de antemano, montando un juicio en 24 horas y sin el protocolo de rigor por su investidura. Era un general de la patria chilena.

En Mendoza, Benjamín escuchó el relato de los lugareños y visitó La Caridad, el cementerio de disidentes cercano a la Plaza de Armas donde fueron enterrados los Carrera. Era un camposanto a donde iban a parar los que no profesaban la fe católica, los pobres y los que morían fuera de la ley, como los fusilados. En ese sitio y habiendo divisado gracias a una placa que recordaba el cuadro de tierra que los tres hermanos ocuparon, el historiador imaginó en su mente la escena final.

Javiera sintió correr el frío de la muerte por su espalda. Estaba escuchando el relato de aquellas tragedias una vez más, pero ahora de alguien que había estado en el lugar e investigando sobre los hechos. Benjamín tenía los documentos del proceso de José Miguel y eso para ella era nuevo.

Muertos los dos primeros Carrera, sus cuerpos fueron cargados en unas carretas y llevados al campo santo para tirarlos en una gran fosa bajo una lluvia de cal. Con José Miguel la cosa fue diferente. Sosegada la muchedumbre que había gritado improperios pidiendo a gritos que lo mataran, la tropa que lo ultimó desfiló frente al cadáver y un soldado de la retaguardia, con un filoso cuchillo, le separó la cabeza y los brazos con gran destreza. Desgarró primero el bello uniforme que llevaba y luego de arrancar los miembros los mostró como si fueran simples trozos de carne de un animal. Lo que quedó del cuerpo fue a parar al cementerio junto a sus hermanos y la cabeza desnuda con el rostro rasurado esa mañana, fue colgada en el pórtico del cabildo durante tres días en señal de lección y escarmiento para quienes osaran seguir el ejemplo del chileno. Los dos brazos salieron de Mendoza y se perdieron de provincia en provincia, luego de que los gobernadores de San Juan y San Luis los expusieran como botín de guerra ganado al enemigo. Descolgada la cabeza, el cráneo desaparecería para empezar a rodar la leyenda de que había sido robado y estaba en El Paico, en Chile, escondido en la capilla de un amigo de la familia.

Traspasada por tanto dolor por lo que había escuchado y leído en la causa que Benjamín le reveló, la anciana dama le completó el relato al biógrafo contándole del traslado de los restos.

El 3 de mayo de 1828, luego de haber hecho innumerables trámites en el Congreso y ante el presidente Pinto, sus hermanos regresaron a Chile. El país demoró catorce años en saldar la deuda con ellos y en nombrarlos héroes de la Patria. Pedro Díaz de Valdés, hijo de Javiera; el teniente coronel José Paciente de la Sotta y el coronel Antonio Cotapos, todos amigos de la familia y elegidos para repatriarlos, llegaron al país con los restos de los Carrera, cerrando así un círculo que se había abierto en 1814 en los tristes días de Rancagua. En Mendoza, el gobernador Juan Corvalán y Martínez de Rosas, que los había conocido, se portó ejemplarmente rindiéndoles los honores que nunca antes les habían dispensado. Un responso pago en una de las iglesias de la ciudad cuyana hizo que se pidiera por la salvación de sus almas y unas pocas campanadas pusieron fin al acto.

Durante cuarenta días los Carrera permanecieron depositados en el Templo del Carmen de San Rafael en Chile, mientras las autoridades ultimaban los detalles para homenajearlos. El 14 de junio fueron llevados a la iglesia de la Compañía de Jesús, mientras en las calles los chilenos rindieron su propio homenaje al verlos pasar. Desde el Fuerte Hidalgo, en la cima del Cerro de Santa Lucía, unas salvas de cañón disparadas cada media hora, acompañaron el traslado, mientras desde las plazas de la ciudad los regimientos respondieron con detonaciones. Santiago se estremeció ante cada estruendo y honró de este modo a sus héroes. Una fosa en el Cementerio General de Santiago fue el sitio dispuesto por un tiempo para depositar los restos, para después ser traslados sin tanta pompa y exposición pública a un sector de tumbas ubicadas junto a la capilla de la necrópolis.

Javiera y Benjamín no hablaron del final de la historia, que se completó el 20 de agosto de 1862 cuando se abrió el testamento dejado por Javiera, muerta ese mismo día. En él la anciana dejó expreso mandato de ser enterrada junto a sus hermanos. Este deseo se cumplió recién en 1952 cuando, luego de ser remodelada la iglesia del cementerio y los restos de los Carrera movidos a la iglesia de la Recoleta Dominica, donde estuvieron un tiempo, al final los cuatro volvieron a juntarse en la iglesia Catedral de Santiago.

El final 1857-1858

Benjamín Vicuña Mackenna publicó sus notas sobre los Carrera en el periódico El Ferrocarril dos años después de haber vuelto de su exilio y conversado con Javiera. Casi en forma inmediata el editor del periódico sacó a la venta en 1857 “El Ostracismo de los Carreras. Los Jenerales José Miguel i Juan José i el Coronel Luis Carrera. Episodio de la Independencia de Sud-América”. El libro resultó un fracaso editorial en ventas y un verdadero dolor de cabeza para su autor. Un manto de sospecha cayó sobre el biógrafo y un velo de misterio corrió en torno a la reconstrucción histórica hecha. Desde la Argentina se conoció la acusación de que la documentación había desaparecido como por arte de magia luego de que “un viajero chileno de renombre literario” había visitado el archivo de Mendoza y consultado la causa criminal de José Miguel Carrera. La habían echado de menos unos historiadores locales al intentar corroborar algunos datos.

El biógrafo debió salir a dar explicaciones mediante una carta publicada en un diario en marzo de 1858. En ella se defendió diciendo que si bien había tenido los originales en sus manos, cuando el encargado del Archivo lo dejaba solo para que hiciera sus investigaciones con tranquilidad había sacado copias de su puño y letra. Luego había depositado los papeles sobre un mesón. Los documentos estaban perdidos y nunca más se hallarían.

Javiera leyó el libro y tuvo la secreta sensación de que algunas cosas no se correspondían con la realidad. Sabía que más que una biografía de sus hermanos era una defensa, por lo que nada agregó ni dijo públicamente. En definitiva, Benjamín no se había apartado de lo descriptivo y panegírico, como era común en la época, dando a los lectores un texto laudatorio, lleno de datos fehacientes y frases altisonantes. Para llegar a ese tipo de obras algunos escritores se habían permitido la licencia de acomodar fechas, cambiar datos, ensalzar o demonizar a hombres e imaginar la realidad.

El biógrafo, y tal vez la anciana, construyeron un relato real uno, e imaginario la otra, en el que San Martín, Luzuriaga, Godoy Cruz, Pueyrredón, Monteagudo y muchos otros que actuaron en tiempos de la independencia fueron jueces implacables en una tierra propia. Ninguno de los dos pensó que las muertes de los Carrera pudieron ser producto de un terror nacido como consecuencia de la revolución y de un tiempo de profundos cambios, inexperiencias y desencuentros vividos en Sudamérica.

La violencia política e ideológica, nacida de la opresión, del saqueo y del abandono de tantos años, fue la gran protagonista en aquellos tiempos. Enseñoreada a principios de siglo, adoptó mil rostros, al tiempo que fue cobrando a sus víctimas en los lugares más remotos de la geografía. Primero fueron españoles contra criollos y un pobre cura como Miguel Hidalgo y Costilla fue fusilado y decapitado en Chihuahua, México, por querer independizarse de España. Después fueron criollos contra españoles y la famosa frase conocida en la época de “salir a la caza de los godos”. La supuesta justicia condenó al francés Liniers y al español Álzaga por contrarrevolucionarios, fusilándolos a uno en Cabeza de Tigre, Córdoba, y al otro en la ciudad de Buenos Aires. Con ellos murieron militares, sacerdotes, gobernadores y gente común, defensoras de sus propias ideas. En la década del ´20, la violencia se irradió hacia los nacidos en América del Sur, siendo los Carrera un ejemplo trágico. Se les sumaron en las décadas siguientes los propios criollos nacidos en América, como el caudillo federal Francisco “Pancho” Ramírez o el tucumano Marco Avellaneda, degollado por gauchos mazorqueros, entre muchos otros.

Verdad a medias o mentiras en parte, la historia de los Carrera sirvió para alimentar odios y separar naciones. Malos para unos y buenos para otros, sus figuras se fueron agigantando o debilitando con el tiempo según los intereses políticos del momento.

Como una desesperada Antígona, los rezos de Javiera y el descanso final en la tierra que los vio nacer, sirvió para que las almas de sus hermanos dejaran de vagar eternamente.

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Texto extraído del libro

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