Mira con quién hablas… (parte I)

“Si hablas con Dios, estás rezando; si Dios te habla a ti, tienes esquizofrenia.”

(Thomas Szasz, doctor en psiquiatría y escritor)

A lo largo de la historia se ha instalado como algo natural la comunicación entre dioses y humanos. Y no se hace referencia a los dioses antiguos de los politeísmos (griegos, romanos, nórdicos, etc), que se peleaban, se comunicaban, se celaban y se entreveraban con los mortales sin mayores obstáculos tejiendo a su alrededor mitologías indestructibles, sino a los dioses de los monoteísmos, cuya relación con los humanos siempre ha sido diferente. La exclusividad, la verticalidad, la solemnidad de preceptos, leyes morales y dogmas debían ser instaladas entre los humanos en forma directa pero a la vez mística y sagrada. La irreverencia ante ellas, incluso la duda, representa aún hoy una ofensa a Dios.

     En ese contexto, la palabra de Dios aparece como una inexpugnable prueba de su voluntad. A decir de los tres grandes monoteísmos, la palabra de Dios se encuentra en sus libros sagrados: La Biblia, la Torah, el Corán. En ellos, Dios habla con los hombres.

     A pesar de que no hay ninguna prueba fehaciente de comunicación alguna por vía del lenguaje entre un ser supremo y las huestes humanas terrestres, los encargados de difundir las religiones monoteístas se han empeñado a lo largo de la historia en remarcar la veracidad de dichos contactos y comunicaciones.

     No parece fácil abordar el tema, pero puede ser interesante echar una brevísima mirada sobre algunas de las ocasiones más destacadas en las que Dios y algún humano intercambiaron comentarios, sobre todo teniendo en cuenta que los contenidos de varias de esas “charlas” han sido la sustancia de las creencias de miles de millones de personas, que en algunas ocasiones han dado su vida por sostener su veracidad y en otras han quitado la vida a sus semejantes por dudar de ella.

     El primer diálogo entre el Dios bíblico y un representante de la especie humana fue con Adán, su primer ejemplar. Aparentemente Dios habría dicho algo así (Genesis, 2): “de todo árbol del huerto (el Edén) podrás comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”

    Después parece que Dios hizo que Adán se durmiera y cuando se despertó ya había creado a Eva. Dijo entonces Adán: “esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne”.

    Ya instalados en el Edén, un diálogo trascendente (más bien fundacional)  es el que mantienen la serpiente (sí, sí, una serpiente) y Eva, la primera mujer de la especie humana. Palabras más, palabras menos, parece que algo así fue lo que se dijeron (Genesis, 3):

     –¿Es cierto que Dios les dijo que no coman de ningún árbol del jardín? –dijo la serpiente.

     –Podemos comer los frutos de los árboles del jardín, pero Dios nos dijo que no comiéramos los frutos del árbol que está en medio del jardín (“El árbol del bien y del mal”), porque moriríamos”.

     –Eso es mentira, no morirán; con seguridad que no. Incluso Dios sabe que cuando ustedes coman de ese árbol, comprenderán todo mejor; serán como dioses porque podrán diferenciar entre el bien y el mal –contestó la serpiente.

     Cuando Eva vio que el árbol era hermoso, que los frutos que daba eran buenos para comer y que además ese árbol era atractivo por la sabiduría que podía dar, tomó algunos frutos del árbol y se los comió. Le dio un fruto     a Adán y él también comió.

     Pocas palabras necesitó la serpiente para convencer a los tortolitos, es cierto. No debe llamar la atención que a la pareja humana no le haya sorprendido que una serpiente hablara; se supone que eran los primeros en el universo y no podían saber si los animales hablaban o no; es más, no tenían por qué saber distinguir entre animales y humanos, sobre todo si un animal hablaba como ellos.

    Enseguida nomás vino otro diálogo bastante conocido, en este caso Dios retando a la parejita desobediente.

     Dios llamó al hombre (Genesis, 3):

    –¿Dónde estás? –preguntó. No deja de ser curioso que Dios haga esa pregunta, siendo un ser omnisciente. Pero bueno, son detalles. 

     Adán respondió:

    –Escuché que andabas por el jardín y me asusté porque estaba desnudo, entonces me escondí.

     –¿Quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que les prohibí comer?

     –La mujer que me diste por compañera me dio del fruto de ese árbol, y yo comí.

     Un buchón, Adán.

     Luego aparece Eva en la conversación:

     –La serpiente me engañó y yo comí.

     Enojado, Dios se despacha contra todos: castiga a la serpiente, la obliga a arrastrarse sobre su vientre (o sea… hasta ese momento, ¿la serpiente tenía patas?), después reta y castiga al hombre y a la mujer, castigo que dura hasta nuestros días y, habida cuenta de lo memorioso que parece ser el Gran Jefe, seguramente se prolongue unos eones más, si no nos extinguimos antes.

   Pero los problemas para Dios seguirían con Caín, el hijo mayor de la parejita díscola y tercer humano sobre el universo según La Biblia. Caín había matado a su hermano menor Abel por celos y envidia, y Dios lo interpeló (Genesis, 4):

     –¿Dónde está Abel tu hermano? –pregunta Dios.

     –No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? –responde Caín.

    –¿Qué has hecho? –se ve que a Dios le gustaba preguntar cosas de las cuales sabía la respuesta, lo que parece demostrarse ya que a partir de ahí continuó con una perorata de castigo: “la voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra por matar a tu hermano”, etcetc. 

     Caín se la bancó hasta ahí: “me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé; seré errante y sucederá que cualquiera que me encuentre, me matará”.  

    Pero Dios redobló la apuesta: “ciertamente, quien que te mate será castigado siete veces”. A buen entendedor, “no te mueras nunca, pero agonizá siempre”. Entonces Dios puso una marca en Caín, para que a quien viera esa marca no se le ocurriera matarlo.

     En fin. A esta altura, Dios ya había tenido problemas con los tres primeros humanos de la historia. Estaba a tiempo de liquidar la producción, digamos, y hacerla de nuevo. Pero esa no fue su decisión.

     Y como podía preverse, las cosas no siguieron bien.

  De hecho, más adelante en la Biblia, Dios decide destruir todo. En Genesis, 6, se resume el episodio: “y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia y corrupción”.

     Así que Dios le dice a Noé que ha decidido poner fin a todo ser viviente “porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos”, pero decide exceptuar de tal castigo al bueno de Noé, a su familia y a una pareja de cada especie. O sea que en realidad no liquidaba todo, era más bien una especie de reseteo. Le dice que mandará un enorme diluvio universal y le da instrucciones precisas sobre cómo fabricar una nave salvadora (conocida en la hisoria como “el arca de Noé”). Le dice qué materiales utilizar, le da instrucciones sobre las medidas, dónde poner ventanas, todo. “Estableceré mi pacto contigo y entrarán en el arca tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo. Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo; macho y hembra serán. De las aves según su especie, y de las bestias según su especie, de todo reptil de la tierra según su especie, dos de cada especie entrarán contigo, para que tengan vida. Y toma contigo de todo alimento que se come, y almacénalo, y servirá de sustento para ti y para ellos”

     A lo mejor había calculado que eso sería más barato que hacer todo de nuevo.

     Y Noé hizo lo que Dios le ordenó, por supuesto.

  Siguiendo el derrotero bíblico, encontraremos que uno de los interlocutores preferidos de Dios era Abraham. Lo tenía cortito, eso sí.

     Dios le pide a Abraham que mate a su hijo Isaac (Genesis, 22): “Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, vete a la tierra de Moriá y ofrécelo allí en holocausto.”

     Abraham, afligido pero obediente, decidió obedecerlo, pero Dios en realidad lo que quería era probar la lealtad de Abraham porque buscaba un buen jefe para su pueblo elegido, así que un ángel-delegado detuvo a Abraham cuando ya estaba con el cuchillo en la mano, y le dijo: “no extiendas tu mano sobre el muchacho ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me negaste el sacrificio de tu único hijo.” Aprobaste el examen, Ab.

    Un rato después Abraham recibe un mensaje más que trascendente: “por cuanto has hecho esto y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo, te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar, y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz.”

     Abraham entraba en las grandes ligas del Todopoderoso.

     Ya con diálogo frecuente, otro intercambio interesante entre el buen Dios y Abraham es el diálogo negociador relacionado con la destrucción de Sodoma y Gomorra (Genesis, 18).

      Dios le dijo a Abraham:

     –Ya no puedo aguantar más lo de Sodoma y Gomorra, pues su pecado es muy grande. Bajaré a Sodoma para ver si de verdad sus habitantes son tan malos, para comprobar si es verdad o mentira.

     Curioso que no lo supiera ya.

   Abraham le preguntó entonces, animado por la confianza que ya tenía con el Altísimo:

    –¿Vas a destruir a los inocentes junto con los culpables? Tal vez haya cincuenta personas inocentes en la ciudad. A pesar de eso, ¿destruirás la ciudad y no la perdonarás por esos cincuenta? ¡No es posible que hagas eso de matar al inocente junto con el culpable, como si los dos hubieran cometido los mismos pecados! Tú, que eres el Juez supremo de todo el mundo, ¿no harás justicia?

    –Si encuentro cincuenta inocentes en la ciudad de Sodoma, por ellos perdonaré a todos los que viven allí –contestó Dios, tolerante.

     –Perdona que sea yo tan atrevido al hablarte así, pues tú eres Dios y yo no soy más que un simple hombre, pero tal vez falten cinco inocentes para completar los cincuenta. ¿Sólo por faltar esos cinco vas a destruir toda la ciudad?

     –Si encuentro cuarenta y cinco inocentes, no la destruiré.

     –Tal vez haya sólo cuarenta inocentes… –insistió Abraham.

  Y así siguió Abraham tratando de negociar, bajando el numerito de inocentes para que Sodoma y Gomorra zafaran de la hecatombe. No tuvo éxito, parece: Sodoma y Gomorra fueron destruidas.

     Otro interlocutor frecuente del Dios del Antiguo Testamento fue Moisés, cuyo episodio hablando con la zarza ardiente (o con lo que hubiera dentro de ella) es un clásico de la literatura bíblica (Éxodo, 3). Moisés estaba apacentando ovejas y veía en el monte una zarza que ardía pero nunca se consumía. Su curiosidad lo acercó a ella y entonces escuchó que lo llamaban por su nombre. Moisés contestó, y el primer comentario desde la zarza fue, al menos, atinado: No te acerques más; quita el calzado de tus pies…”. Pero aparentemente no era para que no se le quemara el calzado, sino por otra razón: “…porque el lugar en que estás es tierra santa”. Ah. Y siguió, palabras más, palabras menos: “yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto y he oído su clamor a causa de sus opresores, pues conozco sus angustias. He descendido para librarlos de manos de los egipcios y sacarlos de aquella tierra para llevarlos a una tierra buena y ancha, donde fluye leche y miel. El clamor de los hijos de Israel ha llegado ante mí. Ve a sacar de Egipto a los hijos de Israel.”

   Toda una declaración de principios. Y también el comienzo de un diálogo, ya que Moisés parece que respondió: “¿quién soy yo como para ir a ver  al faraón y sacar de Egipto a los hijos de Israel?” A lo que la dupla zarza-Todopoderoso respondió: “Irás, porque yo estaré contigo, y cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte”.

     Moisés necesitaba más precisiones: “si les digo: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros, y ellos me preguntan cuál es su nombre, ¿qué les responderé?” Y Dios-zarza le respondió a Moisés: “Yo soy el que soy”. Algo críptica la respuesta, pero es lo que hay, así hablan los dioses. Y continuó: “Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, y con él se hará memoria de mí por todos los siglos”.

     Y continuaron las instrucciones: “irás con los ancianos de Israel al rey de Egipto y le diréis: ‘Jehová, el Dios de los hebreos, ha venido a nuestro encuentro; por tanto, nosotros iremos ahora camino de tres días por el desierto, para ofrecer sacrificios a Jehová nuestro Dios’.” La voz desde la zarza le anticipó lo que ocurriría: “yo sé que el rey de Egipto no os dejará ir, pero extenderé mi mano y heriré a Egipto con todas mis maravillas (que resultaron ser las plagas de Egipto), y entonces sí os dejará ir”.

     Así, este más que fecundo diálogo fue el origen del éxodo del pueblo istraelita desde Egipto, reproducido en el segundo libro del pentateuco, conocido con el original nombre de “Éxodo”.

    Otro diálogo interesante parece que se dio cuando Dios, en el monte Sinaí, le entregó a Moisés las Tablas de la Ley (conocidas también como “Los Diez Mandamientos”) escritas en piedra por su propio dedo. En esa ocasión, Dios le dice a Moisés (Éxodo, 31): “En estas dos piedras planas he escrito las leyes que quiero que el pueblo guarde y cumpla”. Y continúa: “yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre”. Y luego de eso, Dios continúa relatando en sus palabras cada uno de los Mandamientos que ha escrito en las piedras. Moisés baja la montaña con las relucientes consignas universales y ya se encuentra con algún problemita al llegar abajo: la gente, inquieta, ya estaba empezando a adorar a un becerro de oro. En fin.

     Tiempos bíblicos después, el Supremo Hacedor también habló bastante con el rey David. En este caso, a través de un intermediario: el profeta Nathan. Y resulta interesante el hecho de que la relación empieza bien pero termina mal; bueno, David se la buscó, hay que decirlo.

     Dios le encarga a Nathan que vaya y le diga, algunas cosas a David. Resumidamente (Samuel II, 7), “yo te saqué del redil y te quité de andar tras el rebaño para que fueras el jefe de mi pueblo Israel; te he acompañado por dondequiera que has ido, he acabado con todos los enemigos que se te enfrentaron, además he preparado un lugar para mi pueblo Israel, y allí los he instalado para que vivan en un sitio propio, donde nadie los moleste. Yo haré que te veas libre de todos tus enemigos. Te daré descendientes, y cuando tu vida llegue a su fin yo estableceré a uno de tus descendientes y lo confirmaré en el reino. Él me construirá un templo y yo afirmaré su reino para siempre. Yo le seré un padre, y él me será un hijo. Y cuando cometa una falta, yo lo castigaré y lo azotaré como todo padre lo hace con su hijo, pero no le retiraré mi bondad como se la retiré a Saúl, al cual quité para ponerte a ti en su lugar. Tu dinastía y tu reino estarán para siempre seguros bajo mi protección, y también tu trono quedará establecido para siempre.”

     En el inicio, entonces, un augurio de excelentes prestaciones celestiales, si bien Dios ya le avisaba que mejor que no se descarriara.

     Pero David se fue al pasto: fue adúltero con Betsabé y puso a su esposo Urías en un frente de batalla que le aseguraría la muerte, cosa que ocurió. Así que las cosas cambiaron.

     Resumidamente, Dios le echa en cara todo, otra vez mensajeando a través de Nathan (Samuel II, 12): “yo te ungí como rey de Israel, ¿Por qué has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que le desagrada? Has asesinado a Urías, el hitita, por medio de la espada amonita, y te has apoderado de su mujer. Pues bien, por haberme despreciado, tomando a la mujer de Urías para convertirla en tu esposa, la espada ya nunca abandonará tu casa y haré que la desgracia te sobrevenga desde tu propia casa. Tomaré tus mujeres y se las entregaré a tu prójimo, para que se acueste con ellas en tu cara y a la luz de este sol. Lo que tú hiciste a escondidas yo lo haré delante de todo el pueblo y a plena luz.”

     Ups, flor de comentario.

     David, abrumado, atinó a decir: “¡he pecado contra el Señor!”

   Nathan le respondió: “el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás. Pero por haber despreciado totalmente al Señor actuando así, el hijo que has tenido (con Betsabé) morirá.” Una muy particular manera de perdonar, hay que decirlo.

     Y una semana después, el niño murió.

    David tuvo otro hijo con Betsabé: Salomón, a quien Dios sí amó y dejó vivir.

     Selectivo, el Todopoderoso.

     El Dios del Antiguo Testamento también habló en su momento con Job, con Lot, con Josué, en fin, con varios miembros de su pueblo elegido, en diferentes circunstancias y siempre poniendo los puntos y marcando sus pautas.

Continuará…

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