Los deseos póstumos incumplidos de Giuseppe Garibaldi

Atrás quedaron las aventuras de Giuseppe Maria Garibaldi en el Río de la Plata, los combates en el Uruguay y en Santa Catalina donde conoció a Anita, la mujer de su vida. Ya eran recuerdo sus días con la Legión italiana en Montevideo donde le enseñó a un futuro presidente argentino los secretos de la lengua del Dante (que Mitre utilizaría para traducir la Divina Comedia), sus días en el Perú como capitán de un barco de guano, su permanencia en Nueva York donde trabajó de obrero y su paso por Nicaragua saludado por Rubén Darío.

Nadie podrá olvidar sus luchas en la Italia que trataba de reunificar, ni la muerte de su amada Anita (1821-1849) que lo había acompañado en la gloria y la desesperación. Ya nadie podrá dejar de recordar la Expedición de los Mil y su camisas rojas, teñidas de ese color para disimular la sangre que derramaban por la patria naciente. Su espada estaba al servicio de “cualquier pueblo oprimido” y dada su condición de héroe de dos mundos, las naciones se disputaban su liderazgo libertario: Lincoln (1809-1865) lo convocó como general del ejército federal durante la guerra civil, Lord Palmerston (1784-1865) lo recibió como un héroe en Inglaterra, fue diputado de la Asamblea Francesa (después de todo había nacido en Niza en 1807), Alexandre Dumas (1802-1870) lo apoyó incondicionalmente su gesta y Grecia, Albania y Hungría solicitaron sus servicios para concretar su independencia… pero su corazón estaba en Italia, la patria que había intentado unificar. Tras la toma de Roma fue elegido diputado del nuevo parlamento, pero pronto renunció por discrepancias con el orden institucional, Garibaldi nunca podría renunciar a sus creencias republicanas.

Cansado de tanto peregrinar, se retiró a Cerdeña donde pasó los últimos 25 años de su vida. Falleció el 2 de junio de 1882 a los 74 años. Fue en el pequeño pueblo de Caprera donde Garibaldi exclamó: “¡Por fin soy libre!”.

Este hombre que había enfrentado las mil caras de la muerte, bien sabía lo que deseaba para cuando las Parcas cortasen el hilo de su vida: la cremación. Quería ser cenizas para retornar a la naturaleza. Entonces la Iglesia había prohibido esta práctica, pero poco le importaba al hombre que había disuelto a los Estados Pontificios para lograr que Italia fuese una sola. Garibaldi se definía como un hombre creyente pero no practicante. Como masón desdeñaba el poder terrenal de la Iglesia.

Las imágenes que se conservan de su muerte lo ven rodeado de gente compungida, disminuido a una cama que lo cobijaba con sábanas tan blancas como su barba. Murió de una parálisis faríngea que le impidió respirar. Sus últimas palabras fueron para su patria: “Muero con dolor de no ver redimidas a Trento y ni a Trieste ”. Aun Italia no era una sola…

Cómo sabía que habría resistencia a cumplir su última voluntad, lo dejó por escrito. Que lo cremaran cerca de su casa, mirando al mar. Hasta dejó consignada qué madera debían usar para encender la pira mortuoria, igual a la de los héroes griegos a los que había superado en coraje e intrepidez. También pidió que los ciudadanos de la Italia que él había liberado, usasen sus cenizas para que nuevos árboles y flores nacieran en los jardines de su patria. Era su forma de consustanciarse con la tierra por la que había peleado.

Sin embargo, su voluntad no fue cumplida y su cuerpo fue embalsamado en el jardín de su casa convertida en cementerio familiar y en lugar de peregrinación para un pueblo que lo idolatraba.

Después de muerto se corrió el rumor que uno de los seguidores que gustosamente hubiesen dado su vida por este jefe carismático y valiente, había decidido cumplir su deseo póstumo. Una noche, en secreto, desenterró a su jefe y quemó sus restos y así cumplió su última voluntad, al menos eso se dijo por años, y así lo creía su nieta, Anita Garibaldi.

Convencida de la historia, Anita bregó para que todos los italianos supiesen si esa tumba albergaba los resto del padre de la patria, o solo era un cenotafio para recordar al héroe. En el año 2012 la tumba fue abierta y allí estaban los restos de Garibaldi, irreconocibles porque había sido mal embalsamado.

Ahora todos saben que en ese pequeño cementerio yace el héroe debajo de una gran roca acompañado por su última esposa Francesca Armosino (1880-1882) y muchos de sus descendientes, aunque su última voluntad no se haya cumplido y, por lo visto, jamás se cumplirá.

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