La salud del Emperador: Los males de Napoleón

La historia es una mezcla de azar, voluntarismo y factores socioeconómicos; en distintas proporciones y diferentes formas que a veces ocultan las causas subyacentes.

Aunque negadas, olvidadas, relegadas y, a veces, exageradas, las enfermedades ejercen su influencia sobre estos tres factores porque son azarosas –como las mutaciones de los  gérmenes o los cambios oncogénicos– , afectan la voluntad de los individuos y modifican los factores socioeconómicos del grupo con epidemias y pandemias.

Hoy vamos a analizar la salud del individuo más influyente de la primera mitad del siglo XIX, un hombre de genio innegable pero que generó odios y veneraciones, terror y simpatías. Un hombre cuyo solo nombre aún sigue siendo movilizador: Napoleón.

Nació el 15 de agosto de 1769 en un parto en avalancha, como una premonición de la carrera meteórica que lo conduciría al poder muy joven. Mucho se ha hablado del vínculo estrecho que lo unió a su madre, María Leticia Ramolino (1750-1836), una figura protectora que lo asistió hasta en sus últimos momentos ya que ella pagaba los honorarios del Dr. Francisco Antomarchi (s. XVIII-1838), aquel que atendería sus problemas de salud durante su encierro en Santa Elena ya que los Bonaparte desconfiaban de los facultativos británicos que sus captores ponían a disposición.

El primer retrato de Napoleón data de 1795 y muestra a un joven de complexión delgada, de estatura media a baja (no era tan bajo como lo señalaban sus detractores, entonces la altura media de la población era menor a la actual), rostro cuadrado, cabello largo y oscuro, ojos grises y aspecto desalineado.

Su ascenso vertiginoso fue una combinación de brillante imaginación, inteligencia inusual con un acendrado sentido común, aguda percepción y enérgica capacidad de acción. Fue el hombre adecuado en el momento preciso, el conductor que necesitaba un país desorientado que había perdido su amor propio y encontró en este joven de inteligencia desbordante, un líder nato que le otorgó un sentido a una Francia decadente: ser una potencia europea, aunque eso implicase destrucción, muerte y rapiñaje. La gloria francesa en manos de Napoleón tiene mucho que ver con el robo sistemático del patrimonio económico y artístico del vencido. Napoleón se valió de estimular la codicia de sus coterráneos (cada soldado llevaba en su mochila el bastón de mariscal), codicia a la que él no era inmune porque tanto Napoleón como su familia acumularon una colosal fortuna.

Sus ambiciones, más una inteligencia excepcional y una descomunal capacidad de trabajo fueron el secreto a voces de su éxito. Podía dictar textos a distintos secretarios sobre los temas más diversos. El código Napoleón, base de las modernas legislaciones, fue elaborado de esta forma y basados en las lecturas de los clásicos que Napoleón había frecuentado en su juventud. Esta extraordinaria capacidad de trabajo la hacía en desmedro de su calidad de vida. Dormía solo 3 horas, razón por la que debía disponer de un ejército de colaboradores dispuestos en todo momento porque Napoleón los requería a horas destempladas para plasmar sus ideas. Brillat Savarin (1755-1826), el maestro de la gastronomía, lo describía como “un comedor sin discernimiento”, tragaba la comida en los momentos que sus ocupaciones se lo permitían y raramente le dedicaba más de 15 minutos. Después de ese refrigerio dormía unos pocos minutos, pero muy profundamente… y ¡arriba! Todo el mundo a trabajar hasta altas horas de la noche.

Un rumor persistente sobre el padecimiento de epilepsia se repite cuando se hace referencia a la salud del Gran Corso. De joven, en Brienne, cayó al piso inconsciente. Aunque algunos lo hayan considerado un primer ataque, lo más probable es que solo fuese un desmayo. En noviembre de 1799 fue atacado por miembros enfurecidos de la sociedad de los quinientos que estuvieron a nada de terminar con su vida. En la oportunidad también tuvo algo parecido a una convulsión, que se repitió en 1803 y en septiembre de 1805. Algunos autores quieren ver en sus ataques de furia y sus rabietas la expresión de un brote epiléptico aunque más parecían una calculada mise en scene para intimidar a sus colaboradores. “Tanto en el exterior como en Francia reino solo por el miedo que inspiro”, solía decir.

También se hablaba sobre sus dificultades para tener descendencia con comentarios maliciosos que iban desde la impotencia hasta su escasa dotación y cortedades amatorias… Todo era  un vano intento para infravalorarlo, una artimaña que  desmoronó cuando tuvo un hijo ilegitimo con la condesa de Waleska (1786-1817) (y que pasó un tiempo en Argentina como diplomático durante los conflictos que Rosas tuvo con Francia).

Como muchos personajes del siglo XIX, también se rumoreaba que padecía sífilis o alguna enfermedad venérea, aunque las sospechas cayesen más sobre Josefina (1763-1814) –que había cosechado una considerable cantidad de amantes– que sobre el mismo Napoleón. Sin embargo, estas molestias al orinar fueron atribuibles a “arenillas” o cálculos renales más que a enfermedades venéreas.

La única afección comprobable en su juventud fueron las migrañas que comenzaron en 1796 durante la campaña a Italia y lo persiguieron hasta el final de sus días. También se quejaba de escozor cutáneo por algún tipo de dermatitis alérgica o secuela de la sarna que padeció durante el sitio de Tolón (1793).

Sin embargo, los dos problemas que tendrían influencia en su carrera se debían a las malas costumbres en la ingesta de alimento: la constipación y su secuela, las hemorroides. La primera mención de esta dolorosa condición fue reportada en 1797 y desde entonces fue una cruel acompañante en las campañas y, especialmente, durante esas largas cabalgatas.

Aunque no fue esta la más conocida de sus afecciones, inmortalizada en el gesto que se convirtió en su emblema. En 1802, el secretario de Napoleón, Louis Antoine Fauvelet de Bourrienne (1769-1834), hace referencia a un insidioso dolor en el epigastrio derecho que lo obligaba a desabrochar su guerrera, llevar su mano al abdomen y exclamar “¡Qué dolor!”. Pudo ser un cálculo, pudo ser una dispepsia o el comienzo de una úlcera gástrica…. Lo cierto es que la imagen del general con la mano sobre su abdomen fue inmortalizada en la iconografía bonapartista y, curiosamente, convertida en paradigma de locura. ¿Por qué un dolor epigástrico se convierte en cosa de locos? La enfermedad mental más frecuente del siglo XIX era la sífilis, caracterizada en su fase terminal por la megalomanía. Esta creencia patológica en ser un individuo superior se ensañó en la imagen doliente de Napoleón, y así quedó asociada la locura con el héroe de los franceses.

El 2 de diciembre de 1805 Napoleón se proclamó emperador en una monumental ceremonia en La Madeline y allí, en el cenit de su carrera, comienza su declinación tanto mental como desde el punto de vista de su salud. Ya no era el joven delgado y despierto que escuchaba a sus asesores, éstos se habían convertido en servidores genuflexos y el ahora emperador había perdido la autodisciplina. “Está loco y nos destruirá a todos” exclamó Denis Decrés (1761-1820), el ministro de la Marina, y el príncipe Clemente de Metternich (1773-1859), el canciller austriaco –quizás la persona que mejor había estudiado la psicología de Napoleón–, dijo que para él “la moderación se había convertido en un obstáculo inútil”. La pérdida de ese sentido común que había caracterizado sus inicios dio lugar a sus fantasías más ambiciosas y su inteligencia perdió la fuerza de antaño convirtiéndolo en un hombre letárgico que dudaba a cada paso. ¿Por qué esta precoz decadencia? El emperador solo tenía 40 años. ¿Fue un hipotiroidismo o el raro síndrome descripto por Frohlich del tumor hipofisario que produce un cuadro adiposo genital? Nada parece explicar esta declinación de sus facultades…

Como decíamos, las fantasías pudieron con el sentido común y en vez de gozar de lo obtenido se largó a la aventura rusa forzando a 470.000 soldados a enfrentar a un formidable enemigo: el general invierno y la maldición del tifus que eliminó en meses a la mitad del ejército.

Napoleón no estaba en condiciones físicas para conducir esta guerra. Durante la batalla de Dresden (1813) se lo vio exhausto, sudoroso, preso de un hambre feroz que lo llevó a vomitar lo ingerido. Debió volver a la retaguardia y su figura no era la fuente de inspiración de sus soldados. La noche antes de la batalla de Leipzig (1813) se repitió el cuadro y los rusos, ingleses, alemanes y austriacos se abrieron camino a Paris. Los días del Imperio estaban contados.

El forzado exilio de Santa Elena le dio un respiro; antes de caer había hecho un intento de suicidio… Quizás resignándose a quedarse con este reino minúsculo reino hubiese vivido más tiempo, pero sus fantasías lo acosaron y solo volvió a desafiar el reino de Francia y solo logró esos magníficos Cien Días, aunque su cuerpo continuaba atormentado por migrañas, gastritis, dispepsia y hemorroides dolorosas que interrumpieron su marcha hacia Waterloo. Aunque el plateo estratégico era brillante, requería un general con liderazgo que manejara el complejo esquema con lucidez… y Napoleón ya no era el hombre de antaño. La noche del 16/17 de junio no pudo dormir por el dolor y ese día las molestias le impidieron levantarse hasta media mañana, momento en el que recién dio las primeras órdenes. Por esa inactividad involuntaria la batalla se perdió y el general exitoso paseándose en su caballo “Marengo” frente a tropas entusiastas fue remplazado por un hombre prematuramente avejentado huyendo de la derrota en un carruaje lleno de almohadones para aliviar los dolores impuestos por el traqueteo.

Aun así, el mismo duque de Wellington (1769-1852) reconoció que había sido un enemigo formidable a pesar de su disminución.

¿Qué hacer con Napoleón? Se preguntaron los vencedores. Él quería irse a Estados Unidos donde se había afincado su hermano José, pero los ingleses lo encerraron en una isla recóndita en el medio del Atlántico. Este hombre que algunos consideraban un tirano asesino a sangre fría aún seducía a la gente. El capitán del HMS Bellerophon, la nave encargada de llevarlo a él y su comitiva a Santa Elena dijo: “Si los ingleses lo conociesen como nosotros, no se atreverían a tocarle un cabello”, y fue justamente el cabello que se conservó lo que agregó un detalle médico a la agonía de Bonaparte: la cantidad de arsénico que contenía. Aunque el diagnostico de su muerte habla de una ulcera cancerosa perforante y hemorrágica, los rumores señalan a un envenenamiento para deshacerse del molesto huésped de los británicos.

Muerto Napoleón (5 de mayo de 1821) comienza la leyenda porque Francia jamás volvió a recuperar esos oropeles ganados a fuerza de guerras y pillaje concebidos por una mente superior que decayó para dar lugar a ambiciones desmedidas que labraron su camino al fracaso de mano de una salud e inteligencia declinante.

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