QUEBRACHO HERRADO: Una de las batallas más sangrientas de nuestras guerras civiles

El comienzo del fin de Juan Lavalle

El sable sin cabeza

Juan Lavalle empezó a morir muchos antes de que una bala disparada por el negro Bracho le perforara el cuello y que Damasita Boedo lo hallase muerto en esa casona de Jujuy. Entonces los restos de una Legión de leales seguidores cargó con su cuerpo para evitar que fuese vejado por las tropas del oriental Oribe a fin de exhibirlo como un trofeo para Rosas.

Quizás Lavalle empezó a morir en el momento que decidió no entrar a sangre y fuego a Buenos Aires o cuando pernoctó en la misma casa donde había firmado la orden de fusilar a Dorrego, asumiendo la entera responsabilidad de esa ejecución sumaria ante la sociedad y la historia.

Después de no atreverse a atacar a Buenos Aires, Lavalle se convirtió para la oposición antirosista en el exilio, en “el sable sin cabeza”, un temerario sin destino, un león ciego pegando zarpazos en las tinieblas.

 Comenzó a vagar como un mendigo al frente de casi 7.000 hombres, buscando un objetivo para satisfacer las ansias de conquista y hostigar al régimen del tirano. Fue así como se decidió atacar a Santa Fe, ciudad que en los primeros tiempos de la patria había sido hostigada por los porteños por ser ella un puerto alternativo que competía con Buenos Aires.

La toma de Santa Fe le fue encomendada al coronel Iriarte y fue exitosa con poco derramamiento de sangre y un botín apreciable.

La tentación del pillaje fue un constante factor de insubordinación que Lavalle casi nunca castigaba con severidad. Era así como batallones enteros desaparecían por semanas sembrando el terror entre los pueblos vecinos…

En Santa Fe, Lavalle tuvo tiempo para pensar sobre la estrategia a seguir mientras la tropa se divertía. Paz estaba en Corrientes a las órdenes de Ferrer, pero le resultó imposible contactarse con su antiguo camarada ¿Debería invadir Entre Ríos y vérselas con Urquiza? Sus experiencias en Entre Ríos distaban de ser exitosas. De Montevideo le llegaban cartas instándolo a volver a asediar Buenos Aires. ¡ja, estos estrategas de escritorio lo creían tan fácil!

 Rosas, pasando por arriba de sus oficiales de más talento como Pacheco, Mansilla o Lagos había puesto a Manuel Oribe, el ex presidente uruguayo, al mando del ejército que perseguía a Lavalle. A Oribe le encomendó traer la cabeza de Lavalle y a esa tarea se dedicó el oriental.

Estaba Lavalle sumergido en sus cavilaciones cuando de la nada apareció un chasqui de Lamadrid con la noticia que el Pilón (así los llamaban como a los buenos pingos) lo esperaba en Córdoba después de revelar las provincias del noroeste. ¡Ahora sí tenía una vez más sentido su esfuerzo! Sin demoras, dispuso la marcha de la Legión Libertadores al encuentro de su aliado. Con esas fuerzas seguramente podrían enfrentar a Oribe, derrotarlo y, una vez más, marchar contra el tirano y tal vez ….

Ahora había que movilizar a la tropa de costumbres relajadas por tantos meses de inactividad. Estando a punto de partir, una delegación de habitantes de Santa Fe pidió una entrevista al general para rogarle, suplicarle, que aceptase que los civiles que quisieran acompañar a la Legión les sea permitido viajar con ella porque temían a las represalias de Oribe y los porteños. “No, mi general, van a entorpecer la marcha” clamaron casi a coro los oficiales de su estado mayor. Esta vez “el sable sin cabeza” no dudó y cometió otro de los muchos errores que jalonearon su última campaña: aceptó la presencia de civiles y con ellos se dispuso a marchar a través del desierto como Moisés y el pueblo de Israel. La premonición se cumplió, el primer día esa columna variopinta apenas avanzó media legua.

Cada día la brecha entre Oribe y los suyos era menor y para colmo la seca apretaba y la caravana levantaba una polvoreada mientras reptaba como un gusano en el desierto. En una de esas decisiones espasmódicas que caracterizaron a esta campaña, Lavalle ordenó a los civiles que para apurar el tranco era menester deshacerse de sus trastos inservibles, quien no lo hiciera quedaría a su merced. A pesar de las protestas iniciales, el sendero de la caravana se llenó de mesas, sillones y muebles de todo tipo, como un naufragio en medio de la nada. La suerte de los pocos que prefirieron atarse a sus pertenencias fue peor. De noche se escuchaban los gritos y se veían fuegos en el horizonte…eran víctimas de las avanzadas de Oribe …

Las patrullas de la Legión detectaron pisadas de animales cerca del pozo de Quebracho Herrado. Seguramente eran las tropas de Lamadrid que esperaban su arribo. Se esperanzó el general y, una vez más, ordenó apurar la marcha.

Estaban por llegar al hipotético sitio de encuentro cuando Lavalle recibió una inesperada visita protegida por una bandera blanca. El general Lucio N. Mansilla, cuñado de Rosas, pedía una entrevista con Lavalle y también anunció al capitán Halley de la marina francesa, un viejo amigo del general. Éste traía una carta anunciando que Francia se retiraba de la contienda y le ofrecía la posibilidad de exiliarse él con su familia a cualquier sitio del mundo que desease y seguir cobrando el sueldo de general francés. Lavalle no dudó un instante, despidió a su amigo con un abrazo y casi inmediatamente envió un chasqui a Lamadrid, urgiendo un encuentro en Quebracho Herrado con caballos frescos y vituallas. Ahora más que nunca había que acelerar el tranco para evitar las hordas de Oribe. El enemigo estaba tan cerca que casi se lo podía oler.

El comandante Saavedra, hijo de don Cornelio y jefe del escuadrón Yerúa, quedó rezagado por el lamentable estado de la caballada que se resistía a dar un paso más. Pronto quedaron rodeados por las avanzadas de Oribe que se lanzaron sobre los rezagados como caranchos por su presa. De a pie resistieron el embate de los federales. Pronto los oficiales de la Legión fueron a pedirle a Lavalle para asistir a los caídos en desgracia.

“Que se arreglen solos” respondió mirando al horizonte, reproduciendo casi las mismas palabras que Bolívar había pronunciado cuando el temerario capitán Lavalle enfrentó a 500 realistas con apenas 90 granaderos en los llanos de Riobamba.

Saavedra y los suyos contuvieron el ataque, pero era cada vez más evidente que sería imposible llegar a juntar fuerzas con Lamadrid antes de un ataque de las huestes rosistas. Fue entonces que Lavalle decidió enfrentar a Oribe y los suyos. Convocó a su Estado mayor, se puso al coronel Vilela al frente del ala izquierda y a Vega a la derecha. El general estaria a cargo de la reserva. Todos estaban muy confiados que a la primera carga los federales huirían del campo de batalla como liebres…. Y eso aconteció con la primera arremetida de la Legión. Las tropas de Lagos y Pacheco retrocedieron.

Lavalle contemplaba la batalla pensando que había recuperado su buena estrella y la suerte volvía a sonreírle, pero el entusiasmo poco le duró ya que la caballada unitaria estaba en muy malas condiciones y no pusieron continuar la persecución. Fue esta la oportunidad que aprovecharon los federales y arremetieron volviendo sobre sus pasos.

Lavalle ordenó a la artillería disparar, pero habían extraviado las municiones. “¡Maldita sea!” exclamó Lavalle consternado. A su lado el coronel Tomás Iriarte, el mismo que había tomado Santa Fe, se hizo cargo de reordenar las tropas que volvían como una marea humana, desbordada, desesperada. Lavalle decidió cargar él mismo al frente de las reservas como lo había hecho hacía 10 años en Ituzaingó, pero el coronel Vega le salió al cruce. “No general”, le suplicó que se salve, “yo me quedaré en su lugar”. Esos ojos celestes de fiera herida se transformaron en terror y por primera, después de una vida de batallas en las que había derrochado coraje, Lavalle volvió grupas, no sin antes gritarle a Vega: “Arroje usted a esa canalla”.

En el campo de batalla persistió el coronel Díaz al frente de la infantería formada en cuadro, manteniendo al enemigo a raya… pero las balas empezaban a escasear. ¿Cuánto tiempo podría mantener la cadencia de fuego? En ese instante se acercó un oficial federal con una bandera del parlamento.

En la retaguardia unitaria todo era desorden al ver que Lavalle huía, el desbande fue general. Solo Díaz mantenía el orden. Bañado en sudor, con la chaqueta abierta, Diaz se dispuso a hablar con el oficial federal que montaba un espléndido alazán. “Soy el comandante Lagos –le dijo– y nosotros sabemos reconocer a un valiente. Coronel ríndase por el bien de sus hombres”. ¿Qué más podía hacer? Chacabuco, Maipú, la toma de Lima, esas y otros mil entreveros garantizaban su coraje, pero sin balas no hay coraje que dure.

Díaz le entregó su sable a Lagos, quien lo exhibió en alto como un preciado trofeo. Había concluido la batalla de Quebracho Herrado y Lavalle había perdido a la mitad de su Legión. Era el principio del fin.

Lavalle se encontró días después con Lamadrid. Todos fueron reproches. Era imposible seguir juntos.

Comenzaron lo que los historiadores dieron en llamar la “contradanza unitaria”. Con sus tropas divididas, intentaron copar Cuyo y las provincias del norte, sin suerte.

Lavalle fue de derrota en derrota y de amores impropios a romances sin futuro mientras le escribía sentidas cartas de amor a su esposa. Por su lecho desfilaron desde humildes chinitas a damas encumbradas mientras se desentendía de los asuntos de la guerra.  Su ejército se deshacía mientras él solo se interesaba en una contienda de conquistas femeninas. La última de esa extensa lista fue Damasita Boedo, cuyos tío y primo habían muerto fusilados por orden de este general que se iba desdibujando hasta que un disparo puso fin a sus días y, ¿quién sabe?, al sufrimiento de convertirse en una mueca absurda de lo que había sido.

Su cuerpo fue carneado por el coronel Damel y sus restos transportados por un puñado de leales seguidores que lo enterraron en la catedral de Potosí.

Después de Caseros, sus cenizas fueron traídas a Buenos Aires y recibido como un héroe. La tumba que lo cobija en el cementerio de la Recoleta, a unos pasos de la de Dorrego, es custodiada por un granadero de bronce y una placa que dice: “Dile que la patria lo ama”. Hoy lo homenajeamos por su gesta sanmartiniana, por las guerras de la independencia que lo llevaron a paso triunfador por América, pero su recuerdo de las guerras civiles no es tan enaltecedor, hasta sus aliados lo consideraban un valiente descerebrado… Cuando Mitre fue invitado a hablar de Lavalle el día que se inauguró su estatua (obra de Pietro Costa, ubicada sobre una alta columna para evitar atentados), al descubrir el monumento manos anónimas habían pintado la columna de rojo sangre. Entonces don Bartolo, dejando de lado sus papeles, se limitó a decir: “esta sangre ha sido lavada con las lágrimas de miles de madres argentinas”.

Siempre habrá un dirigente desquiciado, un represor rentado, muertes inútiles, desencuentros, odios, algo de tonto coraje y madres llorando sus pérdidas…

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