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lunes, diciembre 5, 2022

La saga de la insulina – Parte III

Nota anterior: La saga de la insulina – Parte II

EL DÍA DESPUÉS

Muchos personajes tienen esos 5 minutos de gloria y después desaparecen y solo nos queda en la memoria ese chispazo de genio.

Hoy hay 450 millones de diabéticos, casi la cuarta parte no sabe que lo es. Gracias a la insulina muchos llevan una vida normal o casi normal, como la de Elizabeth Hughes Gossett que se casó, tuvo dos hijos, tuvo una activa vida social y vivió hasta 1985. A lo largo de esa vida “casi ” normal se dio 42.000 dosis de insulina. Elizabeth, a pesar de haber sido una de las primeras jóvenes en salvar su vida por la insulina, no se dedicó a difundir su historia, de por sí notable. Jamás volvió a hablar con Banting, aunque a cada momento debe haber recordado su promesa de “ser lo que quieras ser”. Realizó muchas obras filantrópicas pero ninguna relacionada con la diabetes. Al poco tiempo de usar insulina, Elizabeth Hughes se había metamorfoseado en Elizabeth Gossett. Quizás le pesaba a Elizabeth Hughes su “pecado” de haber sido ella y no otro niño o niña la que pudo acceder a ese privilegio por ser su padre un personaje encumbrado.

Banting también fue un hombre destacado. Con la insulina se acabaron sus penurias económicas y creó una fundación que se dedicó a la investigación, pero nada que ver con la diabetes. De allí salieron los trajes para aviación ultrasónica y los primitivos trajes de astronautas. Principalmente estudió los efectos de las armas químicas.

Se casó, tuvo un hijo, vivió un divorcio escandaloso y volvió a casarse. Durante la Segunda Guerra Mundial intentó enlistarse, pero Canadá no podía permitir que su único premio Nobel estuviese en la línea de combate. Fue convocado por Inglaterra para una misión secreta y falleció en un accidente de avión. El piloto fue el único que se salvó gracias a los cuidados de Banting, quien murió desangrado mientras atendía a quien sería su último paciente…

John James Rickard Macleod se había convertido en el malo de la película por los muchos desplantes de Banting, y decidió volver a su Escocia natal donde se convirtió en profesor de la Universidad de Aberdeen.

A la cena de despedida organizada en la Universidad de Toronto fue invitado Banting quien no solo no asistió, sino que pidió dejar una silla vacía como para hacer evidente que, a pesar del tiempo transcurrido, aún estaba resentido.

Macleod continuó con su reconocida carrera académica que incluyó la publicación de once libros científicos.

James Collip fue asesor de varios laboratorios, entre ellos Eli Lilly, que por años fue la principal productora de insulina del mundo. Su producto se llamó “Iletin”, en honor al nombre que Banting y Best le habían dado a su protoinsulina: “Isletin”.

Collip descubrió también la hormona paratiroidea que regula el metabolismo del calcio, la ACTH (hormona adrenocorticótropa) que actúa sobre la generación de corticoides. Fue el único del grupo original de investigadores de la insulina que cultivó una amistad con Banting y la última persona con la que tuvo contacto antes de subir al avión que lo condujo a Inglaterra y a su destino final.

Charles Best prosiguió su vida de investigador en la Universidad de Toronto donde sucedió a Macleod como profesor de fisiología. Trabajó sobre diversos temas como las alergias, la colina y el uso de anticoagulantes.

El Dr. John G. Fitzgerald, un buen amigo y apoyo de Banting, sufrió una depresión y fue una de las primeras personas en ser tratado con insulinoterapia, que comenzó a usar para el tratamiento de trastornos psiquiátricos, como la esquizofrenia (otro paciente en quien se utilizó fue en el bailarín ruso Nijinsky). Sin embargo, Fitzgerald se suicidó durante su internación en el Hospital de Toronto.

El Dr. Frederick Madison Allen, aquel que trataba a los jóvenes diabéticos con la dieta del hambre, fue una víctima del shock financiero del 29. Sus propiedades fueron ejecutadas, se divorció, pero continuó con sus investigaciones, especialmente en afecciones cardiovasculares, y estableció la relación entre el sodio y la hipertensión. Murió en 1964 y su lápida solo tiene la palabra: Doctor.

Los pacientes

Hasta acá recordamos a los investigadores que, siguiendo el poema de Omar Khayyam, el poeta persa que tanto le gustaba al Dr. Allen, “brillaron como lo hace la nieve en el desierto, por pocas horas”. Esta saga no podría estar completa sin contar la vida de los primeros pacientes, niños emaciados, casi caquécticos, que apenas podían con su cuerpo .

Myra Blaustein –célebre por haber escrito una carta de agradecimiento a Banting con apenas 6 años– se dedicó a tareas de caridad y fundó el primer hospicio psiquiátrico para gente de color en Maryland.

Jim Havens fue el primer norteamericano en recibir insulina de chancho por desarrollar intolerancia a la insulina vacuna que entonces se usaba. Se casó, fue padre de dos hijos y se convirtió en un artista exitoso.

Teddy Ryder permaneció en contacto con Banting hasta su muerte en 1941. Fue bibliotecario en Connecticut y de todos los jóvenes que recibieron las primeras dosis de insulina fue el que más vivió y el que más dosis de insulina recibió a lo largo de 70 años (cerca de 60000). Murió en 1993.

Leonard Thompson falleció 13 años después de haber recibido su primera inyección, a los 27 años. Su páncreas fue extraído, conservado en formol, y hoy se lo puede ver en el museo del Instituto Banting en la Universidad de Toronto.

Los procesos de la insulina

Ya no hacen falta toneladas de páncreas bovinos ni porcinos para obtener unos gramos de insulina. En 1935, el Dr. Hans Christian Hagedorn de Dinamarca descubrió la protamina, un compuesto del esperma de los peces para combinarlo con insulina y prolongar su acción.

En 1936 en Toronto se introdujo la protamina con zinc para prolongar aún más el accionar de la insulina, para evitar las reiteradas inyecciones y disminuir la incidencia de hipoglucemias. A medida que crecía la población diabética en el mundo (en 1940 se calculaba que había 3.000.000 de diabéticos pero esa cifra aumentó a 450.000.000, 80 años después)– se empezaron a buscar otras fuentes de insulina animal. Siguiendo una idea de Macleod, se buscó una alternativa en la insulina de pescado, pero no fue económicamente viable.

El aumento de la población diabética fue directamente proporcional al aumento de  la resistencia a la insulina .Esto obligó a buscar  otras  alternativas y en 1960 se difundió el uso de insulina sulfatada que se mostró eficiente entre los pacientes con mayor resistencia.

En 1978 Genentech, una pequeña empresa tecnológica produjo la primera insulina idéntica a la humana utilizando una técnica de ADN recombinante. Fue aprobada por el FDA en 1982 y se la vendió bajo el nombre de “Humulin”.

Ya no hacen falta miles de inyecciones como las que recibió Elizabeth Hughes en su vida, sino que existen aplicaciones transdérmicas, orales, inhaladas y hasta el trasplante de páncreas que modifica el pronóstico ominoso de muchos pacientes.

Hoy la insulina es un negocio que mueve varios billones de dólares al año y promete aumentar a medida que aumenta la sobrevida de los diabéticos y el sedentarismo de la población adulta, el uso de hidratos de carbono refinados y la obesidad. Por primera vez en la historia de la humanidad, la cantidad de personas con sobrepeso es mucho mayor a la de aquellos que tienen déficit alimentario.

Esta fue la saga de la insulina, que comenzó como una epifanía y hoy continua como una industria billonaria. Es esta una historia de cooperación y desencuentros, de orgullos torturados y tesón incansable, de sacrificio y esperanzas como las de cualquier emprendimiento humano.

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