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miércoles, diciembre 7, 2022

Las razones de la sinrazón

Desde 1948 la ONU define “genocicio” como “cualquier acto perpetrado con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Esos actos comprenden e incluyen la matanza de miembros de dicho grupo, lesionar gravemente la integridad física o mental de los miembros del grupo, someter a un grupo a condiciones de existencia que deriven en su destrucción física total o parcial, la adopción de cualquier medida que tenga como objetivo impedir los nacimientos en el seno del grupo o trasladar por la fuerza a niños del grupo dañado hacia otro grupo. Tras medio siglo de debates acerca del significado de “genocidio”, esta definición es la que más se acerca a la descripción de la esencia de todo genocidio. Frente a este concepto surge otro, más purista, que considera que genocidio es toda matanza de un pueblo que se base en la ascendencia del mismo y no en su religión, riqueza, educación o creencias políticas; es decir, en nada que pueda ser adquirido. Sin embargo, es el primer concepto vertido (el definido por la ONU) el que más arraigado está en los tiempos que corren cuando se habla de genocidios.

     Remitiéndonos a ese principio y más allá de las definiciones, aunque es posible que diversas razones actúen simultáneamente al perpetrar un genocidio, el antropólogo Jared Diamond las ha resumido en cuatro principales.

     Las dos primeras razones implican un conflicto real de intereses por territorio o por poder, estén los mismos disfrazados o no tras cuestiones ideológicas. Las otras dos razones son casi puramente ideológicas o psicológicas en un caso y raciales o religiosas en el otro.

     Veamos de qué se trata la cosa.

     En el primer caso mencionado (disputas por territorio), el motivo más común de un genocidio se da en una situación en la que un pueblo militarmente poderoso intenta ocupar el territorio de otro pueblo más débil  que opone resistencia. Ejemplos de este caso son la matanza de los indios americanos realizada por los americanos blancos, el exterminio de los aborígenes australianos y tasmanios por parte de los australianos de raza blanca, las producidas por la expansión de los imperios a lo largo de la historia, etc.

     El segundo caso (disputas por poder) se da en el marco de una sociedad pluralista en la que un grupo pretende imponer una solución definitiva acorde a sus intereses y conveniencias eliminando a un grupo rival. Ejemplos de este caso son las matanzas de tutsis cometidas por los hutus en Ruanda, el genocidio de serbios cometidos por croatas, luego el de croatas cometido por serbios, etc.

     En el tercer caso (motivaciones ideológicas), asesinados y asesinos pertenecen al mismo grupo étnico pero difieren en sus ideologías (sobre todo en las políticas). Ejemplos de esto son las purgas de Stalin, las matanzas por parte de los khemeres rojos en Camboya, la “revolución cultural” de Mao, etc.

     En el cuarto caso (motivaciones raciales o religiosas) la lista de persecuciones es interminable. Ejemplos de estos abundan en la historia, desde las persecuciones de los musulmanes en las Cruzadas hasta el Holocausto judío perpetrado por los nazis, pasando por el genocidio armenio perpetrado por los turcos, el de los árabes en Zanzíbar por parte de la población negra o la matanza de los franceses protestantes producida por los católicos en san Bartolomé.

     Sean cuales fueren los motivos del genocidio, los mismos se remontan a los orígenes de la especie humana. Según el famoso etólogo Konrad Lorenz, los instintos agresivos de los animales están controlados por inhibiciones instintivas sobre el asesinato. Sin embargo, en las décadas recientes parece reafirmarse el concepto de que el asesinato existe en muchas especies animales, aunque aparentemente no en todas. En la historia de la humanidad esa especie de inhibición mencionada por Lorenz parece haber desaparecido como consecuencia de la invención de las armas; al parecer, esta nueva capacidad de aniquilar al vecino resultó lo suficientemente poderosa como para suprimir toda restricción instintiva.

     Muchas especies animales carecen de los medios necesarios para matar a sus congéneres. El hombre sí los tiene y los utiliza, obviamente. En las especies no sociales, los asesinatos se producen de un individuo a otro; en las especies sociales, sobre todo en las carnívoras (el hombre entre ellas), el asesinato puede adoptar formas de ataques coordinados y organizados de un grupo hacia otro, lo que lleva a crímenes masivos.

     Los dos modelos de genocidio más comunes entre los humanos tienen claros antecedentes en otras especies animales: asesinar tanto a hombres (machos) como a mujeres (hembras) encaja en el modelo de los humanos, de los chimpancés y de los lobos; matar a los machos y perdonar la vida a hembras y cachorros coincide con lo que practican los gorilas y los leones.

     Otra cuestión a tener en cuenta es evaluar si la propensión de la humanidad al asesinato proviene de una patología asociada a la civilización moderna. Inicialmente el “mito del buen salvaje” inducía a pensar eso, pero ya ha sido probado que ese mito (como casi todo mito) es falso; la falta de asentamiento cultural, intelectual o de infraestructura no fue nunca un freno a la agresividad humana. Sí es cierto que las guerras entre sociedades cazadoras-recolectoras y otras sociedades primitivas tenían un perfil de  características rituales y se detenían cuando apenas habían muerto unas pocas personas. Las guerras entre griegos y troyanos, entre romanos y casi todos los demás, entre asirios y todos sus vecinos, etc, siempre terminaban de manera similar: se mataba a los vencidos y se esclavizaba a sus mujeres, aunque hay variaciones al respecto. Gengis Kan liquidaba a todos o perdonaba a algunos (pocos, eh) según el humor que tuviera cada día, por ejemplo. Y es que en un genocidio nunca alcanza con vencer; el verbo más adecuado es “exterminar”.

     Es indudable que Mao, Stalin y Hitler establecieron marcas impensadas respecto al número de víctimas, debido a que tenían tres “ventajas” (ups) respecto de los asesinos de siglos anteriores: una mayor densidad de población de los pueblos exterminados, mejor infraestructura para acorralar a sus víctimas y una tecnología más desarrollada aplicada al asesinato masivo.

     El impulso del asesinato en masa, sin embargo, puede ser frenado en muchos casos por la ética; la pregunta entonces es por qué en algunas (tantas) ocasiones se rompen esos diques de contención. En un mundo en el que cada uno sólo ve dos grupos (“nosotros” y “ellos”), no ha sido posible lograr que el trato hacia “ellos” sea el mismo que tenemos entre “nosotros”. Así, la especie humana ha aplicado un criterio dual a su conducta: fuertes inhibiciones para matar a uno de los “nuestros” y luz verde para aniquilar a uno de “ellos”. A partir de esta dicotomía, sea heredada del instinto animal o propia del código ético humano, es que el genocidio termina existiendo, por espantoso que parezca.

     Con el tiempo, esa forma de encarar la relación con el prójimo no resultó apropiada debido al surgimiento de la tendencia a instalar normas equitativas para todos (para “nosotros” y para “ellos”). Pero el humano siempre se las ingenia para justificar sus fechorías, y entonces la “justificación” del crimen masivo viró hacia otro concepto: “la culpa es de la víctima”. Algunos elementos concurrieron para eso: uno, como el código ético “universal” acepta que la defensa propia está justificada, eso ha derivado en una más que elástica racionalización del concepto; hasta Hitler inventó un falso ataque-escaramuza de los polacos en un puesto fronterizo para poder alegar “defensa propia” al desatar la Segunda Guerra Mundial (el clásico “ellos empezaron”). Dos: declararse en posesión de la “verdadera” religión, raza o ideología, o alegar que uno representa la parte más desarrollada de la civilización, lo que busca justificar cualquier agresión contra los que “están equivocados” o “son inferiores”. Esa especie de jerarquía del desprecio según la cual los pueblos con mayores conocimientos científicos desarrollo de infraestructura menospreciaban a los pueblos agricultores, que a su vez miraban con desdén a los pueblos cazadores-recolectores. Tres: en la más abyecta racionalización del genocidio, las víctimas son comparadas con animales, justificando así su exterminio; así actuaron los nazis con los judíos, los boers con los africanos, los colonos americanos con los indios nativos, etc.

     Genocidios ha habido y habrá a lo largo de la historia humana, en todo tiempo y en todo lugar. Desde los perpetrados por los asirios, los mongoles, los romanos, los hunos, los cruzados y tantos otros en el mundo antiguo, pasando por el exterminio de los indios americanos en el Caribe, en Sudamérica y en Norteamérica, todos ellos de millones de personas, el de los protestantes en Francia en 1572, el de los bosquimanos por los boers en los siglos XVII y XVIII, el exterminio de los aborígenes australianos y tasmanios en los siglos XVII y comienzos del siglo XX, el de los aborígenes argentinos en la década de 1870, el exterminio congoleño de fines del siglo XIX, hasta el exterminio de judíos, gitanos, polacos y rusos a manos de los nazis, el exterminio de serbios por los croatas, la purga de Stalin, el genocidio armenio, los indios brasileños y los aché paraguayos, las matanzas en el Líbano, los ibos en Nigeria, los ugandeses a manos de Idi Amín, hutus y tutsis alternativamente en Burundi y Ruanda, la revolución cultural de Mao en China, árabes exterminados en Zanzíbar, tamiles y cingaleses exterminados en Sri Lanka, bengalíes exterminados por los pakistaníes, camboyanos por los Khemeres rojos, timores a manos de indonesios, rohyngias en Birmania, serbios y bosnios en los Balcanes, etc, etc, etc… En todo tiempo, en todo lugar, por cualquier razón, por las mismas razones de siempre.

     Porque siempre hay razones para matar al prójimo.

     Así ha sido siempre y así seguirá siendo.

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