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viernes, octubre 7, 2022

ALOIS ALZHEIMER, EL DESCONOCIDO

Su vida no fue de aventuras y viajes, sino la de un estudioso, un devoto de la naturaleza que relacionó las enfermedades psiquiátricas con lo que veía en el microscopio.

En 1851 ingresó como médico al Instituto de Lunáticos y Epilépticos de Frankfurt (la palabra lunático proviene de la creencia vulgar de que los ciclos lunares alteran el estado mental de los alienados). Allí conoció a Heinrich Hoffmann, psiquiatra somaticista u organicista, que intentaba correlacionar las enfermedades mentales con cambios objetivables del cerebro  Eran los tiempos en que distintos científicos teñían a las neuronas con diferentes  compuestos, especialmente con sales de plata,  para ver cambios en la estructura celular, Santiago Ramón y Cajal, Nissl y el mismo Alzheimer eran entusiastas del estudio histológico del cerebro.

Hoffmann también introdujo a Alzheimer en la práctica de la contención verbal del paciente, a fin de evitar el uso de la fuerza o solo reservarla para casos extremos.

¿Cómo reducían entonces a un sujeto peligroso y alienado? Es fácil decir que había que convencer a un paciente excitado solo con palabras pero en tiempos en que no existían los psicofármacos se requería decisión y coraje, además de una gran habilidad para contener a uno de estos sujetos violentos solo con un discurso tranquilizador … De una forma u otra está actitud es la que prefigura las prácticas del Dr. Freud .

Las primeras publicaciones de Alzheimer las hizo junto a Franz Nissl, un patólogo conocido, quien había descripto dentro de las células un corpúsculo que lleva su nombre. 

En 1892, y de acuerdo a su política de contención verbal publicó un detallado reporte sobre el uso de “balnearioterapia”, es decir la tranquilidad de los balnearios para recuperar el equilibrio perdido.

En la Asociación de Psiquiatras en Dresden, el 21 de septiembre de 1893, Alzheimer hizo  la descripción de los signos clínicos de una atrofia cerebral tipo arteriosclerótica en 12 pacientes que no eran sifilíticos. El Dr. Emil Kraepelin –uno de los “fundadores” de la escuela alemana de psiquiatría– le puso a esta forma clínica de demencia el nombre de Alzheimer, su discípulo y amigo.

Esta afección estaba  causada por múltiples infartos, sin antecedentes de trauma, diabetes, afecciones renales ni insuficiencia cardiaca. Sin embargo, entonces, el diagnóstico de certeza solo podía hacerse en la autopsia.

Alzheimer ganó prestigio académico por la descripción clínica de conductas alienadas y su correlación con el estudio histopatológico del cerebro, una actividad científica que requiere orden y paciencia, mucha paciencia.

En 1903 lo convocaron para hablar sobre “Los estudios histopatológicos en la parálisis progresiva”. La conferencia fue ilustrada con fotografías tomadas por   el mismo Alzheimer. .

Juntamente fue Kraepelin quien lo invitó a formar parte del Instituto Germano de Investigaciones Psiquiátricas que se convertiría en el Instituto Max-Planck, uno de los más célebres del mundo.

La vida de Alzheimer se dividió entre sus estudios, los congresos y una devota vida familiar.

Le tocó vivir la época más gloriosa de la medicina alemana junto a Rudolf Virchow –como patólogo– y Robert Koch –como infectólogo– quien descubrió el germen de la tuberculosis. Alzheimer compartió congresos, camaradería y amistad con estrellas como Eugen Bleuler –aquel que acuñara el término esquizofrenia y tendría una marcada  influencia sobre Freud y Jung–.

En 1914 dio su última conferencia, titulada “Efecto moral de la guerra sobre el sistema nervioso y la psiquis”, que coincidió con la publicación de su texto “Guerra y nervios”. Una irreductible insuficiencia renal lo llevó a la muerte, una pérdida irreparable para sus colegas y todo el movimiento de psiquiatría alemana que pretendía poner orden en una literatura científica compleja y una serie de nomenclaturas caóticas a las que Kraepelin otorgó un sistematización. En el capítulo de demencias incluyó la descripta por Alois Alzheimer, una afección que comenzaba  a los 60 años, y evolucionaba a lo largo de 10 años con trastornos mnésicos, dificultad para comunicarse, problemas para caminar, con cambios en la personalidad, la atención y orientación.

Hoy las neuro imágenes permiten detectar la atrofia cerebral que Alzheimer solo podía ver al microscopio.

Justamente, el 21 de septiembre, el día que Alzheimer describió por primera vez la enfermedad, la OMS recuerda su nombre, el de un científico dedicado cuyo nombre se convirtió en sinónimo de deterioro mental irreversible. Esta enfermedad afecta a 10 personas de cada mil, comprometiendo al 0,4% de la población mundial con una tendencia a aumentar su  incidencia a medida que se prolonga la existencia  (se calcula que en el 2030 será del 0,56%).

Actualmente hay casi 50.000.000 de afectados, pero para el 2050 esta prevalencia se triplicaría.

Las teorías sobre su origen son múltiples: algunos lo asocian a la ingesta de gluten, otros a la exposición al aluminio. Se cree que es una mutación de los genes PSEN1 y PSEN2 en el cromosoma 21 (el mismo cuya trisomía produce el Síndrome de Down), que produciría una proteína beta amiloide, responsable de destruir a las células cerebrales por su acumulación.

Los tratamientos disponibles son drogas que inhiben la acetilcolinesterasa (es decir aumentan los niveles del neurotransmisor acetilcolina), pero solo retrasan la evolución de la enfermedad. De allí que es importante estimular la capacidad cognitiva de los pacientes para que con el entrenamiento se logre compensar las pérdidas de memoria que lo aquejan.

Muchas otras terapéuticas se han ensayado como vacunas, células madres y ultrasonido, pero sin resultados significativos.

Para su prevención se aconseja una vida saludable con una dieta baja en colesterol y hacer ejercicios mentales –como ajedrez y completar crucigramas–. Es decir todo sirve para atrasar, pero nada para evitar. No es una enfermedad que duela pero que destroza el alma, con un costo social altísimo. No solo destruye al paciente sino a su familia y todos los que lo aprecian viéndolo  desintegrarse en vida, porque sin memoria, no somos.

“La vida no es la que uno vivió, sino lo que recuerda y cómo lo recuerda para contarla”.

Gabriel García Márquez

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