19.9 C
Buenos Aires
miércoles, octubre 5, 2022

LA REINA Y LA DUQUESA: Una cuestión de títulos

La recientemente desaparecida reina de Inglaterra tenía, además del título de su “Majestad Real”, una treintena de títulos por regir los destinos del Commonwealth como reina de Santa Lucia y Australia, duquesa de Normandía, Lancaster, y Señora de la Isla de Man, además de ser la cabeza de la iglesia anglicana (aunque, curiosamente, un genealogista francés afirma que Isabel II era descendiente de Fátima, la hija de Mahoma, a través de sus  ancestros españoles)

La ascendencia alemana había obligado a la familia real (originalmente Sajonia-Coburgo y Gotha por el príncipe Alberto, casado con la reina Victoria,) a cambiar su apellido durante la Primera Guerra Mundial por el de Windsor.

Parecía que nadie podría superar a Isabel en el atesoramiento de títulos nobiliarios, hecha la excepción de María del Pilar Teresa Cayetana Manuela Margarita (y veinte nombres más para quedar bien con sus ancestros), conocida como la decimotercera duquesa de Alba (1762-1803) pero que además ostentaba otros treinta títulos nobiliarios entre condados, ducados y marquesados.

Tanta prosapia le jugaba en contra a Cayetana quien solo se pudo casar con otro grande de España, el duque de Medina Sidonia, quien no era tan “grande ” como Cayetana, pues su marido “solo” lucía 26 títulos y además era su primo (una de las condiciones del matrimonio era que en caso de tener descendencia, que no la tuvo, ésta debería llevar Alba como apellido).

Además de tan noble ascendencia, Cayetana era riquísima, no solo era dueña de casi media España, sino que vivía en el Palacio de la Moncloa, actual sede del gobierno y el de Buenavista, ahora cuartel general del ejército, justo enfrente de la fuente de Cibeles.

Sin embargo, la duquesa, que quedó viuda a los 40 años, no pasó a la historia por sus riquezas, ni por sus nombres y títulos, sino por sus escandalosos amoríos, especialmente con Francisco Goya quien, según mal cuenta la leyenda, la pintó desnuda (algo impensado para una dama de tanta alcurnia). Pues esta maja desnuda no era Cayetana sino Pepita Tudó, una amante del ministro Godoy, quien, a su vez, era amante de la reina María Luisa.

Godoy tenía estos cuadros de las majas en su despacho y por un ingenioso juego de palancas, vestía o desnudaba el retrato de su amante según su antojo.

¿Hubo  un romance entre el pintor y la duquesa ? Pues eso es tema de discusión, pero parece confírmalo un retrato que hizo Goya de Cayetana donde ella aparece señalando al piso. Cuando la obra se restauró en 1960, se descubrió una curiosa inscripción, “solo Goya”, como si el pintor fuese el único dueño del corazón de la duquesa… cosa que no fue así pues eran conocidos sus muchos desvaneos sentimentales, especialmente con el torero Pedro Romero.  Este romance en particular creó tiranteces con la contrincante por el amor de don Pedro que era la duquesa de Benavente. Tampoco a Goya le cayó en gracia este amorío, en uno de sus dibujos la retrató como una bruja volando sobre el torero.

Sin embargo, la gran enemiga de Cayetana era la reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos lV, también ocasionada por el afecto de un joven. Al parecer la inquina era grande, ya que la duquesa estaba empeñada en mostrarle su superioridad aristocrática y crematística a la reina. Cuentan que una vez María Luisa se hizo traer de París un  vestido para lucir en una fiesta y Cayetana ordenó que copiaran dicho modelo para que toda su servidumbre (que era una multitud) luciese el mismo modelo que la reina…

Quizás por esa enemistad nadie se sorprendió por la precipitada muerte de la duquesa con solo 40 años en su haber. Muchas cosas se dijeron entonces, ya que aprovechando que no había herederos directos, la reina ordenó confiscar las joyas de Cayetana. El Palacio de la Moncloa y el de Buenavista fueron adquiridos a precio vil.

Tantas dudas suscitó el óbito de la duquesa que su cadáver fue exhumado, no una sino dos veces. La primera vez fue  en 1842, cuando se constató que su ccuerpo  había sido mutilado. Tenía las piernas cortadas y le faltaba un pie. La versión oficial sostenía que se había procedido a la amputación para que la duquesa pudiese alojarse en el féretro. Suponemos que con semejante fortuna , la familia de la duquesa bien  podría haber adquirió un ataúd a su medida…

También hubo otra explicación más curiosa que establecía que esa amputación se hizo siguiendo una costumbre árabe para que el fantasma de la duquesa no volviese a los lugares que solía frecuentar.

Como ven, la autopsia levantó más sospechas que las que originalmente se temían y los descendientes exigieron una nueva exhumación para saber de que había muerto la duquesa, ya que los rumores de un envenenamiento aún se seguían barajando a pesar del tiempo transcurrido. En 1945, el cuerpo fue una vez más examinado y se determinó que había muerto de una meningitis tuberculosa. Fin de las especulaciones, pero no de la historia de los Alba. Los bienes de la duquesa fueron rapiñados por la corona española y los títulos de Cayetana pasarán a sus parientes los Fitz-James Stuart, descendiente de su abuelo, el XII duque de Alba de Tormes.

Así es como aparece en el siglo XX, una nueva Cayetana como duquesa de Alba, la decimoctava en llevar este título y los otros cuarenta que había heredado de su lejana pariente y otros miembros más cercanos a su familia.

¿Quién tiene más jerarquía, los 40 títulos nobiliarios y la reina? Pues todos coinciden en que prima la realeza ,y así lo opinaba la misma María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, la ya mencionada decimoctava duquesa de Alba, quien se entrevistó con Isabel II durante una visita protocolar a España. Isabel y Cayetana volvieron a encontrarse después de años  sin  verse y recordaron  los tiempos en que la duquesa era hija del embajador español en Londres y entonces ambas niñas jugaban desprejuiciadamente en los jardines del Buckingham Palace sin reverencias ni besamanos como Cayetana, gustosamente,  debió cumplir cuando se presentó ante Isabel II.

Ahora ambas aristócratas han muerto, un acto equiparador del que nadie escapa a pesar de sus títulos y oropeles.

Artículo anteriorLa masacre de Nankíng
Artículo siguienteTanguito, un juglar de barrio

Las más leídas