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viernes, octubre 7, 2022

RABELAIS, ENTRE LAS RISAS Y LA CIENCIA CONCIENCIA

“Es mejor escribir sobre las risas que sobre las lágrimas, pues la risa es la propiedad del hombre”, aforismo que aplicó no solo a la literatura –como lo haría Cervantes– sino también a la práctica médica. Este uso terapéutico y literario de la risa lo convirtió en un maestro de lo insólito.

Rabelais pasó los primeros años de su vida en distintos conventos donde tuvo una formación humanística. Dominaba el griego, el latín y tenía una sólida formación teológica y filosófica. Pero sus inquietudes intelectuales lo fueron alejando de la Iglesia, adhirió al calvinismo, y al final cayó en la apostasía y, quién sabe, en el ateísmo. En  1527 comenzó sus estudios de medicina en la Universidad de Paris donde se graduó tres años más tarde.

Algunos sostenían que François Rabelais ya ejercía la medicina sin estar habilitado. Gracias a su dominio de las lenguas clásicas pudo leer a Galeno e Hipócrates en su idioma original, circunstancia que lo convirtió en un alumno aventajado.

En los primeros años de ejercicio profesional adhirió a sus principios, pero para Rabelais todo era evolución. Al igual que del sacerdocio había ido a la apostasía (tuvo dos hijos reconocidos), con el tiempo renegó de algunos principios hipocráticos, a la vez que publicaba su primer versión de Gargantúa y Pantagruel (1534) bajo el seudónimo Alcofribas Nasier. Su estilo tan particular dio lugar al espíritu “Rabelaisiano”, marcado por un humor robusto y extravagante, caricaturesco y de un valiente naturalismo. Gargantúa fue el primer best seller de la literatura francesa, por estas figuras basadas en personajes populares de la mitología celta.

Valiéndose del humor, Rabelais  exaltó las urgencias de los sentidos y puso en escena los vicios y virtudes de los hombres. Entre líneas ponía en duda algunos principios teologicos y satirizaba costumbres imperantes. Todo esto no le resultó gratuito, varias veces se prohibieron sus textos y estuvo a punto de  ser apresado por la Inquisición –aunque la muerte lo salvó de ser arrestado y verse obligado a confrontarse con los terroríficos inquisidores quienes, seguramente, lo hubiesen hecho abjurar de sus ideas mediante la tortura.

Si bien fue conocido por sus escritos, Rabelais fue un excelente médico quien no siempre  coincidía con algunas costumbres de la profesión. No le gustaba probar la orina, sin embargo a veces debía hacerlo, aunque personalmente prefiriese  el vino ( creo que todos coincidimos con él). Si la orina era dulce se diagnosticaba diabetes mellitus por falta de insulina, si la orina no tenía gusto se llamada diabetes insípida por falta de la hormona antidiurética, pero eso no se supo hasta cinco siglos más tarde y Rabelais y los médicos siguieron probando la orina hasta que los exámenes de laboratorio los salvaron de este menester.

No  le gustaba a Rabelais hacer sangrías porque debilitaban a los pacientes y tampoco creía que la enfermedad fuese un castigo divino ni la invocación de los santos pudiese asistir a la doliente humanidad. Creía en la vida sana, la higiene, el aire puro y lo que Hipócrates llamaba el equilibrio de los humores .

Mientras estaba en Lyon, en 1532, inventó un aparato para reparar los huesos llamado “Glosscomion” y también diseñó otro para curar las heridas del vientre llamado “Syringotomo”.

A los pacientes con trastornos psiquiátricos les aconsejaba “tisana de sen”, mientras que sus colegas médicos recomendaban los exorcismos.

Rabelais fue uno de los primeros intelectuales en alejarse de la “oscuridad gótica”.

Creía que la “naturaleza curaba a la naturaleza” y propuso terapias vegetales como la corteza del olmo para cicatrizar heridas. Pero, sobre todo, defendía las virtudes de la risa y, de esta forma, su amigo Étienne Dolet decía que “Rabelais era capaz de volver los muertos a la luz”.

Debió abandonar la medicina porque sus habilidades como diplomático lo hacían viajar frecuentemente a Roma donde conoció a varios Papas y hasta fue consultor en cuestiones tanto de política como de salud.

Rabelais nos dejó sus libros, sus ironías, sus creencias y, entre ellas, nos dejó una frase de enorme actualidad: “Ciencia sin conciencia no es más que la ruina del alma”.

La ciencia sometida al dominio político y económico pierde su condición intrínseca de objetividad verificable. Los científicos apremiados por el poder pierden el rumbo aceptando esa imposición.

Si los artistas necesitan mecenas, los científicos son mucho más dependientes del dinero para llevar adelante su pasión por la investigación, que los hace más vulnerables a las tentaciones .

Cuentan que cuando a Wernher von Braun lo llevaron a Estados Unidos para proseguir con sus trabajos sobre cohetes (bajos las órdenes de los nazis su tarea era destruir Londres, en América su misión era conquistar la luna), vio un cartel de Uncle Sam señalándolo con el clásico “We want you…”. Braun lo miró por un rato y exclamó : “Eso es lo que siempre quise, un tío rico para bancar mis pasiones”.

La reciente pandemia mostró muchos ejemplos de  “ruinas del alma”. Hubo vacunas, como la Sputnik, que no continuó con los seguimientos necesarios.

 Se inhibió el uso de medicamentos que podrían haber cambiado el curso de la enfermedad (suero convaleciente, fluvoxamina, ibuprofeno e ivermectina, entre otros). Y ahora se insiste en vacunar a los niños cuando ellos no sufren formas graves de la enfermedad, la mortalidad es mínima y, sobre todo, no han pasado cuatro años de observación mínimos y necesarios para complementar la fase 4.

Ni  con la poliomielitis ni con el sarampión, enfermedades que mataban a los niños o los dejaban discapacitados, se acortó ese trámite porque desde siempre se sabe que hay complicaciones que aparecen mucho tiempo después de haberse aplicado cualquier medicamento (Salk contaba que en los primeros tiempos de prueba con su vacuna casi no podía dormir abrumado por la responsabilidad).

Rabelais sostenía que “la mediocridad dondequiera es alabada”. Y si esa mediocridad es bien remunerada se convierte en una tentación en las que muchos profesionales han caído y caerán a medida que el poder de grupos económicos se acreciente y pretendan imponer su perspectiva sobre la existencia sin la debida conciencia .

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