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viernes, octubre 7, 2022

Kamikaze: Viento divino

La imagen de estos pilotos atándose a la frente la bandera del sol naciente, dio la vuelta al mundo. Era un símbolo de entrega total antes de concretar los ataques suicidas que sembraron el pánico entre las fuerzas aliadas durante la guerra en el Pacifico. La palabra kamikaze estaba en boca de todos …Sin embargo, los japoneses no usaban ese nombre para estos pilotos sino el tokkōtai (特攻隊) («Unidad Especial de Ataque Shinpū»).

La palabra kamikaze nace de un error, fue una lectura equivocada de los traductores norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial del Kanji, uno de los tres sistemas de escritura japonesa junto al hiragana y el katakana. El error proviene de la incorrecta lectura de los ideogramas “dios” y “viento”.

Durante la invasión del Kublai Khan al Japón, un tifón destruyó la poderosa flota mogol que seguramente hubiese vencido con facilidad a las débiles defensas niponas. Este episodio fue conocido como “Viento Divino” y fue tomado como un designio divino, los dioses defenderían siempre a los habitantes de Japón.

Después de la batalla de Midway (junio de 1942), cuando la flota norteamericana pudo destruir 4 portaaviones japoneses, un acorazado y 275 aviones, el avance norteamericano fue implarable y la capacidad de recuperación de las pérdidas imperiales, limitada.

La superioridad americana se hizo más notable cuando dos años después, el 20 de junio de 1944, los japoneses perdieron 400 aviones y sus mejores pilotos. La capacidad de formar nuevos pilotos se vio comprometida también por un hecho biológico, los orientales tienen una mayor incidencia de miopía y el uso de anteojos en un piloto de guerra es un factor limitante. En 1939, el Dr. Tsutomu Sato (1902-1960) había ideado una forma de aplanar la córnea para bajar la miopía, mediante cortes en la misma. El método fue exitoso al principio, pero con el tiempo terminaba lesionando los tejidos y conducía inexorablemente a un transplante de cornea. Justamente sus primeros pacientes fueron los aspirantes a pilotos que padecían miopía y fueron destinados por el ministro Hideki Tōjō a esta unidad entrenada para estas misiones sin retorno en aviones cuyos fuselajes eran terminados con madera, provistos de una sola bomba de 250 kg y sin el suficiente combustible para retornar a sus bases.

Estos soldados fueron la culminación de una tradición de la cultura del sacrificio extremo, cuando el imperio estaba amenazado por el agresor. Al morir gloriosamente, ellos se convertían en Eirei, es decir espíritus guardianes del país según el código bushidō (武士道?) de lealtad y honor. Muchos servidores de su majestad se sentían orgulloso de ser consagrados en el Santuario de Yasukuni que contiene la lista de casi 2.100.000 soldados caídos en acción.

Se calcula que 3.800 pilotos kamikaze murieron en estas misiones, causando la muerte de 8000 marinos aliados. Solo el 20% de los ataques japoneses fueron  efectivos, la mayor parte de estos pilotos murieron en vano (aunque no todos los historiadores coincidan con estas cifras) .

También hubo kairyu (es decir, submarinos con misiones suicidas), kaiten (torpedos dirigidos por humanos para guiar al explosivo hacia su objetivo –a expensas de su vida–), lanchas Shin’yō  (guiadas por pilotos dispuestos a morir en el impacto) y fukuryu (buzos entrenados para morir).

Como vemos, había una gran variedad de formas de dar la vida por el emperador. Pero la más temida, la que más desorientaba a los aliados, especialmente porque ponía en peligro a sus portaaviones, eran estos pilotos dispuestos a destruir al enemigo a expensas de su propia existencia .

La primera misión exitosa tuvo lugar el 19 de junio de 1944. Ese día, el portaaviones japonés Chiyoda lanzó dos ataques suicidas: uno de ellos hundió al USS Indiana.

Si bien fueron anunciados varios ataques ninguno tuvo lugar hasta el 14 de octubre de 1944, cuando al USS Reno fue impactado intencionalmente por un avión japones.

Algunos historiadores señalan al contraalmirante Masafumi Arima (1895-1944) como el ideólogo de esta táctica, quien murió en la batalla del golfo de Leyte, al chocar su avión contra el portaaviones USS Franklin. El hecho fue promocionado por los medios japoneses y registrado como el primer ataque suicida, aunque, como ya dijimos, existían antecedentes de otras misiones y también resulta poco probable que la Marina Imperial haya enviado a un piloto de tan alta graduación a un ataque sin retorno.

Desde entonces el comandante Asaichi Tamai (1902-1964) se puso al frente de un grupo de 23 novatos como el primer grupo organizado de Kamikaze.

“Si uno pregunta por el

verdadero espíritu de Japón

diré que han florecido como cerezos

brillando con el sol del amanecer”

Este era el poema de Motoori Norinaga (1730-1801) –el gran escritor clásico japones– para describir el espíritu de estos jóvenes dispuestos a dar su vida por la patria. De hecho muchas de estas naves llevaban una flor de cerezo como emblema.

Durante la batalla de Leyte también fue impactado el HMAS Australia, falleciendo el capitán australiano de la nave y el comandante de la flota John Collins. También fueron atacados el USS Kitkun Bay, el USS Fanshaw, el White Plains, el USS St. Lo y el USS Sangamon, entre otros.

Al final 7 portaaviones norteamericanos sufrieron algún daño pero de las 40 naves impactadas por los aviones suicidas, 5 se hundieron, 23 sufrieron daños importantes y 12 moderados.

La guerra suicida no solo fue en combate aire-mar, sino tuvo enfrentamientos aire-aire; los japoneses intentaron interceptar a las fortalezas volantes que bombardeaban Tokio. A fin de evitar estos ataques la Mariana imperial  formó el Regimiento Aéreo N° 47 Shinten Seiku Tai, para detener a las formaciones B-29 antes de llegar a blancos en tierra japonesa, impactando directamente a los aviones de USA en el aire.

La táctica falló por la superioridad de defensa y maniobrabilidad de los aviones norteamericanos.

Los ataques siguieron contra la flota y el 11 de marzo un avión kamikaze que había volado casi 4000 km solo, impactó al USS Randolph. Durante la batalla de Okinawa, el 6 de abril de 1945, por lo menos 30 naves norteamericanas fueron hundidas o puestas fuera de combate. Uno de estos barcos, el destructor USS Laffey se ganó el sobrenombre de “La nave que no va a morir”, después de haber sobrevivido a seis ataques kamikazes.

La última víctima antes de la capitulación fue el destructor USS Callaghan en un ataque conducido por el vicealmirante Matome Ugaki (1890-1945).

Si bien estos ataques suicidas no ocasionaron un impacto significativo en el poder aeronaval aliado, el hecho de enfrentar este fanatismo, tuvo un importante efecto psicológico y de una forma u otra, fue tomada en cuenta por los norteamericanos al momento de decidir terminar la guerra con las explosiones de Hiroshima y Nagasaki. Los asesores del presidente Truman calculaban que la toma de Jampón implicaba 1.000.000 de muertes de las fuerzas aliadas…

Al capitular, los japoneses tenían 14.000 aeronaves dispuestas, listas o en preparación para llevar adelante ataques sin retorno.

Para crear este sentimiento de fanatismo patriótico, los medios crearon un relato ensalzando este espíritu con historias de coraje inusual o gestas inventadas para entusiasmar a estos combatientes a tomar una resolución extrema que también pasaba por no rendirse en caso de ser capturado o terminar su vida por mano propia  A tal fin llevaban una katana o una pistola Nambú e invitaban a seguir el seppuku o ritual suicida de los samurái.

Daisetsu Suzuki, en su libro El viento divino, dice “intentaron superar su deficiencia de espíritu científico por la fuerza espiritual y física aplicada a través de tácticas kamikazes. La mentalidad no científica de los militares japoneses era común al resto del país. Esta táctica compensatoria estaba condenada a ser suicida. Lejos de ser motivo de orgullo debe quedar como una mancha sobre el pueblo de Japón”.

Esta nota también fue publicada en: Ámbito

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