El destino de los integrantes de la Primera Junta

     Como seguramente recordamos, la Primera Junta de Gobierno tenía un presidente (Cornelio Saavedra), dos secretarios (Mariano Moreno y Juan José Paso) y seis vocales (Manuel Alberti, Miguel de Azcuénaga, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Juan Larrea y Domingo Matheu).

     Para simplificar (y sin ánimo de entrar en polémicas) podría resumirse que los integrantes de la Junta se agrupaban en dos grupos: los “morenistas”, más radicales en sus ideas y en su postura política, y los “saavedristas”, más conservadores. Ambas corrientes internas se diferenciaban en la forma en que interpretaban los acontecimientos de la Revolución de Mayo y cómo dirigir el gobierno constituido.

     Los morenistas estaban liderados por Moreno, que era secundado por Castelli y Belgrano. Sostenían que debía constituirse un congreso-asamblea general constituyente que proclamara la independencia y sancionara una constitución. Querían impulsar medidas que consagraran la igualdad ante la ley, la abolición de la esclavitud y la supresión de los tributos sobre las personas más carenciadas, sobre todo los indígenas.

     Los saavedristas estaban liderados por Saavedra. Pensaban que había que gobernar en nombre de Fernando VII hasta tanto se supiera si el imperio napoleónico lograba perdurar en el poder. No creían conveniente proclamar la independencia ni reunir un congreso constituyente, por temor a las represalias de los partidarios del rey de España.    

    Recordemos en forma muy breve qué hizo la Primera Junta.

    En términos políticos: informó a todos los cabildos sobre los sucesos del 25 de mayo, exigió su reconocimiento como nuevo gobierno y pidió a las ciudades del interior que eligieran sus propios representantes y los enviaran a Buenos Aires; decretó el arresto del virrey Cisneros y su gente para luego enviarlos a España y desconoció la autoridad del Consejo de Regencia de España, lo que era una forma de desconocer a Fernando VII, por entonces derrocado por Napoleón.

     En el contexto militar y de defensa: formó un ejército formal dándole organización militar a las milicias que habían luchado en las invasiones inglesas, armó una flota naval para hacer frente a la flota realista de Montevideo y una escuela militar para la formación de oficiales. Decidió el fusilamiento de Santiago de Liniers, que había promovido una revolución en Córdoba oponiéndose a la Revolución de Mayo. Envió expediciones militares al Paraguay y al Alto Perú, regiones que no habían reconocido la autoridad de la Primera Junta.

     En lo que hace a la vida cotidiana de los ciudadanos, estableció el libre comercio con todas las naciones del mundo, creó el periódico “Gaceta de Buenos Ayres” que pasó a ser algo así como “vocero oficial” del nuevo gobierno, y reconoció el “derecho de petición”, que disponía que todo ciudadano podía exponer sus propuestas a los organismos de gobierno.

  O sea: que hicieron cosas, hicieron cosas. No hay duda. Habiendo refrescado estos hechos, veamos cómo terminaron sus días los miembros de este primer organismo colegiado de gobierno.

     El primer miembro de la Junta en morir fue el sacerdote Manuel Alberti. Inicialmente cercano a la posición de Mariano Moreno, participa como redactor en “La Gaceta de Buenos Ayres”, escribiendo artículos sobre la defensa de la libertad y los derechos de los ciudadanos; dado su carácter de sacerdote se opone públicamente al fusilamiento de Liniers ordenado por la Junta. La mencionada incorporación de los diputados del interior, que terminó constituyendo la llamada Junta Grande, precipita la renuncia de Moreno, y Alberti se distancia de él; también discute fuertemente con el Deán Funes, su rival político. Finalmente, muere en Buenos Aires sorpresivamente de un síncope el 31 de enero de 1811, a los 47 años.

      El segundo en morir fue Mariano Moreno, periodista y abogado. Evidenciadas sus diferencias con los saavedristas, Moreno presenta su renuncia a la Junta en diciembre de 1810, luego de la incorporación de los diputados del interior al nuevo gobierno (Junta Grande). Si bien su renuncia no fue aceptada, Moreno fue enviado a Londres para gestionar apoyos para la causa revolucionaria. Oficialmente, Moreno iba en una misión encomendada por la Junta Grande, pero en la práctica era un exilio de Buenos Aires, donde los saavedristas predominaban y Moreno había perdido influencia. En enero de 1811 se embarca en la goleta “Misteloe”, en viaje rumbo a Europa; dos días después hace transbordo a la goleta “Fama”, donde lo esperan su hermano Manuel y Tomás Guido, que eran parte de la misión. La salud de Moreno comienza a deteriorarse durante el viaje. Sus acompañantes piden al capitán que desvíe el rumbo hacia Rio de Janeiro o Ciudad del Cabo para tratarlo ya que no había médico a bordo; éste no sólo se niega sino que le da a Moreno una medicación que agrava su estado de salud dramáticamente. Mariano Moreno fallece en alta mar, el 4 de marzo de 1811, a los 32 años de edad. El capitán sostuvo que le había suministrado cuatro gramos de un emético (vomitivo) de uso habitual por entonces, compuesto de antinomio y tartrato de potasio. El problema es que parece que la dosis que le dio era mucho (pero mucho) mayor a la que podía resistirse y, por lo tanto, mortal. Las conjeturas (tanto políticas como de confabulaciones y crímenes por encargo) sobre el hecho no forman parte del objeto de estas líneas, pero debe acotarse que jamás ha habido conclusiones completamente aceptadas.

     El tercer miembro de la Junta en morir fue Juan José Castelli. Abogado y político, es enviado por la Primera Junta a la expedición militar al Alto Perú que es derrotada en la batalla de Huaqui. Como hay que buscar culpables luego de las derrotas (y vaya si Huaqui lo fue), la Junta mandó detener a Castelli y a Bernardo de Monteagudo, auditor de la expedición. Regresa a Buenos Aires, donde es sometido a un proceso judicial que fue claramente parcial. El tribunal fue recusado por el propio Castelli (uno de los fiscales había sido uno de los principales colaboradores de Liniers, el ex-virrey fusilado por el acusado); de hecho, ningún testigo confirmó los cargos formulados por los enemigos de la revolución. Mientras esto se llevaba a cabo, Castelli padecía un grave problema de salud: tenía cáncer de lengua en estado avanzado, y falleció por esa causa el 12 de octubre de 1812, con el juicio aún abierto. Momentos antes de su deceso pidió papel y lápiz, y escribió: “si ves al futuro, dile que no venga”. Tenía 48 años.

  El siguiente en fallecer fue Manuel Belgrano, abogado, político, periodista, economista, diplomático y militar. Belgrano había cargado durante gran parte de su vida con diferentes problemas de salud. Padeció enfermedades venéreas en España y ya en América tuvo frecuentes ataques de reumatismo, además de padecer paludismo y fiebre terciana en sus campañas militares. El comienzo de su destino inevitable lo marcó el inicio de una cirrosis y la consecuente hipertensión portal, que llevaron a una creciente insuficiencia hepática. Hacia 1819, la misma derivó en una ascitis (hidropesía, acumulación de líquido en la cavidad abdominal) que se continuó con hinchazón de piernas y pies. Después de la sublevación del Ejército del Norte en la posta de Arequito, Belgrano, que lo comandaba, emprende viaje a Córdoba ya enfermo, acompañado de su médico, de su secretario y de sus ayudantes. Recién logra continuar hasta Buenos Aires cuando obtiene un préstamo de 400 pesos. Después de permanecer unos días en una quinta de San Isidro se traslada a una vieja casona de la actual avenida Belgrano, donde muere el 20 de junio de 1820, a los 50 años, en la pobreza absoluta y ante la total indiferencia popular y el silencio oficial, en una Buenos Aires asolada por una guerra civil que llegó a tener ese mismo día tres gobernadores distintos. Sólo algunos parientes y dos o tres amigos acompañaron sus restos.

     El siguiente en morir fue Cornelio Saavedra (Cornelio Judas Tadeo de Saavedra y Rodríguez, su nombre completo), comerciante, militar, hacendado y político.Luego del episodio de la muerte de Moreno, Saavedra empieza a ser desplazado del escenario del poder político rápidamente. Nada nuevo. Después del desastre de Huaqui, ante el peligro de que en Buenos Aires estallara una revuelta en contra del gobierno, la Junta decidió, para tranquilizar los ánimos, enviar una comisión al lugar de los hechos, y para realzar su trascendencia decidieron que fuera el presidente, o sea, Saavedra; pero estando en Salta en esa misión, “le hicieron la cama” en Buenos Aires, formando el primer triunvirato. Así, Saavedra es desplazado, procesado y se exilia en Chile. Durante este período pierde toda su fortuna, la cual había hecho como comerciante con el Alto Perú. Vuelve a Buenos Aires en 1818 y logra que se le reconozca el grado militar, se retira en 1822 pero en 1825 ofrece sus servicios para la guerra con Brasil, los cuales no son aceptados por su avanzada edad. Pasa sus últimos años en la estancia de la familia ubicada en Zárate, donde fallece el 29 de marzo de 1829, a los 69 años.

  El siguiente en morir fue Domingo Matheu (Domingo Bartolomé Francisco Matheu, su nombre completo), marino, militar, emprendedor, político; uno de los dos miembros de la Junta nacidos en Cataluña. Matheu se había quedado interinamente a cargo de la Junta mientras Saavedra estaba en el norte. Sus relaciones con Saavedra, a esta altura, no eran buenas. Proveyó financiamento para las políticas de la Primera Junta y para las expediciones militares al Alto Perú y al Paraguay. En 1812 se le encomendó la misión de tasar las propiedades embargadas a los españoles, fue presidente de la Comisión de Aduanas, nombrado “Protector de la Fábrica de Fusiles” y “Comisario general de Vestuarios”. En 1817 su salud comienza a deteriorarse, se retira de la política y renuncia a sus cargos en 1821, dedicándose a la actividad comercial (en la que siempre le fue muy bien). Sin embargo, ya estaba enfermo; falleció el 28 de marzo de 1831, recluido en su hogar de la calle Florida de Buenos Aires, a los 65 años.

     El siguiente en fallecer fue Juan José Paso (Juan José Esteban del Passo), abogado y político. Paso, que era un ciudadano acaudalado, fue el único miembro de la Primera Junta que mantuvo una actuación constante en la vida política: fue miembro del primer y del segundo Triunvirato, representante en la Asamblea del año XIII, congresal en Tucumán al declararse la Independencia; el hombre estuvo en todas. Juan José asumió como secretario de la Primera Junta, en la que se ocupaba de lo relacionado con Hacienda y finanzas públicas (se había desempeñado como fiscal de Hacienda durante la colonia), y hay quienes lo consideran como el primer ministro de Economía. A partir de allí y por los siguientes veinte años desempeñaría muchísimas funciones públicas (lo que se dice un funcionario todoterreno). Sus últimos años los pasó retirado apaciblemente en su quinta de Flores, donde falleció el 10 de setiembre de 1833, a los 75 años, soltero. Murió casi pobre; el ajetreo político de toda su vida le fue haciendo perder su fortuna (algo raro hoy en día). Su fallecimiento fue resaltado por los diarios y sociedad de la época, ya que Paso era un político, magistrado, asesor y legislador que gozaba del reconocimiento general.

     El penúltimo fallecido de la Primera Junta fue Miguel de Azcuénaga (Miguel de Azcuénaga y Basavilbaso), militar y funcionario. Azcuénaga también tuvo una participación bastante prolongada en la política. Había sido separado de la Primera Junta en 1811 por los partidarios de Saavedra, debido a que simpatizaba con las ideas de Mariano Moreno. Se fue a San Juan, a esperar que se enfriara la cosa; volvió a Buenos Aires y en 1812 el Triunvirato lo nombró Intendente en Buenos Aires. En 1818 fue jefe del Estado Mayor del Ejército y en 1824 miembro del Congreso constituyente. En 1828 representó a la Argentina en las negociaciones posteriores a la Guerra del Brasil, en 1829 Juan Lavalle lo expulsa de Buenos Aires, pero en 1831 vuelve y es elegido diputado para la Legislatura de Buenos Aires. El hombe iba y venía, lo que se dice un funcionario movedizo y a la orden de lo que se prrsentara. Fallece el 19 de diciembre de 1833, a los 79 años, en su casa de campo de Olivos.

   El último miembro de la Primera Junta en fallecer fue Juan Larrea, comerciante y político, el otro miembro de la Junta nacido en Cataluña. Participa del segundo Triunvirato y une su destino político a los de Alvear y Posadas, pertenecientes como él a la Logia Lautaro; de hecho, Gervasio Posadas lo nombra ministro de Hacienda. Impulsa la creación de la flota naval que comandaría Guillermo Brown, sabiendo que la supremacía naval española impediría el crecimiento de los negocios y la economía local; perdió buena parte de su fortuna en esa instancia. Cuando cae Alvear,  Larrea es procesado por varios cargos de “excesos en la administración pública” (malversación de fondos, digamos).  Encontrado culpable, Larrea debió expatriarse y le fueron embargados bienes por mucho dinero adeudado a la Aduana. La deuda era enorme, equivalente a cinco terrenos grandes en la zona más cara de la ciudad.

  Durante su exilio Larrea vivió en Burdeos, y después de la Ley del Olvido, en 1822, volvió a Buenos Aires, donde fundó con su hermano Ramón una empresa de navíos para negociar con Francia. Es nombrado cónsul en Burdeos a pesar de tener su foja de servicios no del todo pulcra (se decía de él que estaba “enredado en todas las travesuras políticas del Río de la Plata”) y vuelve a Buenos Aires después de haber rehecho su fortuna. Pero entonces llega al poder Juan Manuel de Rosas, con quien se lleva muy mal; Rosas lo asfixia con impuestos y multas y vuelve a la ruina. El 20 de junio de 1847, abatido por las deudas, Juan Larrea se suicida cortándose el cuello con una navaja. Los diarios de la época no se hicieron eco de su muerte.

     Así terminaron sus días los miembros del primer gobierno patrio. Alberti, Moreno y Castelli mueren en los primeros años del proceso emancipador; Belgrano, cuando el país se precipitaba a la anarquía.  Saavedra, Matheu y Paso mueren cuando se inicia el período rosista, mientras que Larrea y Azcuénaga fallecen hacia los últimos años de esa etapa.

     Estas personas, honorables o no, hoy dan nombres a nuestras calles, plazas, clubes, barrios, instituciones, ciudades. Algunos son merecedores indiscutibles de ello, sobre otros las conjeturas son variadas.

     Cada uno tendrá su opinión. Y sus conclusiones.

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