La caída de Stroessner

     Stroessner, hijo de un inmigrante alemán, que había sido nombrado tres años antes comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Paraguay con sólo 39 años, llegó al poder en 1954 derrocando al presidente Federico Chaves. Tras un breve nombramiento como presidente provisional, Stroessner fue designado candidato del Partido Colorado en las elecciones convocadas inmediatamente. No hubo otros contendientes en esas elecciones, así que Strossner asumió el poder en forma definitiva. Y se quedó un buen rato, ya que gobernó el Paraguay desde el 15 de agosto de 1954 hasta el 3 de febrero de 1989.

   Stroessner mantuvo el control político haciendo lo de siempre en estos casos: disolviendo el Parlamento, prohibiendo los partidos de oposición, reestructurando el Partido Colorado a su conveniencia y modificando la Constitución para que le permitiera la reelección permanente. Cada cuatro años se realizaban nuevas elecciones, irregulares o fraudulentas, en las que siempre arrasaba.

     Durante la presidencia de Stroessner, Paraguay se convirtió además en un refugio para nazis fugitivos (Josef Mengele entre ellos), dictadores depuestos y narcotraficantes. Su régimen se caracterizó por la corrupción y el reparto de favores para obtener respaldo político. El contrabando se convirtió en una de las principales fuentes de ingresos, desde alcohol y drogas hasta autos y animales exóticos; Paraguay obtenía bastantes más ingresos por el contrabando que por el comercio legal.   

     Stroessner usaba parte de ese dinero, además de las tajadas de las grandes obras de infraestructura (como la represa de Itaipú) y la entrega de tierras, para comprar la lealtad de sus adeptos, muchos de los cuales amasaron enormes fortunas. Stroessner y sus cómplices (el mismo Rodríguez entre ellos) vivían como reyes, mientras una economía subdesarrollada sumía en la pobreza a la mayoría de la población; una historia más que conocida y repetida.  

    El régimen se sostuvo en cinco mecanismos básicos que le permitieron mantenerse en el poder durante tanto tiempo: una fachada democrática, un sistema de represión eficaz, la corrupción institucionalizada, el uso espurio pero hábil de la ideología nacionalista y el apoyo del gobierno de los Estados Unidos.

     Para lograr eso, Stroessner pergeñó y logró consruir una sólida alianza de tres partes: su gobierno, el Partido Colorado y las Fuerzas Armadas.  Bajo su régimen se construyó un Estado corporativo, en el cual el Partido Colorado y las Fuerzas Armadas desarrollaron, desde 1954, una relación simbiótica supervisada por Stroessner, que acaparaba los títulos de Jefe de Estado, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y Presidente Honorario del Partido Colorado simultáneamente. No le dejaba ni una porción de torta a nadie.

     Esto marcó por lo tanto algunas diferencias con respecto a los habituales autoritarismos latinoamericanos. En primer lugar, el poder estuvo altamente personalizado y centralizado en la figura de Stroessner. En segundo lugar, en vez de mantener una clara separación con respecto a los partidos políticos, las Fuerzas Armadas estuvieron visiblemente identificadas con el Partido Colorado. En tercer lugar y en relación a eso, un partido político (el Partido Colorado) se convirtió en uno de los pilares del régimen, tanto en relación con las fuerzas represivas como en el control de la oposición política y de las organizaciones sociales, a través de la amenaza y el uso de la violencia física. En cuarto lugar, mientras que las dictaduras del cono sur reconocieron abiertamente su carácter de “regímenes de excepción”, el régimen de Stroessner siempre mantuvo su “fachada” de democracia, para darse a sí mismo un aura de legitimidad.

     Mientras el contexto económico era favorable, el empleo público creció rápidamente, a la vez que los funcionarios gobernantes del Partido Colorado (llamados los “neo-colorados” o “militantes”) utilizaban el clientelismo político para ofrecer puestos a cambio de apoyo político.

    Mientras esto ocurría, los miembros tradicionales del Partido Colorado (llamados “los tradicionalistas”) hacía la vista gorda a las actividades de estos “neo-colorados”. Los “tradicionalistas” eran descendientes de la élite socio-política conformada durante la era liberal y, en su gran mayoría eran terratenientes. Los “neo-colorados”, en cambio, eran los arribistas de siempre, los que se suben al tren que ya está en marcha; funcionales a la manipulación política y, además, con sus propias ambiciones.

    A mediados de la década del ’70, se empezó a gestar una agrupación interna alrededor de Mario Abdo Benítez (“neo-colorado”), el secretario privado de Stroessner, quien había amasado una fortuna gracias a su rol de “controlador de acceso” o “guardián” de Stroessner y ejercía un fuerte patronazgo político. Abdo Benítez y sus seguidores comenzaron a resquebrajar la unidad granítica del Partido Colorado, creando un sector interno con él como líder. Las decisiones internas del Partido Colorado, hasta entonces impensadas, comenzaban a discutirse.

     La fase de descomposición del régimen de Stroessner comenzó en la década del ’80, cuando la mayor parte de la represa hidroeléctrica de Itaipú terminaba de construirse. Con esto, el boom económico de la década del 1970 llegaba a un abrupto final. La finalización de la construcción de la represa, que hasta ese entonces daba trabajo a muchos campesinos sin tierra, dio origen al surgimiento de los problemas sociales originados en la distribución inequitativa de la tierra rural, y esto llevó al renacimiento de un movimiento campesino independiente. Este hecho coincidió con una reducción del precio internacional de la soja y del algodón, lo que llevó a varios años de estancamiento económico. Las reservas cayeron, el déficit subió, el nivel de vida de la clase trabajadora urbana se redujo aún más, y la economía sufrió un brote de inflación como consecuencia de la devaluación del guaraní. Complicaciones macroeconómicas, que le dicen, señaladas por  con preocupación por los sectores de la industria, el comercio y la produción. Un clásico.

     Una creciente marea de descontento social empezó a tener su expresión política a través de la Iglesia católica y los limitados partidos de la oposición, agrupados en el Acuerdo Nacional (AN), una alianza política conformada por cuatro agrupaciones políticas “no reconocidas” por el régimen de Stroessner. Ninguna de esas dos instituciones tenía mucho poder “per se”, pero se fueron agregando los sindicatos y los movimientos estudiantiles; además, los medios de comunicación comenzaron a demostrar una mayor independencia respecto al control del régimen.

      A eso se le agregó otro factor qu hizo que la posición de Stroessner comenzara a tambalear: a fines de los años ’70, la implementación de la política de derechos humanos del presidente Jimmy Carter dio un giro en su perspectiva, y se interrumpió la ayuda de los EEUU. En los años ’80, a medida que la economía empeoraba, estallaban las protestas callejeras y se abrían brechas entre los partidarios de Stroessner (“militantes”) y los colorados “tradicionalistas”. Para colmo (de Stroessner), en mayo de 1985 el presidente Ronald Reagan se refirió al régimen de Stroessner como una dictadura (“le soltaron la mano”, digamos). Esta aseveración marcó un cambio en la política norteamericana hacia el régimen.

   Hacia 1986, los “tradicionalistas” expresaron su oposición a la candidatura de Stroessner para continuar gobernando, pidiendo un candidato civil para las elecciones presidenciales de febrero de 1988. Esta era la primera vez, desde 1959, que una facción dentro del partido se oponía abiertamente a Stroessner. La reacción fue inmediata; en su discurso anual al Congreso, en abril de 1986, Stroessner reconoció las divisiones crecientes dentro del partido, denunciando “desertores” dentro de sus filas.

     Ante la crisis, el número de empleados públicos aumentó notablemente,  ya que los “militantes” buscaban reforzar su posición dentro del Partido Colorado. Para 1987, los empleados del sector público representaban el 12% de la población económicamente activa. Muchos de estos puestos recientemente creados fueron ocupados por personas que figuraban en la nómina de personal pero que no trabajaban. Nada nuevo bajo el sol.

   Las cada vez más profundas divisiones dentro del Partido Colorado culminaron en una ruptura abierta en el congreso partidario celebrado el 1 de agosto de 1987. En él, los “militantes” tomaron el control del partido por la fuerza y prohibieron la entrada de los delegados “tradicionalistas”. La victoria de esta línea dura, que tenía estrechos vínculos con el aparato represivo, profundizó las divisiones en el partido. Stroessner estaba cada vez más identificado con los “militantes”, quienes echaron a los “tradicionalistas” de sus cargos dentro de la administración pública y a la vez iniciaron una represión contra los líderes del Acuerdo Nacional. Stroessner ganó la fraudulenta elección presidencial de febrero de 1988 con el 89 % de los votos, pero los problemas en el régimen aumentaban.

     El progresivo rechazo hacia los colorados “militantes” se extendió, y eso hizo que el deseo de desalojar a Stroessner abarcara no sólo a los partidos de oposición y a los “tradicionalistas”, sino también a grupos en las Fuerzas Armadas. Otro clásico.

   En diciembre de 1988, Gustavo Stroessner, hijo del presidente, fue ascendido al rango de coronel. Los “militantes” hicieron circular su nombre como un potencial sucesor de su padre para ocupar la presidencia, pero su falta de experiencia militar y el hecho de que pertenecía a la Fuerza Aérea provocó hostilidad dentro de los mandos del Ejército, que ejercían el virtual monopolio del poder dentro de las Fuerzas Armadas.

      Luis María Argaña, ex miembro de la Corte Suprema de Justicia y líder de los “tradicionalistas”, inició un movimiento político por todo el país con el propósito de impulsar la oposición a los “militantes” dentro del Partido Colorado. En enero de 1989 los “militantes” intentaron una reorganización de las Fuerzas Armadas, con el fin de sacarles al general Andrés Rodríguez y a otros oficiales el control directo de las tropas. Esto resultó ser un grave error estratégico, ya que Rodríguez, temiendo una amenaza a su autoridad, hizo causa común con Argaña y los “tradicionalistas” para derrocar a Stroessner.

    En la mañana del 1 de febrero de 1989, Rodríguez rehusó asistir a la reunión semanal del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas (también se había ausentado la semana anterior), presidida por Stroessner. En vez de asistir, acuarteló sus tropas con anterioridad y en la noche del 2 al 3 de febrero lideró el golpe (en el que murieron más de 300 personas) que derrocó al régimen.

     Luego de unos días de arresto domiciliario, el 5 de febrero se le permitió a Stroessner salir del país con dirección a Brasil, país que le otorgó asilo político. A pesar de la euforia general que marcó el derrocamiento, la intención principal del golpe fue reestablecer la relación armónica entre las Fuerzas Armadas y el Partido Colorado, que había sido seriamente dañada en los años previos, debido a las actividades de la facción “militante” del Partido Colorado.

     Para sorpresa de los escépticos, Rodríguez habilitó elecciones y permitió  la participación de varios partidos. Pero él fue el ganador.

   Stroessner vivió en Brasil hasta su muerte en 2006, a los 93 años de edad.

  Su consuegro, el general Andrés Rodríguez (que sólo tres meses antes había declarado su lealtad inconmovible a Stroessner) fue conocido como “el general narcotraficante”, luego de que en 1973, la revista “Selecciones de Reader’s Digest” publicara un artículo (“Secretos del tráfico de drogas en Sudamérica”) en el que revelaba sus vínculos con el tráfico de cocaína y heroína. Ese número de la revista fue prohibido en Paraguay, pero bueno, las cosas se saben…

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