El caótico rodaje español deEl Cid: la guerra sucia entre Charlton Heston y Sofía Loren

Charlton Heston le sacaba más de dos palmos y venía precedido por el éxito de ‘Ben-Hur’, pero Sofía Loren no se amedrentaba ni ante gigantes ni ante molinos de viento, mucho menos ante un resultón rubio de torso inmenso. La actriz italiana era ya una diva, por eso no le costó mucho esfuerzo amargarle la vida al Cid americano en 1961. Casi jugaba en casa, ya que en España se consagró como estrella de Hollywood dando la réplica a Frank Sinatra y Cary Grant en ‘Orgullo y pasión’, al que conquistó dentro y fuera de la pantalla. Estaba en auge, y a ego, en esta ocasión, no le ganaba ni Heston ni nadie.

Bastó una mirada de esos ojos interminables y un movimiento de sus imponentes caderas para que la producción descartara a Sara Montiel en el papel de doña Jimena, aun cuando la actriz española se encontraba en su máximo esplendor, su belleza en pleno éxtasis y tenía un arma de la que carecía la italiana: se acostaba con el director, Anthony Mann, su primer marido. Montiel, que compartió cartel con Gary Cooper y Burt Lancaster en ‘Vera Cruz’ y jugaba al tenis en su casa junto a la siempre misteriosa Greta Garbo, se movía como pez en el agua en el Hollywood de mediados del siglo pasado, pero no pudo hacer nada en su país contra la diva italiana.

Experta en coproducciones internacionales, para ‘El Cid’ Loren aceptó lo que en primera instancia iba a ser un papel secundario: el de esposa entregada, que sufre en silencio y apoya a su marido en la distancia. Pero, cuando pisó el rodaje por primera vez, su comunión con doña Jimena provocó un cambio de planes. Verla con el vestuario del gran amor de Rodrigo Díaz de Vivar causó impresión y poco se tardó en cincelar el papel de la superproducción de Samuel Bronston a la altura de las circunstancias. Se evitaron guerras y se desplazaron escenas del metraje, todo para elevar a doña Jimena al pedestal desde el que actuaba Sofía Loren. Sin Tizona ni Colada, la diva pasó de ser mujer florero a comerse toda la pantalla. Al final se reescribió por completo el guión, a cargo de Philip Yordan y Fredric M. Frank, y lo que empezó siendo un wéstern medieval terminó convirtiéndose en un épico melodrama.

Después de ganarse, por puro talento, más presencia en el metraje, solo le quedaba seguir pidiendo. Sofía Loren, que cobró por el papel un millón de dólares, se negó a quedarse a la sombra de Heston y exigió mayor carga dramática. Si le concedieron semejante sueldo no iban a negarle que pusiera algo de emoción entre tanto sudor y cotas de mallas. La alternativa era perder a la italiana, para la que sopesaban a Jeanne Moreau como sustituta, y aunque dio guerra hiriendo a Heston en su orgullo y citando al productor Samuel Bronston en los juzgados por “inclumplir el contrato”, Sofía Loren se mantuvo hasta sus últimas consecuencias en el rodaje, donde no se privó de ningún lujo.

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Aires de diva

Se le consintieron todos sus arranques, algo inédito al compartir cartel con el actor estadounidense, tan enamorado de sí mismo como galante con los habitantes del pueblo vallisoletano de Torrelobatón donde rodaron. Llegaba tarde, se resistía hasta el ridículo a que el paso del tiempo hiciera mella en su personaje y hasta contrató a una peluquera con un salario semanal de 12.000 pesetas de la época. Loren, que ya había conquistado en pantalla a su eterna pareja en el cine, Marcelo Mastroiani, sacó a pasear su aparatoso ego y, con la cabeza bien alta, bordó un papel diseñado por y para ella. Nunca más hubo una doña Jimena como la suya, inmortalizada eternamente joven por Mann frente al cada vez más envejecido, y finalmente moribundo, Heston.

Contribuyó a perpetuar, de paso, el tópico de que no hay película del Hollywood dorado sin un caótico rodaje. Si bien los rifirrafes eran frecuentes en las producciones de la meca del cine, pocas veces una ‘outsider’ recién llegada a la tierra prometida había socavado tan rápido las pretensiones de una estrella ya consolidada. Con sus caprichos y desaires se ganó a pulso los recelos de Charlton Heston, que consiguió por empeño de Bronston un papel que el productor Cesáreo González creía diseñado para Paco Rabal. El actor aterrizó en la superproducción rodada en España henchido de ínfulas, toda vez había encadenado dos éxitos casi seguidos, ‘Los diez mandamientos’ (1956) y, sobre todo’, ‘Ben-Hur’ (1959), que le elevó al pedestal de los inmortales de ese firmamento de la costa oeste de Estados Unidos.

Las suspicacias entre ambos eran tan constantes como las licencias históricas de una película que, de no haber cautivado Heston a Menéndez Pidal, hubiera desquiciado al experto patrio. Durante el rodaje en Peñíscola, representada en el filme como si fuera Valencia, Sofía Loren intercambió con el actor la misma moneda con la que Sara Montiel le había pagado en Madrid. Se retrasó cuatro horas porque sí, algo que no gustó a Charlton Heston, comprometido con el papel del héroe medieval. A partir de entonces, no volvió a dirigirle la palabra a la italiana.

El silencio no fue la única sentencia y mucho menos la definitiva. Hubo pelea también por la promoción de la película, en cuyos carteles aparecía el actor de ‘Ben-Hur’ antes que el de la diva italiana. La actriz incluso llegó a interponer una demanda, para resolver fuera de Hollywood el protagonismo que se le disputaba también fuera de la pantalla.

Todo, sin embargo, mereció la pena. A pesar de sus patentes licencias, la película de ‘El Cid’ obtuvo el beneplácito del público y, gracias a los cambios de guión, encontró un tono que le venía como anillo al dedo. Lo que pudo ser un despropósito mayúsculo terminó encajando como piezas de tetris, mejorando un filme que funciona mejor en la complejidad que como una simple película de aventuras, donde la grandiosidad visual de las escenas de acción, con Heston espada en mano, se compensan a la perfección con la carga dramática exigida por Sofía Loren.

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Desconfianza ciega

A pesar del buen engranaje, Charlton Heston desconfió hasta el final de los cambios, y su épica rivalidad obligó al equipo de producción a hacer magia a base de tijeras e ingenio en la sala de montaje. En algunas escenas, lo que parece emoción es en realidad tensión y los abrazos de ambas estrellas, una artimaña ensamblada en posproducción, ya que los actores rodaron algunas de las secuencias más sobrecogedoras por separado. No posó el actor su cara sobre la melena de la italiana, ni ella su mejilla en el torso del hombre que sí consiguió arrobar una década después a otra belleza latina, Carmen Sevilla. Al final, los dos intérpretes pudieron decir que se salieron con la suya. Mientras a Charlton Heston se le sació la vanidad luciendo músculo como el Campeador, casi una exigencia en todas sus películas, a Sofía Loren la dejaron ser ella misma, sentimental, cálida, y, rendidos a su encanto le regalaron la oportunidad de conquistar al mundo con esa mirada atormentada durante el combate en Calahorra.

-Sé que mi amor no tiene derecho a seguir viviendo, pero no quiere morir-, dice Heston.

-Mátalo-, suplica Loren.

-Mátalo tú. Dime que ya no me quieres.

En una versión más próxima a la de la obra de teatro de Pierre Corneille que al relato histórico, es a partir de esta escena cuando el personaje de Loren asume su trágico destino, esa lucha entre su amor y la necesidad de venganza que finalmente culmina. Aunque su Jimena no ganó nada, se consagró en el firmamento del séptimo arte al convertirse, gracias al papel que le brindó Vittorio de Sica en ‘Dos mujeres’, en la primera intérprete de habla no inglesa en ganar un premio Oscar. “Grazie, America”, contestó al grito telefónico de Cary Grant, después de que, para aplacar los nervios, rechazara ir a la gala y se pasara toda la noche cocinando salsa de tomate para al menos una semana. Heston, que en 1959 se había llevado su primera estatuilla dorada, se fue de vacío en esa edición, como ‘El Cid’ de Samuel Bronston. La Loren no perdía ni una batalla. Ni sobre los escenarios ni en pantalla.

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