Eva Illouz o la letra chica del amor moderno

Nacida en Fez el 30 de abril de 1961, criada entre lenguas que no terminan de encajar y mudanzas que entrenan el desapego, Illouz entendió temprano algo que la modernidad se esfuerza en negar: la intimidad nunca es pura. Viaja siempre con contexto, con historia y con una economía secreta. Profesora en Jerusalén, autora traducida a múltiples idiomas, su pregunta no es sentimental sino política. No le interesa tanto qué sentimos, sino quién gana cuando sentimos así.

Marxista, sí, pero sin épica obrera ni consignas en mayúscula. Su marxismo no marcha: se mete en la cama, revisa el chat, escucha el tono con el que decimos “todo bien” cuando no lo está. No persigue estructuras abstractas: persigue cómo esas estructuras aprendieron a sentir. O peor aún, cómo nos enseñaron a sentir por ellas. El capitalismo, en su versión que Illouz examina, no solo organiza el trabajo y el consumo: organiza el amor, el dolor y la promesa de felicidad sin pedir permiso.

Su gran hallazgo tiene un nombre frío para un asunto caliente: capitalismo emocional. No se trata de que el mercado haya arruinado el amor, como si antes hubiera sido un santuario intacto. Illouz es más incómoda que eso. Lo que muestra es que el mercado aprendió a producir emociones legítimas. Aprendió a decirnos cómo amar bien, cómo sufrir mejor, cómo salir fortalecidos de una herida que nunca elegimos. El problema no es que el amor falle, sino que, cuando falla, el sistema logra convencernos de que fue un error de gestión personal.

En El consumo de la utopía romántica, Illouz realiza una genealogía crítica del siglo XX y desmonta uno de sus trucos más eficaces: la fusión entre el amor romántico y el capitalismo. El romance deja de ser misterio y se vuelve escenografía. A partir de los años veinte, la cultura de masas —cine, publicidad, revistas— comienza a definir qué es “romántico” a través de objetos y servicios. Salir a cenar, ir al cine, viajar: el afecto se expresa mediante consumo coordinado. Los sentimientos se comercializan y los productos se sacralizan.

Aquí aparece la dualidad de la utopía romántica: por un lado, la romantización de la mercancía, donde el marketing dota a los objetos de una promesa emocional; por otro, la mercantilización del romance, donde la vida amorosa se organiza según lógicas de elección, costo-beneficio y búsqueda de novedad. El amor ya no es un acontecimiento: es una experiencia diseñada. Cena correcta, destino correcto, relato correcto. Si algo sale mal, no fracasa el vínculo: fracasa tu competencia emocional.

El ocio se vuelve el escenario privilegiado del amor. La utopía romántica requiere un alejamiento de la rutina productiva, pero ese alejamiento ocurre dentro del mercado del entretenimiento. El lujo, lo extraordinario, lo costoso, se asocian con el “amor verdadero”, creando una barrera de clase. No todos pueden acceder a las mismas experiencias románticas ni manejar los códigos culturales que las legitiman. La utopía no es universal: está segmentada por capital económico y cultural.

En este punto, Illouz introduce uno de sus análisis más finos: el cine de Hollywood como pedagogo sentimental del siglo XX. Entre 1910 y 1930, Hollywood no solo entretuvo: alfabetizó emocionalmente a las masas. Estandarizó el romance, democratizó visualmente el lujo y ofreció modelos de conducta. Cómo mirar, cómo besar, qué ropa usar para ser deseable. El cine inventó la idea de que el amor necesita una atmósfera específica: decorados, objetos, cigarrillos, champán, automóviles, hoteles. El aura de la estrella se transfirió a los productos que consumía. Así nació la fantasía de que comprando lo mismo se podría sentir lo mismo.

El paso del cortejo doméstico a la cita pública fue clave. El romance salió de la sala familiar y se mudó al cine, al restaurante, al club. La cita se convirtió en una unidad de consumo. La libertad aumentó, sí, pero bajo una forma rígidamente moldeada por las industrias culturales. Para la clase trabajadora, el cine ofreció una utopía visual compensatoria: consumir un estilo de vida inalcanzable y asociar la movilidad social con el éxito romántico. El mensaje era claro y persistente: el amor es el premio del éxito económico o, al menos, de su imitación.

En Intimidades congeladas, el análisis se vuelve más inquietante. Illouz introduce de lleno el concepto de capitalismo emocional y rompe la vieja división entre lo público y lo privado. Ya no hay economía fría e intimidad cálida. Hoy la economía es emocional y la intimidad es económica. Surge el Homo Sentimentalis: un sujeto que se define a través del lenguaje psicológico, desplazando a la moral o a la religión. La autoayuda y la terapia se vuelven gramática dominante. El yo debe ser sanado, gestionado y optimizado.

Las emociones entran a la oficina mientras la racionalidad entra a la cama. Las empresas piden empatía, entusiasmo, autorregulación. La intimidad exige cálculo, evaluación y control de daños. El yo se convierte en una pequeña start-up afectiva que debe rendir cuentas. Ya no sufrís: estás mal optimizado. La racionalización de los sentimientos produce una paradoja cruel: cuanto más hablamos de sentir, más aplicamos lógicas de costo-beneficio al afecto. Buscamos parejas que “sumen”, evaluamos nuestro valor en el mercado amoroso y tratamos los conflictos como problemas técnicos.

Las plataformas de citas aparecen como el laboratorio perfecto de esta congelación. El perfil es un catálogo. El yo se mercantiliza en una lista de atributos. La sobre-reflexividad congela la espontaneidad del encuentro: el deseo se vuelve checklist. La abundancia de opciones genera ansiedad y alimenta la tiranía de la elección. Siempre puede haber algo mejor a un clic de distancia. El resultado no es libertad, es parálisis.

En Por qué duele el amor, Illouz formula la pregunta más incómoda de todas: ¿y si tu dolor no fuera solo tuyo? El sufrimiento amoroso contemporáneo deja de ser biográfico para volverse estructural. Al desaparecer las regulaciones tradicionales, emerge un mercado abierto de la pareja. El valor personal se mide por la capacidad de atraer. El rechazo ya no es circunstancia: es vivido como fracaso identitario.

El amor se convierte en la principal fuente de reconocimiento social. La vulnerabilidad es extrema. Dependemos del otro para existir simbólicamente, y ese otro puede retirarse en cualquier momento. La cultura de la autonomía choca con la naturaleza interdependiente del amor. La fobia al compromiso no es patología: es una respuesta racional a un sistema que premia mantener opciones abiertas. La desigualdad de poder se instala según la ley del menor interés: quien menos necesita, domina.

Illouz analiza además la feminización del amor y la masculinización de la autonomía. Mientras a las mujeres se las socializa en la vinculación emocional, a los hombres se los educa en la separación y el desapego. Esta brecha produce vínculos asimétricos donde el reconocimiento no circula de manera equitativa. El dolor no es un accidente: es una consecuencia lógica.

Aquí aparece otro concepto clave: la voluntad de hierro. No como disciplina romántica, sino como capacidad de negar el deseo y evitar el compromiso. Quien controla su intensidad, quien ejerce la indiferencia estratégica, acumula poder. La voluntad funciona como escudo y como capital. Se busca el reconocimiento del otro, pero sin devolverlo. El amor se convierte en un juego de suma cero.

Illouz insiste en algo que incomoda a los discursos motivacionales: la emoción también es un privilegio. No todos tienen los mismos recursos simbólicos para nombrar lo que sienten, para convertir el sufrimiento en relato coherente, para capitalizar la herida como aprendizaje. A eso lo llama capital psíquico. El sistema premia a quien sabe contar bien su dolor. El resto queda fuera de gramática, etiquetado como inmaduro, disfuncional o poco resiliente.

Su método no es la denuncia moral ni la nostalgia por un pasado más auténtico. Practica crítica inmanente: mirar las prácticas desde las promesas que ellas mismas formulan. Si el mercado afectivo promete libertad, señalar dónde asfixia. Si promete bienestar, mostrar a quién deja exhausto. Sin cinismo total, pero sin anestesia.

Illouz no afirma que la intimidad haya desaparecido. Dice algo peor: se congeló. Se volvió administrable, intercambiable, evaluable. El sujeto contemporáneo es un contador de sentimientos, experto en balances emocionales. El otro ya no irrumpe: se compara. El encuentro deja de ser riesgo y se vuelve estrategia.

Eva Illouz escribe sin consolar. Escribe para dejar una incomodidad elegante y persistente. Para recordarnos que, en esta época, incluso el amor viene con manual de uso y cláusulas invisibles. Entenderlo no nos salva, pero nos devuelve algo raro y cada vez más escaso: la sospecha lúcida de que no todo lo que sentimos nació en nosotros. Y en tiempos de optimización emocional obligatoria, esa lucidez sigue siendo una forma mínima —pero no menor— de resistencia.


Links a las obras más renombradas de Illouz:

  • En El consumo de la utopía romántica, Eva realiza una genealogía crítica de cómo el amor romántico y el capitalismo se fusionaron durante el siglo XX, transformando los rituales afectivos en prácticas de consumo

https://es.scribd.com/document/535050137/Illouz-E-El-consumo-de-la-utopia-romantica

  • En Intimidades congeladas, Eva profundiza en la evolución de su tesis anterior, introduciendo el concepto de capitalismo emocional. Aquí, la socióloga analiza cómo las estructuras económicas y las relaciones afectivas se han penetrado mutuamente hasta volverse indistinguibles. A diferencia de la visión tradicional que separa el mundo público (frío, calculador, racional) del privado (cálido, emocional, espontáneo), Illouz sostiene que hoy la economía es emocional y la intimidad es económica.

https://archive.org/details/77illouzevaintimidadescongeladaslasemocionesenelcapitalismo2006/mode/2up

  • En Por qué duele el amor, Eva se aleja de las explicaciones psicológicas tradicionales (que suelen culpar a la infancia o al “miedo al compromiso” del individuo) para plantear que el sufrimiento amoroso contemporáneo tiene causas sociológicas e institucionales.

https://es.scribd.com/document/258854665/Por-que-duele-el-amor

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