Fue un filósofo y crítico cultural británico que no pensó el mundo: le tomó el pulso cuando ya estaba frío. No escribió teoría; redactó certificados. Cada texto suyo es una autopsia hecha a destiempo, cuando el cadáver todavía firma correos y cumple objetivos trimestrales. La cultura, decía sin decirlo, sigue caminando por inercia. Huele raro. No al raro cósmico —aunque también— sino a ese olor de oficina pública donde la muerte aprendió a archivar.
El capitalismo tardío aparece en Fisher como un zombi bien educado. No muerde: gestiona. No ruge: optimiza. Sonríe en LinkedIn, paga impuestos, produce “experiencias”. No necesita imponerse porque ya se volvió atmósfera. Aire acondicionado ideológico. Respirar otra cosa resulta excéntrico, casi antisocial.
Nació en 1968, ese año al que se le exige milagros retrospectivos, y murió en 2017, cuando la promesa ya había sido subcontratada. Entre una fecha y otra cometió una falta grave: se tomó en serio la tristeza. No como melodrama privado, sino como dato político. No como patología, sino como paisaje. Mientras la cultura se entrenaba para la positividad obligatoria —esa sonrisa con dientes apretados— Fisher afinaba el oído para escuchar el zumbido: el cansancio sin épica, la fatiga sin relato, esa depresión que no se cura con yoga ni con fuerza de voluntad.

El realismo capitalista no es una teoría económica; es una pedagogía de la resignación. Una educación sentimental que enseña, sin explicitarlo, que no hay afuera. Que toda alternativa es infantil, ingenua o peligrosa. El capitalismo no gana por eficiencia: gana por imaginación confiscada. No convence; estrecha. La jaula no se ve porque la llaman realidad.
De ahí la frase ya manoseada y todavía exacta: es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. No es consigna; es parte médico. El apocalipsis tiene marketing. La justicia social, mala iluminación. La extinción resulta verosímil; la redistribución, fantasía. El futuro quedó desacreditado por falta de pruebas.
En ese clima, la depresión se convierte en error administrativo. Un bug del individuo. Algo que hay que corregir para volver a rendir. Fisher fue brutal: el neoliberalismo no solo explota cuerpos, también administra afectos. Produce angustia y luego la privatiza. Cada sujeto triste se vuelve su propio caso perdido. No estás mal porque el mundo sea invivible; estás mal porque no sabés adaptarte. La crueldad no está en el golpe, sino en la culpa tercerizada.
Pero Fisher no se quedó en el diagnóstico económico. Tenía el oído entrenado por el post-punk, la electrónica, el cine que no pide permiso. Supo detectar otra falla: la cultura había perdido el tiempo. O peor, había quedado atrapada en él. A eso lo llamó hauntología: no nostalgia del pasado, sino duelo por futuros cancelados. Vivimos rodeados de promesas que nunca se activaron, de modernidades abortadas, de mañanas archivadas en depósitos simbólicos.
Por eso la cultura repite. Reversiona. Recicla. No por falta de talento, sino por falta de horizonte. El shock de lo nuevo fue reemplazado por la caricia de lo reconocible. Todo suena a algo. Todo remite a otra cosa. La innovación quedó confinada a la tecnología, mientras la estética gira en bucle como un vinilo rayado. El futuro fue cancelado por exceso de presente y falta de margen para fallar.
En Lo raro y lo espeluznante, Fisher afila aún más la navaja. Lo raro es lo que no debería estar ahí: una presencia que desarma el mundo. Lo espeluznante es la ausencia intolerable o la agencia sin rostro. El capitalismo tardío es, sobre todo, espeluznante. Una fuerza gigantesca sin agente visible. Nadie al volante. Nadie responsable. El sistema se mueve solo y nosotros aprendimos a llamarlo “sentido común”.

Su muerte no clausura su pensamiento; lo vuelve incómodo. Convertir su suicidio en explicación sería traicionar su obra con una coartada higiénica. Fisher no pidió consuelo. Pidió análisis. Señaló los límites de la resistencia individual cuando el mundo no ofrece descanso simbólico. No romantizó la depresión. La volvió legible. Y eso tiene precio.
Quedó inconcluso Acid Communism, ese proyecto casi herético de pensar una política del placer, de la expansión, de la imaginación colectiva. Un comunismo sin ceniza ni sacrificio. No una vuelta atrás, sino un desvío lateral. Una fisura temporal por donde insiste el mañana.
Leer hoy a Mark Fisher no es un ejercicio académico. Es una práctica de escucha. Aprender a reconocer cuándo el cansancio no es personal. Cuándo la tristeza no es debilidad. Cuándo la repetición cultural no es pereza, sino síntoma. Fisher no ofreció salidas limpias ni finales felices. Ofreció algo más peligroso y más poético: palabras exactas para un malestar difuso. Y a veces, nombrar bien es el gesto más elegante de la desobediencia.
Links a sus obras más relevantes:
Realismo Capitalista: ¿No hay alternativa? (2009): Su libro más famoso. En él, analiza la sensación generalizada de que el capitalismo es el único sistema político y económico viable, y cómo es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://monoskop.org/images/4/47/Fisher_Mark_Realismo_Capitalista_No_hay_alternativa_2016.pdf
Los fantasmas de mi vida (2014): Una colección de ensayos sobre la depresión, la hauntología (la persistencia de “futuros perdidos”) y cómo la cultura contemporánea parece estar atrapada repitiendo el pasado en lugar de crear algo nuevo.
chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://comunizar.com.ar/wp-content/uploads/Fisher-Mark-Los-Fantasmas-De-Mi-Vida.pdf
Lo raro y lo espeluznante (2017): Publicado poco antes de su muerte, este libro explora estos dos conceptos estéticos a través de la literatura (Lovecraft, H.G. Wells) y el cine, analizando aquello que no debería estar allí o lo que falta donde debería haber algo.
chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://ia802301.us.archive.org/1/items/mark-fisher-lo-raro-y-lo-espeluznante/Mark%20Fisher%20-%20Lo%20raro%20y%20lo%20espeluznante.pdf
El Comunismo Ácido (Acid Communism) es el concepto en el que Mark Fisher estaba trabajando justo antes de morir. Iba a ser el título de su próximo gran libro y representaba su intento de pasar de la crítica (el Realismo Capitalista) a la esperanza. Si el Realismo Capitalista es la sensación de que “no hay salida”, el Comunismo Ácido es el mapa para encontrarla.









