“No he muerto en vano”: el artista crítico y burlón que señaló los errores de la sociedad francesa

Antes de morir en Val-d’Oise, el 10 de febrero de 1879, en una casa prestada por su amigo Camille Corot, el artista francés Honoré Daumier hizo un balance de su vida y su obra. Recordó los tiempos en los que, con solo 12 años, trabajaba como empleado del Ministerio de Justicia a fin de poder pagar sus clases de pintura. También evocó sus comienzos como dibujante en la revista La Silhouette, donde vivió sus primeros problemas con la censura debido a su sátira social y crítica a la monarquía.

Esta publicación llevaba el nombre de Étienne de Silhouette, un ministro de Finanzas que actuó durante la Guerra de los Siete Años con tanto rigor que su apellido se convirtió en sinónimo de tacañería. Sus políticas fiscales, necesarias para frenar el despilfarro de la corte de Luis XV, eran tan restrictivas que muchos debieron hasta privarse de comer, conservando así “la silueta”.

Dos años después, el joven Daumier pasó a la revista política La Caricature y, en1832, con 24 años, comenzó a trabajar en Le Charivari, un periódico destinado a marcar un hito en la prensa mundial.

Le Chiarivari fue el modelo seguido por publicaciones como Punch en Inglaterra, La Flaca en España, Caras y Caretas en el Río de la Plata y Puck en Estados Unidos, entre muchas otras otras que se valieron del humor inspirado en los desmanejos políticos, fuente inagotable de dislates y ridiculeces.

Charles Philipon y su cuñado Gabriel Aubert, fundadores de Le Chiarivari, habían tenido que cerrar La Caricature debido a los problemas con la censura y las abultadas multas con que los castigaban.

Le Charivari nació con la intención de ser una sátira social, dejando de lado la política, pero no pudieron con su genio antimonárquico y republicano. Daumier publicó una célebre caricatura de Luis Felipe I de Orleans como Gargantúa, el voraz personaje de François Rabelais, que devoraba insaciablemente el dinero del erario público para mantener los lujos de la corte. Por esa litografía, hoy atesorada en la Biblioteca Nacional de París, Daumier fue encarcelado a lo largo de seis meses.

Entre los muros de la prisión de Sainte-Pelagie, Daumier se inició en la pintura. Sus primeros cuadros mostraron una marcada influencia de Francisco Goya. La caricatura fue para Daumier su modus vivendi, mientras la pintura, primero y, con el tiempo y la aparición de problemas visuales, la acuarela, se convirtieron en actividades alternativas e intimista, lejos de la efervescencia política de sus litografías, aunque teñidas por su sensibilidad social.

La insurrección, de Honoré Daumier
La insurrección, de Honoré Daumier

Después de este forzado reposo, Daumier se llamó a sosiego y abandonó la crítica política o, mejor dicho, la hizo en forma elíptica, apuntando a las costumbres burguesas, los problemas de la justicia y la desigualdad social. Fue el comienzo del realismo, que ponía el arte “al servicio del hombre”.

A tal fin, se valió del llamado “factor grotesco”: cuando más ridículos lucían sus personajes, más humanas eran las situaciones que plasmaba. Este estilo, que cultivó William Hogarthen Inglaterra y continuó Goya en España, influyó más tarde en pintores como George Grosz en Alemania y Pablo Picasso.

A partir de la Revolución de 1848, conocida como “La Primavera de los Pueblos”, Daumier retomó la sátira política. Esta revolución marcó el fin de la restauración de los reinados, que había comenzado con el Congreso de Viena en 1815. A lo largo de estos años, las monarquías habían demostrado ser sistemas de gobierno rígidos, vetustos y carentes de empatía social.

Estallaron revoluciones y movimientos obreros; incluso el Papa Pío IX debió huir de Roma cuando se desató la violencia (esto no impidió que Pío Nono fuera homenajeado años más tarde por el pastelero Ceferino Isla González, en Granada, España, con una lámina de bizcocho que inmortalizó a este pontífice).

Las obras de Daumier ilustraron la efervescencia popular que, de una forma u otra, sus dibujos habían promovido. Expandió su forma de expresión a esculturas y bustos de yeso. Sus pinturas se vieron influenciadas por el impresionismo (término que nació en la misma revista Le Charivari, acuñado por el crítico Louis Leroy al describir despectivamente una obra de Claude Monet llamada Impresión, sol naciente).

Su obra fue un puente entre “ismos”: el realismo, el impresionismo y el expresionismo.

A pesar de ser un incansable trabajador (existen más de 4000 dibujos suyos), su economía se resintió por la progresión de sus problemas visuales. Las cataratas le impidieron continuar trabajando.

Consciente de sus limitaciones, su amigo Corot le prestó una casa a las afueras de París, donde Daumier transcurrió los últimos meses de una vida intensa, marcada por su intención de señalar, con tono crítico y burlón, los errores de una sociedad a fin de cambiarlos .”No he vivido ni muerto en vano”, fueron sus últimas palabras, consciente de lo que había aportado al arte de los franceses y a la humanidad.

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