Francis Bacon: ¿El filósofo corrupto o el súbdito leal?

Para Alexander Pope, “Lord Bacon era el genio más grande de Inglaterra y quizás de cualquier nación”. Filósofo, epistemólogo (sentó las bases de la ciencia experimental), rosacruciano, masón, político y poeta, hay quienes sostienen que él escribió muchas obras que se atribuyen a Shakespeare. Sin embargo, esta brillante carrera se vio opacada por la acusación de recibir sobornos cuando se desempeñaba como Lord Chancellor, después de más de 30 años de leales e impolutos servicios a la corona. 

Cortesano preferido de James I, Bacon ascendió de la mano del monarca escocés quien tenía en alta estima su capacidad intelectual. ¿Cómo puede ser que un funcionario de carrera intachable fuese acusado de aceptar sobornos para arreglar juicios?

En 1621, Bacon era un hombre de sólida posición económica y famoso por sus escritos que cubrían los temas más variados: desde los principios de una nación utópica en La Nueva Atlántida hasta el Novum organum (donde expresa que la verdad no nace de la autoridad sino de la experiencia), pasando por obras de ocultismo y crítica a la lógica aristotélica (“cuyo uso es propio para conservar y perpetuar errores”). 

Hombre de muchos talentos, cultivó la poesía, aunque la mantuvo oculta como un pecado juvenil, si bien esa capacidad pusiese en duda la existencia del Cisne de Avon. 

Su pensamiento podría sintetizarse en su frase más famosa, “El conocimiento es poder”. 

Para 1621, Bacón había participado de 3000 procesos judiciales (incluido el que condenó a Sir Walter Raleigh a subir al patíbulo) sin que fuese cuestionado por su honestidad, hasta que en el mes de abril de ese año, Sir Edward Coke lo acusó formalmente de haber aceptado sobornos. Otro que presentó cargos contra el Lord fue Lionel Cranfield, encumbrado comerciante asesor del monarca en las complicadas finanzas de la Casa Real, que para entonces debía un millón de libras esterlinas, una suma colosal.

Francis Bacon: ¿El filósofo corrupto o el súbdito leal? 

Bacon se convirtió en el chivo expiatorio de una confabulación por ser el favorito del rey y del duque de Buckingham, consejero y amigo de James I. Este tenía la intención de casar a su hijo Carlos con la hija de Felipe IV de España y así lograr una paz duradera en Europa. Esto implicaba una gran erogación que el Parlamento no estaba dispuesto a aceptar, circunstancia que disgustó al monarca. 

En este marco de enfrentamiento entre el poder real y el parlamentario fue que Coke y Cranfield presentaron la acusación de haber entregado a Bacon £100 y £400 respectivamente como soborno. Era una forma de atacar al rey sin involucrarlo directamente y tenerlo sometido a la voluntad de los intrigantes.

Bacon salió a defenderse diciendo que habían sido regalos de esos señores, pero que jamás influenciaron sus decisiones. Existía entonces la costumbre de presentar obsequios a personajes poderosos, pero no se consideraba como una maniobra dolosa. Cuando Bacon estaba por pasar a atacar a los difamadores a fin de preservar su buen nombre y honor, fue convocado por el rey para convencerlo de que se declarase culpable. 

En esa entrevista privada, el Rey le prometió que él se encargaría de desestimar todos los cargos en su contra. Era una forma elegante de descomprimir la situación de la corona. Bacon obedeció lealmente a su monarca y en los primeros días de mayo ingresó a la Torre de Londres en calidad de detenido y fue multado en £40.000. 

El rey cumplió su palabra y el filósofo sólo pasó una noche en prisión y la multa fue conmutada, pero a pesar que se le permitió continuar en ejercicio de cargos públicos, Lord Bacon prefirió retirarse a continuar con sus meditaciones metafísicas y sus investigaciones científicas que lo llevaron a morir de neumonía cuando estudiaba los efectos del frío para preservar los cadáveres. “La muerte”, había dicho Bacon, “es el menor de todos los males”.

Los demás personajes de esta historia no tuvieron mejor suerte. Coke fue desplazado del Consejo Privado, Cranfield fue acusado de cohecho, encarcelado en la Torre y multado con £50.000. El duque de Buckingham acompañó al príncipe Carlos a la Península Ibérica de incógnito para cortejar a la infanta, pero fueron rechazados y volvieron a Inglaterra dispuestos a continuar las hostilidades con España. 

Ahhh… se me olvidaba, Carlos fue el primer rey en ser decapitado, pero para entonces todos los personajes de esta intriga estaban muertos…

La mala prensa que debió sufrir la figura de Bacon en forma póstuma se debió a un historiador monárquico, Thomas Macaulay, quien se encargó de pintar a Bacon como una mezcla de Maqiavelo con San Francisco de Asís y Judas Iscariote, un Jano de dos caras. 

En la compleja trama que atravesaba la monarquía, las opciones para elegir un culpable, eran  Bacon o el rey… y Macaulay eligió al filósofo. 

La manipulación histórica de los hechos no fue por todos aceptada, a tal punto que la universidad de Oxford (que había albergado a Bacon en sus años mozos) archivó los escritos de Macaulay en una categoría especial: “Obras de dudosa veracidad histórica”. 
 
“Comienza a hacer lo que quieras hacer ahora. No estamos viviendo en la eternidad. Solo tenemos este momento, brillando como una estrella en nuestra mano y derritiéndose como un copo de nieve”, escribió Lord F. Bacon, gran filósofo y leal súbdito del reino.

Esta nota fue publicada en Perfil

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