Giordano Bruno, ¿el primer mártir de la ciencia?

Muchos dirán que Filippo Bruno (tal era su verdadero nombre, que cambió a Giordano para ocultar su verdadera identidad) también era un científico, aunque no siguiese los postulados que Francis Bacon enumeraría 20 años después de su muerte en la hoguera.

Una vez cursados sus estudios en Nola, su ciudad natal, Filippo/Giordano ingresó en 1565, con 17 años, a la Orden de Predicadores donde fue ordenado sacerdote y obtuvo su título de doctor en teología diez años más tarde. Mientras estudiaba comenzaron los choques con sus superiores por cuestionar la ortodoxia católica, de hecho, fue acusado de profesar una herejía arriana, aquella que sostenía que Jesús, si bien era hijo de Dios, no era eterno. Esto que hoy caería en la categoría de los  debates sobre el sexo de los ángeles, había provocado el Concilio de Nicea para discutir el tema. A Arrio, el asceta que negaba la naturaleza divina de Jesús, esta afirmación le costó el exilio y la muerte (probablemente por envenenamiento).

Por sostener estas opiniones, Giordano Bruno fue excomulgado y a fin de evitar sanciones se dirigió a Ginebra donde se convirtió al calvinismo. Al poco tiempo se percató que la iglesia reformada era tan intolerante a sus ideas como la católica y temiendo las sanciones ginebrinas –que eran tan flamígeras como las romanas–, se convirtió en un erudito errante que enseñaba en universidades de Europa, como las de París, Oxford y Frankfurt, aunque opinaba que “toda la tierra era patria para un filósofo”. Todas estas casas de estudios terminaban siendo centro de controversias por las teorías filosóficas de Bruno que estaban influenciadas por un misticismo panteísta. Para él la totalidad del universo era el único Dios, un concepto que contradecía el pensamiento aristotélico tomistas imperante.

También defendía al atomismo y otros conceptos materialistas vertidos por los primitivos filósofos griegos. Para Bruno todos los objetos se componían de átomos y por lo tanto no habría diferencia entre materia y espíritu, de modo que la transubstanciación como sostenía la Eucaristía católica, era, a sus ojos, una falsedad.

Y como si todo esto no fuese suficiente para irritar a la Iglesia, afirmaba que Cristo se valía de la magia y no creía en la inmaculada concepción de la Virgen.

Sabía que sus ideas no eran bien vistas por la Inquisición italiana, pero aun así cedió a la invitación del noble veneciano Giovanni Mocenigo y viajó a su palacio. Pocas horas más tarde, Giordano era encerrado en una oscura mazmorra y el mismo Mocenigo lo entregaba a las autoridades de la Inquisición con una larga lista de las herejías que había escuchado de su boca. Solo tres días más tarde comenzaba un juicio que duraría 7 años.

Acusado de afirmaciones como que los sacerdotes eran asnos y que Cristo usaba magia, Bruno explicó que sus obras eran filosóficas y que “el pensamiento debería ser libre de investigar con tal que no dispute la autoridad divina”. Trasladado a las celdas romanas de la Inquisición, desde ellas podía escuchar los gritos de los prisioneros torturados a fin de retractarse de sus dichos… pero Giordano Bruno se negó a cambiar de opinión. Lo que había escrito, lo que había predicado y debatido era su opinión y no estaba dispuesto a desdecirse. Él no creía en la Trinidad, ni la divinidad de Cristo, ni en la inmaculada concepción de la Virgen, ni en la transubstanciación, ni en el heliocentrismo, pero sí en que el universo era infinito y que en esa infinitud había otros mundos como este.

El cardenal jesuita Roberto Belarmino (1542-1621) era el inquisidor a cargo del juicio de Giordano Bruno, al igual que lo sería años más tarde de Galileo Galilei. Belarmino fue beatificado en 1930 y declarado doctor de la Iglesia un año más tarde. En 1969, Pablo VI creó el título cardenalicio San Roberto Belarmino. El entonces purpurado Jorge Bergoglio era el titular de esa cátedra cardenalicia cuando fue ungido Papa en el año 2013.

A pesar de las múltiples ofertas para retractarse, Giordano Bruno insistió en sus creencias.

El Papa Clemente VIII dudó de la sentencia impuesta porque no quería convertir a Bruno en un mártir, pero el 8 de febrero fue condenado por hereje e impenitente. Fue entonces que le dijo a los jueces la frase citada ut supra: “tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla”.

El 17 de febrero de 1600, en el Campo di Fiori en Roma, fue quemado sin concederle la gracia de morir antes que el fuego consumiese su cuerpo.

Tres siglos más tarde, en 1889, se erigía en ese lugar un monumento que honraba la figura de este mártir de la libertad del pensamiento.

¿Fue también Giordano Bruno un mártir de las ciencias? Su procedimiento no se basaba en los principios de la investigación científica que recién fueron expuestas por Sir Francis Bacon en su “Novum Organum”, en 1620, cuando Giordano Bruno era solo cenizas en el viento.

Si bien el pensamiento del napolitano no tiene el rigor científico que Bacon expuso, sus ideas especulativas resultaron premonitorias, como el átomo, el universo infinito, etc. Estos eran conceptos  a los que accedió a través de un procedimiento inductivo.

En el terreno de las creencias solo expresó sus ideas, más ligadas al movimiento reformista, que chocaron contra los principios contrarreformistas de su tiempo. No es extraño que su acusador, el cardenal Belarmino, haya sido miembro de la Compañía de Jesús, movimiento rector de la contrarreforma.

Si bien las ideas de Giordano Bruno no pasaron de meras hipótesis y no pudieron madurar hacia la demostración de las  mismas, la búsqueda de la verdad sobre los prejuicios y el fundamentalismo también lo convierten en un mártir de la ciencia.

El título de uno de sus 20 libros, “La cena de las cenizas”, parece una tenebrosa premonición de su muerte y martirio. En sus páginas nos recuerda que por más oscura que sea la noche, nos espera el alba, que el tiempo todo lo da y todo lo quita, que en cada hombre se contempla al universo y que la verdad no cambia por ser o no creída por la mayoría de las personas…

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