Demonio, mundo y carne. “Una mujer con la atracción del abismo”: cómo la irresistible Carlota Ferreira conquistó al pintor del Río de la Plata

El 31 de enero de 1838 nacía Petrona Mercedes Ferreyro García, una dama uruguaya de vida turbulenta, romances escandalosos y amantes distinguidos que pasó a la historia gracias al retrato y la obra que pintara el más célebre de ellos, Juan Manuel Blanes.

Poco se sabe de los primeros años de quién pasó a ser conocida como Carlota Ferreira y que para 1872 era viuda del Dr. Emeterio Regunaga, ministro de hacienda durante el gobierno de Lorenzo Batlle. Con el Dr. Regunaga tuvo tres hijos.

Carlota Ferreira debe haber tenido una conducta poco decorosa para la sociedad montevideana porque para 1881, cuando se casó con Ezequiel de Viana Oribe (descendiente del expresidente y fundador del Partido Blanco), la familia del cónyuge consideró a esta unión bochornosa. Carlota ya había cimentado su fama de mujer de vida airada. El matrimonio poco duró….

En 1883, visitó el estudio de Juan Manuel Blanes quien, por entonces, a los 53 años, ya era un pintor consagrado. Después de haber sido formado en Italia, distintas figuras de Uruguay, Argentina y Chile le habían encargado obras que el tiempo convirtió en relatos históricos, como las que pintara en el palacio San José del general Urquiza.

Desde hacía casi 30 años, Blanes vivía con María Linari, la madre de sus hijos. La relación entre ellos también había sido muy comentada en su tiempo porque entonces María estaba casada con José Copello, con quien tenía una hija. Esto no fue obstáculo para huir junto al pintor a pesar de las amenazas del marido burlado. En Salto nació Luis, el primer hijo del matrimonio Blanes. Quiso la suerte que don Copello muriera a causa de  esta rabieta y así  la pareja tuvo el camino libre para casarse y viajar a Florencia, el sueño añorado de Blanes para perfeccionar su arte. En esa ciudad italiana, Blanes pintó obras que hubiesen revolucionado el arte en su país… pero la mala fortuna era su constante compañera y el desvelo artístico de tantos años en Italia, se hundió con el barco que lo llevaba al puerto de Montevideo. Blanes se quedó sin un peso, pero con una técnica impecable que lo convirtió en el mayor artista del Río de la Plata.

El pintor trabajó con ahínco para rehacer su fortuna, pero navegando en aguas procelosas entre blancos y colorados, los partidos enfrentados por contiendas electorales y revoluciones, con obras tan dispares como el ataque a Paysandú, la heroica defensa de Leandro Gómez y la muerte de Venancio Flores.

Para alejarse de la iconografía de luchas fratricidas recorrió la campaña y retrató gauchos y escenas costumbristas, aunque aún en la rusticidad se adivinaba al pintor académico, a la pose de modelos florentinos, a los cuadros que había admirado en los museos europeos.

Hasta el estudio de la calle Soriano llegó Carlota con esa voluptuosidad encorsetada que aun así no podía contener una sensualidad entrada en carnes que prometía desenfrenos. Le encargó primero el retrato de su difunto marido, el Dr. Regunaga. Nadie sabe que ha sido del retrato del ministro o si al menos fue bocetado porque nada ha quedado de esta obra… pero sí de Carlota, a quien Blanes pintó abundante de sedas y con una cintura estrangulada a fuerza de inspiración lindante con la asfixia.

Retrato de Doña Carlota Ferreira Juan Manuel Blanes, óleo sobre tela, 130 x 100 cm (1883) MNAV

¿Cómo empezó el romance entre la dama y el pintor? Difícil decir quién comenzó la conquista entre estos dos maestros de la seducción. Lo cierto es que hubo un  momento de intimidad en que los botones se desabrochan, los lazos de desatan y liberan la piel, la carne y el deseo ..

Ese primer retrato la muestra a Carlota  altiva y dominante, dueña de esos secretos  encantos que arrancan desmesuras en los hombres. La pasión que los unió dio lugar a una obra de alto voltaje erótico, algo inusual en las pinturas de Blanes: “Demonio, mundo y carne”.

Demonio, mundo y carne – 1886 – Blanes

Esta es una obra plena de simbolismo, de códigos para iniciados, ambientada en una habitación propia del exotismo oriental, como las odaliscas de Ingres. Las máscaras, las perlas desparramadas, los tapices y ese cuerpo desnudo que parece cubrir su rostro deslumbrado por la luz de la vergüenza que se desataba, la de un  amor impensado. Nicanor, el hijo más joven de Juan Manuel, un joven al que Carlota le llevaba 15 años, se enamoró de la amante de su padre.

La pasión podía explicarse por la ebullición hormonal del joven, lo realmente difícil de entender era la aceptación de Carlota ¿Despecho, venganza o solo otra aventura que prometía rejuvenecer su existencia?

Era imposible que en una ciudad como Montevideo se mantuviese el secreto de esa relación no solo impropia sino imprudente. Escaparon a Buenos Aires para dejar atrás  murmuraciones y dedos acusadores. Allí, en el paroxismo del sinsentido, se casaron. Apenas un año duraron juntos. Fue Carlota quien pidió anular el matrimonio, dejando a Nicanor sin otra opción que volver al hogar paterno donde fue recibido sin palabras, con un silencio elocuente. Padre e hijo se abrazaron y alimentaron un vínculo sin palabras ni recriminaciones. María Linares, la esposa y madre asediada, murió un año más tarde. Fue ella quien resumió el dolor y la vergüenza en una síntesis que hizo  historia: “Carlota tenía la atracción del abismo”.

Y ese abismo se abrió profundo y cruel cuando Nicanor y Juan Manuel decidieron viajar a Italia para conjurarlo. Aún estaban a tiempo, amaban al arte, y eran conocedores de los secretos de la pintura. Fueron a buscar a Luis, el hermano mayor que seguía –con menos suerte– el camino sembrado por su padre …

En Roma se separaron. Juan Manuel volvió a Uruguay donde lo esperaba su ajetreada carrera de artista. Nicanor prefirió quedarse en Italia. Nada lo ataba a la otra orilla. El alcohol y desconsuelo hicieron el resto; su figura se fue diluyendo.

Carlota siguió su carrera de femme fatale atizada por el opio del que se había hecho adicta. “Era el alimento un poco mágico que sostenía su tonicidad”, escribió de ella Horacio Quiroga en “Una estación del amor”. Quiroga conoció a Carlota cuando el escritor se enamoró de Maria Esther Jurkovski, su hijastra, ya que en 1895, Carlota Ferreira de Regunaga de Viana Oribe y Blanes reincidió en el matrimonio, esta vez con Julio Jurkowski, un médico polaco que llegó a decano de medicinade la universidad de Montevideo. Capturado por las redes inasibles de esta Circe oriental, el profesor dejó su carrera brillante para comenzar una nueva vida en Salto donde se instaló para conducir una clínica psiquiátrica. Como las cosas no le fueron tan bien y las adicciones de Carlota eran cada día más evidentes, más aún en la diminuta sociedad salteña, Jurkowski y su socio, el Dr. Laudanski, se fueron a Cosquín en Córdoba a fin de instalar una clínica para el tratamiento de la tuberculosos, aprovechando el clima seco y benigno del lugar. Nada fue como lo planeado y el Dr. Laudanski se suicidó al estar imposibilitado de pagar las deudas contraídas.

Jurkowski también cayó en la depresión y trató de paliar sus penas con morfina, al igual que Carlota, pero cansada de ella decidió abandonarla y se fugó con una enfermera de la clínica para instalarse en Misiones, donde murió en 1913.

Nadie sabe a ciencia cierta qué fue de la vida de Carlota después de ser abandonada. Algunos dicen que volvió a Salto y otros que siguió los pasos de Jurkowski en Misiones, donde se contaba la leyenda de una enajenada cantando arias de ópera mientras se columpiaba desnuda, exhibiendo su decadente humanidad. Dicen que la misma cuerda que sostenía esa hamaca le arrancó los últimos suspiros a su vida hecha de orgasmos y desmesura.

El último que escribió de ella fue Horacio Quiroga, el pretendiente de su hijastra a quien Carlota había rechazado. “Cuando el látigo de la morfina pasaba, sus ojos se empañaban…”, relata en “Una estación de amor”, el cuento más romántico de los que Quiroga escribiera sobre el  amor, la  locura y la muerte… síntesis de una existencia que, de no haber sido por el arte que inspiró,  hubiese naufragado en los remolinos de la memoria.

El destino de Carlota guarda una lúgubre afinidad con la de Nicanor: el misterio se tragó sus últimos recuerdos. Desconociendo el paradero de su hijo y después de la muerte de Luis, Juan Manuel Blanes viajó a Italia a seguir el rastro evanescente de Nicanor hasta que la muerte del maestro uruguayo lo sorprendió en Pisa, en 1901.

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Esta nota también fue publicada en LN

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